Las múltiples reformas de Francisco en sus doce años de Papa solo tenían un fin: evangelizar. Habló, escribió, viajó y rezó para llevar «la alegría de quienes se encuentran con Jesús»
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| El Papa participando en el Sínodo |
A lo largo de
sus doce años de pontificado, el Papa Francisco puso sobre la palestra asuntos
que han atraído el interés no solo de las diferentes voces de la Iglesia, sino
también del mundo civil y político a todos los niveles. La suya ha sido una
tarea de pura pedagogía, que ha ido más allá de la labor de un pastor de almas
hasta erigirse, sin imposiciones, en un auténtico educador de conciencias.
De entrada,
mostró al mundo el sufrimiento de todos aquellos que se han visto obligados
durante estos años a abandonar sus hogares en busca de un mundo mejor, huyendo
tanto de situaciones económicas críticas como de conflictos bélicos sangrantes,
muchos todavía en activo. Y no solo lo hizo con las palabras sino también con
el ejemplo, alojando en el Vaticano a varias familias refugiadas de la guerra
de Siria. Fue este un empeño que le movió a viajar personalmente a lugares
donde el drama migratorio es más palpitante, como la isla de Lampedusa o
Lesbos.
El Papa también
fue la voz de la conciencia mundial ante guerras como la de Ucrania. En la
memoria de todos quedará su coche saliendo en la embajada de Rusia en las
primeras horas de la invasión, tras buscar de manera personal el compromiso con
la paz en aquel país. Este fue el objetivo que motivó también su apuesta por el
diálogo interreligioso, un elemento que ya trabajó siendo arzobispo de Buenos
Aires, vislumbrando entonces que una buena relación entre religiones es una
baza segura para la paz en todo el orbe.
A lo largo de
estos años dio un mayor protagonismo a los laicos haciendo partícipe a todo el
pueblo de Dios de una asamblea sinodal en el Vaticano, un hecho sin precedentes
en la historia de la Iglesia y que lanzó al mundo imágenes de obispos y laicos
en torno a mesas camilla que se han vuelto uno de los iconos de su pontificado.
Quiso que desde todas las diócesis se invitara a creyentes, y también a no
creyentes, a dibujar el rostro que la Iglesia ha de ofrecer a este mundo en
cambio constante. Y poco a poco fue poniendo en primera línea a la mujer,
incluso colocando a varias de ellas en puestos estratégicos de la Curia
vaticana, actualizando de manera sostenible y firme aquella expresión sobre el
«genio femenino» de Juan Pablo II, a quien canonizó junto al Papa del Concilio
Vaticano II, Juan XXIII. Otras canonizaciones remarcables de Francisco durante
su pontificado fueron la del arzobispo salvadoreño Óscar Romero, que llevaba
parada algunos años, o santa Teresa de Calcuta, a quien el mundo y la Iglesia
consideraban santa ya en vida. De este modo, marcó el récord de canonizados,
942 en total, pero también mostró una santidad asequible a todo el pueblo de
Dios, poniendo el foco en aquellos «santos de la puerta de al lado» que resaltó
en su Gaudete et exsultate.
En cuanto a la
crisis de los abusos sexuales en la Iglesia católica continuó con la línea
emprendida por su predecesor Benedicto XVI, y hoy se puede decir que todas las
ramificaciones de la Iglesia de Cristo en el planeta abordan este espinoso tema
con tolerancia cero y cuentan con los recursos efectivos para que esta lacra no
se vuelva a repetir.
El control de
las finanzas fue la otra gran batalla de Francisco en términos ad intra. En
aras de una mayor transparencia y un mejor control institucional, creó
organismos como la Oficina del Revisor General, encargada de supervisar los
gastos de la Santa Sede y del Estado vaticano. También promovió políticas de
austeridad como los recortes salariales y la eliminación de gastos superfluos
en todas las oficinas vaticanas. Sin duda, este será uno de los principales
desafíos para su sucesor, sobre todo cuando se trata de disminuir al menos en
parte los 83 millones de euros de déficit que la Santa Sede declaró en su
balance del año pasado.
Esta reforma se
enmarca en otra más general, la de la Curia vaticana, una de las iniciativas de
Francisco casi desde el primer día de su pontificado. De hecho, él mismo
comentó en varias ocasiones a este respecto que se limitaba a seguir las
indiciaciones de los cardenales que participaron en el cónclave que le eligió
como Papa. Empezó creando un consejo de cardenales cuya composición fue
variando a lo largo de los años, y cuyo trabajo desembocó en la constitución
Praedicate Evangelium. Así, reorganizó y adelgazó el entramado curial para
dejarlo en 16 dicasterios; promovió una mayor descentralización del poder, y
permitió que laicos y mujeres ocuparan puestos de liderazgo efectivo dentro del
organigrama. Además de configurar un nuevo mapa base para el trabajo en Roma,
estas coordenadas son ya una guía para las líneas maestras que se han de seguir
en las diferentes diócesis de todo el mundo.
Todos estos
movimientos dentro y fuera de Roma respondían a un solo fin: la evangelización.
De hecho, nada más llegar a la sede de Pedro publicó lo que fue su documento
programático: Evangelii gaudium, una auténtica declaración de intenciones bajo
la que han de mirarse sus doce años en Roma. Allí quiso «indicar caminos para
la marcha de la Iglesia en los próximos años», decía, un itinerario que deseaba
estuviera marcada por «la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida
entera de los que se encuentran con Jesús». Francisco, que ya mira al Señor
cara a cara, seguro que ya intercede por que la barca de la Iglesia llegue a
ese puerto.
Juan Luis Vázquez
Díaz-Mayordomo
Fuente: Alfa y Omega
