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| Las hermanas mártires del Congo. . Dominio público |
Corría el año 1964 cuando empezaron a aparecer noticias
referidas a los escalofriantes sucesos que se estaban produciendo en la República
del Congo, como consecuencia de la rebelión comunista de los simba.
Las frágiles estructuras del antiguo Congo Belga se derrumbaban ante la
brutalidad incalificable de los rebeldes. Se trataba de un grupo que conjugaba
la ideología marxista con supersticiones mágicas que les
hacían odiar a los occidentales y creerse inmunes a las balas.
Los simba contaron con el apoyo de los países de la órbita
soviética, que suministraban armamento y asesores militares. Gran parte
eran cubanos, y entre ellos se encontraba nada menos que el mismísimo Che
Guevara. En pocas semanas, todo el occidente del Congo quedó en manos de
bandas sanguinarias que asolaban, mutilaban, violaban y asesinaban. Incluso
llegaron a darse casos de canibalismo ritual con las víctimas.
Consiguieron un gran éxito con la captura de la importante ciudad
de Stanleyville (hoy Kisangani), donde proclamaron una «República
Popular» y crearon un remedo de Estado anárquicamente arbitrario. Allí se
apoderaron de varios millares de europeos que habían quedado aislados por el
avance de los rebeldes.
Una parte
significativa de los europeos la constituían los numerosos religiosos,
que prestaban abnegados servicios en centros educativos, hospitales y misiones.
Especialmente monjas. Las había de varias nacionalidades, destacando por su
número las belgas, las italianas y, cómo no, las españolas. La movilización de
las naciones occidentales permitió rescatar a una gran parte, pero se perdió el
rastro de algunas comunidades.
Entre ellas se encontraba un grupo perteneciente a las Hermanas
Dominicas del Santo Rosario, navarras y leonesas. Eran enfermeras y
expertas en medicina tropical. Habían decidido dedicar su vida a los más
necesitados de los necesitados, en un país asolado por la miseria, la
inseguridad y las hambrunas. Creyéndose protegidas por el carácter humanitario
de su tarea, se aferraron a sus enfermos, negándose a abandonar el
hospital en el que trabajaban y en el que fueron finalmente
secuestradas.
El
recuerdo del autor
Yo tenía entonces alrededor de diez años, pero me quedó en el
recuerdo cómo todo el país se paralizaba a las horas de los noticiarios,
sobrecogido de preocupación por las desaparecidas. Entonces, las noticias se
seguían por Radio Nacional de España, con la que todas las cadenas
debían conectarse obligatoriamente.
En mi casa se escuchaba el «parte» de las diez de la noche y
aquellos días con atención cuasi religiosa. Mi padre y mi abuelo, con la
circunspección que merecían las crónicas desde el campo de batalla enviadas por
un jovencísimo Miguel de la Quadra-Salcedo. Mi madre derramaba
lágrimas y oraciones mientras servía la cena.
El valeroso periodista se había presentado voluntario para
informar in situ de los acontecimientos, aun siendo consciente de los riesgos
que entrañaba la brutalidad de los simba. Pero no se limitó a esta tarea, sino
que intentó encontrar a las religiosas. No llegó a tiempo.
Consiguió alcanzar la localidad de Kamina, en cuya iglesia varias decenas de
religiosos habían sido ametrallados tras ser torturados.
Entre ellos se encontraban las cuatro españolas. Solo pudo
localizar el lugar en el que se habían enterrado sus restos, tras ser
descuartizados. Jugándose la vida, pudo colocar una cruz sobre cada
tumba de las religiosas martirizadas. También pudo recoger algunas de
sus pertenencias y recuperar un sagrario que habían disimulado y que conservaba
las formas consagradas. Respetuosamente cubierto por un paño, lo transportó
sobre sus rodillas en el avión de regreso para entregarlo en el convento de su
orden en Pamplona.
Españoles
en Vietnam
Muchas otras comunidades de monjas han demostrado el mismo valor
en cuantas ocasiones han tenido que afrontar situaciones terriblemente
peligrosas. Como las monjas misioneras que permanecieron con su grey después de
la caída de Vietnam del Norte en manos de los comunistas en
1954. Entonces, un millón de católicos tuvo que huir hacia el sur escapando de
un futuro amenazador. Pueblos enteros encabezados por sus párrocos.
O cómo las comunidades sorprendidas en Ruanda por el genocidio
de 1994, varias de las cuales decidieron permanecer junto a las personas que
protegían. La prensa recogió la contestación de un funcionario a la petición de
ayuda de las Misioneras de San José: «El Ministerio de Exteriores
no está para buscar monjas por la selva». Por cierto, el ministro Solana
destituyó al insensible funcionario.
Me ha provocado a escribir este artículo una noticia que solo ha
salido en algunos medios minoritarios. Cito textualmente: «En un acto de
compromiso y entrega, las religiosas de Mater han decidido permanecer en la
apartada región de Kalalé, en Benín, a pesar del creciente riesgo que enfrentan
a causa de la amenaza islamista que se cierne sobre la comunidad cristiana del
país». Sigue la historia. Otras religiosas de hoy mismo, decididas a no
abandonar a las personas a las que sirven. ¡Vaya monjas las nuestras!
Antonio Flores
Fuente: El Debate
