El Papa Francisco publicó su mensaje para la Cuaresma de este año, que comienza el próximo 5 de marzo con el Miércoles de Ceniza, en el que invita a los fieles a “confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino” dejando que esa experiencia los interpele.
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Dominio público |
A continuación el mensaje completo
del Papa Francisco:
Queridos
hermanos y hermanas:
Con el signo
penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la
Santa cuaresma, en la fe y en la esperanza.
La Iglesia,
madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la
gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de
Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La
muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu
aguijón?» (1 Co 15,54-55). Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el
centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del
Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28;
17,3).
En esta
cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas
reflexiones sobre lo que significa caminar
juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la
misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.
Antes que nada,
caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje
del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo;
el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el
Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el
éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de
situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus
seres queridos.
Surge aquí una primera llamada a la conversión,
porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me
dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco
paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona
de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta
de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad
concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para
descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del
Padre.
Este es un buen “examen” para el
viandante.
En segundo lugar, hagamos este
viaje juntos. La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales. Los
cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros
solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir
hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca encerrarnos en nosotros mismos.
Caminar juntos
significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de
Dios (cf. Ga 3,26-28); significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al
otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o
se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta,
escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia.
En esta
cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras
familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o
religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la
tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente
de nuestras necesidades.
Preguntémonos
ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros,
consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de
acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a
cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o
si la marginamos. Esta es una segunda llamada: la conversión a la
sinodalidad.
En tercer lugar, recorramos
este camino juntos en la esperanza de una promesa. La esperanza que no defrauda
(cf. Rm 5,5), mensaje central del Jubileo, sea para nosotros el horizonte del
camino cuaresmal hacia la victoria pascual.
Como nos enseñó
el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi, «el ser humano necesita un
amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni
vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni
altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios,
manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)» [6]. Jesús, nuestro
amor y nuestra esperanza, ha resucitado [7], y vive y reina glorioso. La muerte
ha sido transformada en victoria y en esto radica la fe y la esperanza de los
cristianos, en la resurrección de Cristo.
Esta es, por
tanto, la tercera llamada a la conversión: la de la esperanza, la de la
confianza en Dios y en su gran promesa, la vida eterna. Debemos preguntarnos:
¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si
pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para
recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los
acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la
fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede
atrás?
Hermanas y
hermanos, gracias al amor de Dios en Jesucristo estamos protegidos por la
esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”,
segura y firme. En ella la Iglesia suplica para que «todos se salven» (1 Tm
2,4) y espera estar un día en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo.
Así se expresaba santa Teresa de Jesús: «Espera, espera, que no sabes cuándo
vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad,
aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo» (Exclamaciones
del alma a Dios, 15, 3).
Que la Virgen María,
Madre de la Esperanza, interceda por nosotros y nos acompañe en el camino
cuaresmal.
Roma, San Juan
de Letrán, 6 de febrero de 2025
Fuente: ACI/Vatican News