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| Dominio público |
El contexto de la pregunta de Jesús puede ayudarnos a entender mejor el significado de esta pregunta. En sus discusiones con los fariseos, que están recogidas justo antes de esta enseñanza, estos piden a Jesús signos visibles y palpables del Reino de Dios; pruebas de que la presencia de Dios es real en medio de nosotros. Jesús les dice que no harán falta más signos de los que ya ha dado. Sus palabras, sus obras de sanación, su presencia en medio de ellos será el signo único y definitivo. Y, al mismo tiempo, les insiste en que para reconocerle es necesario orar sin desfallecer.
Para que
podamos comprenderlo mejor nos pone a dos personas en contraposición. Por un
lado, tenemos a un juez inicuo, que no teme a nadie: ni a Dios ni a los
hombres. Por otro, una mujer viuda, débil y sin ningún poder en esta tierra.
Sin embargo, finalmente, en el encuentro entre ambos personajes, la mujer, por
su perseverancia, vence al juez convenciéndole para que le haga justicia. Lo
que ha doblado la voluntad del juez no es el poder, la influencia o la
violencia que pueda ejercer la viuda, sino su insistencia en mostrar
públicamente su necesidad de justicia.
Pero hemos
de fijarnos bien en la enseñanza que Jesús nos da. Habitualmente tendemos a
interpretar esta parábola como si Jesús nos exhortara a ser insistentes con
Dios para que nos haga caso. Pero esta aplicación es errónea, porque entonces
estaríamos comparando a Dios con el juez inicuo, como si a Dios no le
importáramos nosotros. En cambio, Jesús también hace contraposición entre Dios
y el juez inicuo. Por eso, Jesús se pregunta: «¿no hará justicia a sus elegidos
que claman ante él día y noche?». Es decir, que Dios nos ha elegido y no cesará
en hacernos justicia. No es necesario que nosotros convenzamos a Dios de
nuestro bien, pues él sabe lo que necesitamos en cada momento antes incluso de
que lo vayamos a pedir. No es Dios quien necesita de nuestra oración para
compadecerse, sino que somos nosotros los que necesitamos de la oración para
mantenernos en espera.
Esta pasada
semana hemos celebrado la fiesta de santa Teresa, maestra de oración, de la que
dice que «por estar amarrada a esta fuerte columna (la oración), pasé este mar
tempestuoso de casi veinte años con estas caídas». Cuando Teresa vive imbuida
en la vida social, la oración es la guía firme que le sostiene. Orar nos puede
parecer tarea para algunas personas especiales que están, supuestamente, más
cerca de Dios, como los sacerdotes y el monasterio. Pero no es así. La oración se
nos ofrece a todos como un camino sencillo, en el que mientras permanezcamos,
Dios se ocupará de nuestras cosas.
Orar sin
desfallecer, perseverar en la oración, es la forma de abrir los ojos a la
misericordia de Dios que se nos entrega cada día. Esto responde a la pregunta
que nos hacíamos para comenzar. Mientras haya un puñado de hombres y mujeres
que perseveren en la oración, el Señor encontrará esta fe. Esto vale para la
historia y para nuestros pueblos.
+ Jesús Vidal
