Encuentro nacional de delegados de pastoral vocacional
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| Mons. Luis Argüello. Foto: Captura Pantalla Youtube CEE. |
El presidente
de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Mons. Luis Argüello, compartió un
decálogo para afrontar la “urgencia vocacional y misionera” en la Iglesia que
peregrina en España, durante el encuentro nacional de delegados de pastoral
vocacional.
1. Vocación
y misión están unidos
Citando la
exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco,
el Arzobispo de Valladolid destacó que “un nexo profundo une misión y
vocación”, dos palabras que expresan realidades distintas, pero que en
ocasiones “parecen intercambiables”.
Este nexo,
añadió el prelado, estuvo presente en el Sínodo de la Sinodalidad y, desde esa
perspectiva de comunión y participación eclesial, animó “a valorar todos los
carismas y ministerios y a alentar todas las vocaciones”.
“Dios llama por
amor y su llamada envía a extender el amor”, prosiguió más adelante, de tal
forma que la llamada ”se sustancia en un mandato” porque, añadió: “En esencia
la misión no es otra cosa que inundar el mundo de fe, amor y esperanza”.
2. Somos
vocación
Mons. Argüello
planteó en segundo lugar que la primera vocación que recibimos todos es la
existencia y, la segunda, a “llenarla de sentido, de vida, de santidad”, de tal
manera que “la vocación no es un extra a lo que somos, no es un añadido a la
estructura antropológica fundamental, es lo que somos”.
Esta vocación,
detalla, “es algo que se recibe y no que uno se da”, no es “autorrealización”,
debe marcar la dirección de las decisiones y concretarse en una respuesta sin
la que “no hay vocación plenamente asumida”.
“Toda vocación
nace de Dios, en un contexto, para el mundo. Toda vocación es un don. El don no
se merece, sino que se acoge. El don no se conquista, sino que se agradece, el
don no se entierra, sino que se entrega”, concluyó.
3.
Transformar el don en tarea
Mons. Argüello
expuso que “la vida como don encuentra su sentido en aceptar convertirse en un
bien que se dona” o, dicho de otro modo, “pasar a percibir como proyecto y
tarea lo que se ha descubierto como don, dando un significado a todo lo que se
hace haciendo brotar las mejores capacidades de sacrificio y entrega”.
Así, añadió que
la vocación se vive entre dos polos: “El Dios que nos llama y el mundo al que
somos enviados”, de tal manera que la clave está en considerar que “la vida es
vocación y que la dicha pasa por saberse donación”.
4. La crisis
vocacional es crisis antropológica
En cuarto
lugar, el prelado señaló que “la realidad que nos rodea no es de falta de curas
y monjas, sino de falta de vidas entendidas y vividas como vocación” que abarca
todos los ámbitos (familiar, profesional, eclesial), porque constituye “una
crisis antropológica, de comprensión de lo que somos”.
Así, señaló que
el paradigma actual es de “personas sin vocación”, donde cada quien se da un
propósito en un ejercicio autónomo de opciones, provocado por una “exacerbada
búsqueda de la libertad”, la falta de “herramientas básicas para la vida” en la
juventud, la “confusión sobre el significado y vivencia de la sexualidad”, la
exclusión del amor como centro de un paradigma vocacional y la primacía de la
eficacia y la utilidad por encima de todo, que “debilita cualquier búsqueda del
bien común”.
Esto afecta la
pastoral vocacional de la Iglesia que, denunció, cae en ocasiones en “una
pastoral de valores más que de encuentro y escucha de Dios” que reduce la
vocación “a una mera opción con criterios sentimentales y afectivos, sin
apertura a la trascendencia”.
5. Una
oferta de gracia que exige discernimiento
El presidente
de la CEE planteó que “la vida, como vocación, en las vocaciones, no es una
respuesta en una decisión aislada, sino un camino. Si bien la vocación
específica es la voluntad de Dios sobre la vida de la persona, toca huir de una
concepción pasiva y mecanicista de la existencia” en la que nos convirtamos en
“marionetas”.
A este
respecto, el prelado afirmó que “la vocación no se impone como un destino que
padecer ni como un guion ya escrito, sino que es una oferta de gracia que
reclama la interpretación libre y creativa, el discernimiento”.
Para acompañar
el discernimiento vocacional, Mons. Argüello señaló algunas recomendaciones,
entre otras, aceptar que se trata de “un proceso dinámico, donde la elección se
va continuamente actualizando” o que el lugar principal de escucha es la
“relectura de experiencias pasadas”, tomadas como “huellas” llenas de
sentido.
Asimismo,
planteó considerar que la vocación “realmente encarna nuestros anhelos más
hondos”, tiene una doble dimensión comunitaria: eclesial y misionera y tiene
“carácter de perpetuidad”.
6. Cultura
vocacional
Al considerar
que la crisis vocacional es “una ruptura sistemática y funcional”, el abordaje
no puede ser unívoco: “Al tratarse de una ruptura múltiple ha de trabajarse
desde múltiples ámbitos, es decir, creando un ecosistema, una cultura, un
humus, donde las personas descubran qué hacer con su vida”.
Para ello, es
necesario crear una cultura que lleve a que toda actividad eclesial sea
vocacional, esto es que “ha de ayudar a toda persona a escuchar la llamada, a
poner sus dones al servicio de las necesidades del mundo con vidas
comprometidas”.
Crear esta
cultura vocacional, añadió Mons. Argüello, sólo es posible “estando muy unidos
a Él” y debe adquirirse por “contagio”.
7. La
Iglesia como familia vocacional
El prelado
español subrayó como séptima consideración que “somos una familia vocacional
que tiene su raíz en el misterio de Dios trinitario”, lo que se traduce en que
“inspirados en Dios nuestras relaciones son fraternas llenas de cuidados y de
amor” y en que “atentos a la llamada del Espíritu favorecemos la acogida,
florecimiento y maduración de todas las vocaciones eclesiales”.
Así, añadió,
“la vocación personal que recibimos cada uno de los cristianos enriquece a
todos. Ninguna vocación se comprende en sí misma, sino que hay que entenderla
en armonía con las demás”.
“Todos
necesitamos de todos. Lo que lleva a conocernos, valorarnos, apoyarnos y
complementarnos. ¿Qué podemos hacer los laicos para que haya buenas vocaciones
consagradas y sacerdotales? ¿Qué podemos hacer los consagrados y sacerdotes
para que haya buenas vocaciones laicales? ¿En qué nos podemos ayudar unos a
otros para fomentar las otras vocaciones?”, se preguntó.
8. Discernir
el camino
Una vez
dibujado el panorama de la cultura que se quiere proponer ante la crisis
antropológica vocacional, Mons. Argüello considera que “para poder pasar de los
sueños a los retos es fundamental ejercitar el discernimiento” y “pedir al
dueño de la mies que mande buenas vocaciones para la misión”, porque “ser una
Iglesia vocacional es un reto que nos supera”.
Por ello, animó
a “volver a acoger la llamada y reavivar la inquietud por el Evangelio frente a
la desilusión”, así como a “vivir gozosamente la propia vocación” para fomentar
una cultura vocacional que se caracteriza por “el anuncio del Evangelio, la entrega
de una antropología cristiana, la vida entendida como llamada y servicio, donde
prevalece la apertura y no la autorreferencialidad”.
Ésta cultura
también es capaz de acoger la vida, se opone a la soberbia, piensa en la tierra
como “un don que hay que cultivar y respetar”, anuncia “la belleza del
matrimonio cristiano, la riqueza del compromiso laical en la vida pública, la
originalidad de la vocación consagrada, la necesidad de la vocación
sacerdotal”.
9. Pastoral
vocacional con alma y organización
En penúltimo
lugar, el Arzobispo de Valladolid animó a considerar que “la dimensión
vocacional es hoy la dimensión más significativa de toda propuesta pastoral” y
que para que esta pastoral tenga “un alma vocacional necesitamos fomentar una
organización pastoral de comunión y de colaboración entre distintos sectores
pastorales”.
Así, animó a
las diócesis a organizar Servicios de Pastoral Vocacional a imagen del que se
constituyó a nivel nacional dentro de la CEE.
10. Promover
en la Iglesia la urgencia vocacional y misionera
Por último,
Mons. Argüello llamó a promover una Iglesia vocacional y misionera, un reto
entendido como “un compromiso urgente que hoy llega a nuestras familias,
barrios y parroquias, pueblos y ciudades, congregaciones e instituciones
apostólicas, diócesis y organismos eclesiales, pero, sobre todo, es una llamada
a todos los que hemos podido vivir esta fiesta del Espíritu”.
“La iglesia
misionera es una iglesia vocacional. Estamos llamados a transmitir el fuego
vocacional”, insistió.
Por Nicolás de
Cárdenas
Fuente: ACI Prensa
