¿Es posible imaginar el timbre de la voz de la Virgen María? En ella oímos la pureza sobrenatural de la que llevó la Luz increada, una pureza más joven que la primera mañana del mundo
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| Renata Sedmakova | Shutterstock; montaż - Aleteia PL |
Sin haber
tenido una visión de la Virgen María, ni haberla oído como Bernadette o Catalina Labouré, es
posible pensar que su voz posee una gracia extraordinaria y produce un efecto
bastante prodigioso en la persona que la escucha. No son los relatos de las
apariciones marianas los que nos convencen del poder encantador de la voz de la
Virgen, sino un versículo del Evangelio según San Lucas (Lc 1,44): «Pues mira, desde el momento en que tu saludo
llegó a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno»: es Isabel hablando a
la Virgen María, su prima. Y el niño que saltaba de alegría en su seno
era san
Juan Bautista, el más grande de los profetas.
La voz que hizo
saltar a Juan el Bautista
Así pues, no
fue la mera presencia de Jesús lo primero que hizo saltar al Precursor, ¡sino
la voz de la madre del Mesías! En efecto, antes de que María saludara a Isabel,
Jesús ya estaba presente en casa de la prima de la Virgen, acurrucado en el
vientre de María. Sin embargo, Juan el Bautista esperó a que María saludara a
su madre antes de saltar a su vientre. Así pues, fue la voz de María la que
produjo ese efecto en el Precursor.
¿Qué significa
esto? Por una parte, es innegable que Juan el Bautista saltó de alegría ante el
acontecimiento mesiánico de la venida de Jesús entre nosotros. Cristo era
la causa de su alegría y, por tanto, de la nuestra. Por otra parte, fue a
la voz de la madre de Jesús a la que el Precursor, Juan el Bautista, reconoció
la presencia del Mesías esperado. Es la voz de la Virgen la que transporta
literalmente a Jesús, igual que hace con su cuerpo, como cualquier mujer embarazada,
al desplazarse por el espacio. Del mismo modo que la voz de la Virgen expresa
sus sentimientos, sus pensamientos y su alma, esta voz es el vehículo de su
Hijo, ya que hizo reaccionar a Juan Bautista como si Jesús le hablara en
persona (cosa que no podía hacer, pues aún no había nacido).
Dos corazones
unidos
¿Qué podemos
concluir de esta extraña escena? En efecto, María está unida tan fuertemente a
su Hijo, que su voz se convierte en el vector de la Presencia del Verbo Divino
hasta el punto de hacer saltar de alegría a Juan el Bautista, el que será el
heraldo de la presencia del Mesías entre los hombres.
Si la voz de
María transporta a Jesús, podemos intuir lo poderosa, virtuosa y bondadosa que
debe ser para conseguir tal resultado. Tal efecto nos da también una idea de la
unión que existe entre los dos corazones de la madre y su hijo: ¡una unión de
tal fuerza que el profeta Juan Bautista reconoce inmediatamente la presencia
del Hijo en la voz de la madre! Además, fue Isabel quien profetizó esta unión
del Hijo y su madre, de Jesús y María, utilizando el mismo adjetivo para ambos:
«bendita». «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu
vientre» (Lc 1,42). Así pues, la santidad de María
está vinculada a la de Jesús. Si la santidad de Jesús es constitutiva de su
ser, al reflejarse en el ser de su madre, la marca de manera esencial y
ontológica con el sello de la santidad divina. María es la «Toda Santa».
Una voz
cristalina
Volvamos a la
voz de María. En ella irrumpe la pureza de su alma, una pureza más allá del
esfuerzo, de la ascesis para adquirirla. En esta voz oímos una pureza nativa,
como la primera mañana del mundo, salida directamente de las manos del Creador.
Pero la primera mañana del mundo se estableció en una pureza natural, mientras
que la Virgen está llena de una gracia sobrenatural desde el momento de su
concepción, una gracia que no dejará de crecer a medida que avance su
peregrinación de fe en la tierra. Por tanto, algo de esa gracia debía estar
presente en su voz. Hay voces que encantan, que paralizan de admiración desde
la primera escucha. Tal es la voz de la Virgen. Combina la extrema ingenuidad
de la juventud con la fuerza de quien sabe, caritativamente, lo que quiere y
conoce los medios para conseguirlo, celosa y prudente al mismo tiempo. Una voz
cristalina, transparente a la pureza y a la eterna juventud de Dios, y al mismo
tiempo impregnada de toda la sabiduría de la tradición de su pueblo.
Candor
sobrenatural, reflejo de la claridad divina:
La voz de la
Virgen María suscita en nosotros la vida adormecida que solo pide ser
despertada a las maravillas de la Creación y más aún a las de la Redención, y
regocijarse en ellas. En definitiva, la voz de María se hace eco de las
virtudes de la voz de su Hijo. ¿No es oyendo la voz del Hijo de Dios como los
muertos vivirán (Jn 5,25)?
La voz de María
nos hace vislumbrar la realidad última de la Vida en su misma fuente. Es la voz
de una joven, donde la alegría y el candor se combinan para formar una corona
imperecedera. Una música única. Única como la Virgen. Única como cada uno de
nosotros. Porque la voz revela, tanto como el rostro, la unicidad de todos
nosotros.
En este
sentido, la escucha tiene más bazas que la visión. Como confiesa el párroco de
Ambricourt:
«No soy un buen
fisonomista, como dicen, pero tengo memoria para las voces, nunca las olvido,
me encantan. Un ciego que no se distrae con nada debe aprender mucho de las
voces».
¡Qué secretos
revelaría la voz de la Virgen si tuviéramos la suerte de escucharla!
Jean-Michel
Castaing
Fuente: Aleteia
