Si eres de los que piensan que en la casa, el trabajo y la iglesia hay que comportarse de diferente manera, tal vez divorcias tu fe de la vida ordinaria
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Los domingos
vas a Misa y entre semana trabajas, convives con tu familia y quizá salgas con
los amigos a relajarte del estrés que te genera el tren de vida que llevas.
Pero tu comportamiento es distinto y se acomoda con el lugar en el que te
encuentras, de tal manera que la fe que profesas no se puede distinguir mas que
en el templo. ¿Acaso divorcias la fe de tus actividades cotidianas?
Sincérate
contigo mismo
A veces solo
falta hacer algunas pruebas sencillas: En el trabajo sientes que no es prudente
que se enteren de que eres cristiano, por eso no lo comentas. Y menos lo
demuestras. Tu lenguaje cambia y se adapta a tu entorno, aunque no sea el más
correcto. Te avergüenza que sepan que eres católico y prefieres no divulgarlo.
Y tal vez tu
comportamiento no sea el más transparente, al fin y al cabo, "todos lo
hacen" y caes en situaciones que, si te descuidas, pueden orillarte a
pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Con tus
amistades mantienes conversaciones insanas, asistes a espectáculos inmorales y
planeas "escapadas" discretas para que no se entere tu familia. Te
crees buen amigo porque sabes que tus compañeros mantienen actividades ilegales
o son infieles a sus cónyuges y tú se lo solapas.
Y con tu
familia eres grosero y distante, pierdes fácilmente la paciencia y te niegas a
pedir perdón. ¿Y qué decir de tus redes sociales? Eres completamente diferente
a la persona que sueles presentar en vivo. Pero eso sí, vas a Misa todos los
domingos y hasta comulgas.
Acaba con
ese divorcio
Lamentablemente,
este es el retrato de muchas personas que se dicen católicas. El contraste
entre su vida cristiana y la vida ordinaria es enorme. Han cavado una brecha
que solo será posible cerrar con una verdadera conversión del corazón.
Recordemos que
Cristo nos quiere de una pieza, y si dividimos nuestra manera de ser conforme a
nuestras facetas resultará que nunca seremos cristianos de cuerpo entero.
El apóstol
Santiago alerta sobre esta manera de ser cristianos de dientes para afuera:
Si alguien cree
que es un hombre religioso, pero no domina su lengua, se engaña a sí mismo y su
religiosidad es vacía. (Sant
1, 26).
Así mismo, este
divorcio entre la vida ordinaria y la vida cristiana terminará mal, si no
corregimos el rumbo. Quien desee ganar el cielo tendrá que hacer un serio
examen de conciencia para eliminar lo que le separa de Dios.
Por supuesto
que requiere de esfuerzo diario y una buena dosis de oración y sacramentos,
especialmente de confesión y Eucaristía. Y mucha fuerza de voluntad para
alejarse de lo que daña su salud espiritual.
Hagamos caso al
santo Santiago que nos aclara cómo hay que proceder:
Dejen de lado,
entonces, toda impureza y todo resto de maldad, y reciban con docilidad la
Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos. Pongan en práctica la
Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes
mismos (Sant 1, 21.22).
Que Dios
fortalezca nuestra decisión de acabar con ese divorcio.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
