El padre Claudio Corti, que llegó al país asiático en 1999, manifiesta su «sorpresa» por el creciente número de adultos que piden ser bautizados
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| Templo del monasterio de Montserrat (Barcelona) |
Seguramente,
el síndrome de Stendhal no les afecte cuando contemplen alguno
de los muchos bodrios contemporáneos erigidos como iglesias
que salpican numerosas ciudades europeas. Es más probable que los turistas
orientales –muchos de ellos budistas– que pululan por la Vieja
Europa queden desconcertados y sobrecogidos al contemplar la serena
majestuosidad y magnificencia de la catedral de Colonia (Alemania),
la fastuosidad y el boato de la fachada del Obradoiro de la
catedral de Santiago de Compostela o la luminosidad y elegancia del Duomo
de Milán.
Sea como fuere,
a muchos tailandeses que visitan Europa «les impresiona la majestuosidad de sus
iglesias». «Cuando estas personas piden convertirse al cristianismo y
se preparan para el bautismo, toman la fe muy en serio. Para ellas
es algo que cambia radicalmente la vida». Quien así habla es un
misionero italiano que lleva en Tailandia desde 1999, el padre Claudio
Corti, del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME).
En este país
asiático de mayoría budista, donde los cristianos son una minoría, «la
experiencia que más me impacta y por la que Dios me sorprende cada día es ver
florecer la fe en personas adultas», ha señalado en una entrevista con la
agencia Fides. «Una persona oye hablar de Jesús porque
ha asistido a una escuela cristiana, o gracias a un compañero de trabajo, o un
amigo; otras veces, en un viaje al extranjero, quizá a Europa, les
impresiona por la majestuosidad de sus iglesias», prosigue el misionero, muy
familiarizado ya con la mentalidad y cosmovisión oriental.
«El perdón
les cambia la vida»
Pero lo que
les «cambia radicalmente la vida» es «la experiencia del perdón,
recibido de Dios y ofrecido al enemigo». «Esa experiencia resulta
extraordinaria», subraya el padre Corti. «Y empiezan a vivir no solo
para sí mismas, sino también para los demás», agrega. Tailandia tiene más
de 70 millones de habitantes, de los que unos 400.000 son católicos.
Pocos años después de su llegada, el misionero italiano dirigió su
evangelización a las «tribus de las montañas». Habían sido evangelizadas a
partir de 1972 gracias al padre Gianni Zimbaldi, quien, expulsado
de Birmania en 1966, abrió la misión del PIME en Tailandia.
«En 2004
encontré unas cuarenta aldeas católicas, y en los años siguientes
otras diez abrazaron la fe. Esto se debe sobre todo al trabajo de los catequistas
laicos, a su ejemplo, su dedicación y su cercanía», reconoce el sacerdote.
Y rememora el curioso método con el que desarrollaban su labor evangelizadora:
«Entre los años 90 y 2010, algunos miembros de aldeas animistas entraron en
contacto, en fiestas u otras ocasiones, con comunidades que ya se
habían convertido al cristianismo. La fiesta se convertía en ocasión de
evangelización: la gente sentía curiosidad y el
representante de una aldea pedía la presencia de un catequista. Así surgió el
deseo de conocer a Cristo y emprender el camino hacia el bautismo».
Hoy, en esa misión del norte de Tailandia trabajan unos 40 catequistas. «Son laicos que visitan constantemente las aldeas, dirigen la liturgia de la Palabra o los momentos de oración, imparten catequesis, visitan y rezan con los enfermos: son un sólido punto de referencia para las comunidades tribales», subraya. Sin embargo, precisa, «la presencia de la Iglesia católica sigue estando limitada al mundo tribal, es decir, un millón de personas en toda la nación».
Álex Navajas
Fuente: El Debate
