El amor a María santísima mueve voluntades, lo que ocurrió con siete hombres que dejaron sus vidas antiguas para fundar una Orden y ser sus Siervos
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Wolfgang Moroder | Wikimedia |
No cabe duda de
que en la historia encontramos hermosos ejemplos de amor a María santísima,
quien logra mover las voluntades humanas para conducirlas a su Divino Hijo. Es
lo que ocurrió con los siete fundadores de la Orden de los Siervos de María, a
quienes recordamos cada 17 de febrero.
Deseo de
servir a Dios
Era el siglo
XIII cuando en Florencia, Italia, en medio de una guerra fraticida, siete
varones, alabadores de una cofradía de devotos a la Santísima Virgen María,
deciden retirarse del mundo para vivir en comunidad, contemplación y
penitencia.
Sus nombres eran: Bonfilio Monaldi, Bonayunta Manetti,
Maneto dell’Antella, Amadio de los Amidei, Sosteño, Hugo, y Alejo Falconieri.,
que era el más joven.
La mayoría de
ellos se dedicaba al comercio. Unos eran solteros y otros casados. Estos
últimos, en común acuerdo con sus esposas, dejaron a sus familias bien
establecidas y lo que quedó de sus bienes lo repartieron entre los pobres.
Después, comenzaron a hacer vida en común en Villa Camarzia.
Comienza la
Orden de los Siervos de María
Su director
espiritual fue san Pedro de Verona, sacerdote dominico y futuro mártir. Él
les impuso el hábito de penitencia: primero una capa y una túnica de lana
rústica color gris, que después fue cambiada por una de color negro, en honor a
la Virgen Dolorosa, la Patrona de la Orden.
Su vida estaba
dedicada al trabajo y la mendicidad en las calles de la ciudad. Y, aunque su
deseo era hacer vida austera y solitaria, la realidad era que muchas personas
acudían a ellos en busca de consuelo y consejo, sorprendidos de que esos
comerciantes conocidos y respetados, hubieran dejado todo por abrazar la
pobreza.
Este hecho
contribuyó a que su fama de santidad creciera y e inspirara a otros a imitar su
estilo de vida. Y como crecieran en gran número las solicitudes, tuvieron que
iniciar la Orden de los Siervos de María.
Primera
fundación
Fue así que en
1234, Ardingo Foraboschi, obispo de Florencia, les donó un terreno en la cima
del Monte Senario, algo lejos de la ciudad. Construyeron una
pequeña iglesia dedicada a la Virgen sobre las ruinas de un castillo y en 1239,
les fue asignada la Regla de san Agustín con la que vivirían en su comunidad.
Muchos
ingresaron a la Orden, atraídos por la santidad de los fundadores, que pronto
abrieron otros conventos, incluso fuera de la Toscana por la gran cantidad de
vocaciones.
No obstante
estos hechos, corrían el riesgo de ser abolidos por ser una orden mendicante,
pues el Consejo de Lyon en 1247 había decretado suprimir dichas Órdenes. Por
eso fue hasta 1304 que la comunidad recibió el reconocimiento pontificio del
Papa Benedicto XI, gracias a la ayuda de san
Felipe Benizi.
Para entonces
ya habían muerto seis de los padres fundadores, solamente vivía san Alejo,
quien murió el 17 de febrero de 1310, con 110 años. Por eso en esa fecha se les
recuerda litúrgicamente.
La rama
femenina
Como toda obra
santa, también los Siervos de María hicieron su labor con las mujeres que
aspiraban a la vida monástica.
Esta fue
fundada por santa Juliana Falconieri, quien fue sobrina de san Alejo. Ella
recibió el hábito de manos de san Felipe, con lo que se convirtió en la
iniciadora de las Terciarias e inspiradora de la rama monacal femenina de la
Orden.
Un caso
único
Los siete
fundadores son un caso único en la historia de la Iglesia, ya que fueron
canonizados juntos en 1888 por el papa León XIII, sin haber recibido la palma
del martirio.
Sus restos
descansan en un único sepulcro que se encuentra en Monte Senario.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia