La parábola de los invitados a la boda, proclamada este domingo, deja atónitos a los lectores cuando se desconoce su trasfondo cultural e histórico.
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| Dominio público |
Jesús
parte de la imagen de la boda para presentar la salvación que Él trae en nombre
de Dios. Concuerda el Evangelio con la primera lectura de Isaías, que presenta
la salvación final de la historia mediante el símbolo de un banquete en la cima
de un monte al que son invitados todos los pueblos. Manjares enjundiosos y
vinos de solera abundan en las mesas y hasta el velo de la muerte que cubre las
naciones será destruido para dar paso a la felicidad sin fin.
Sin
embargo, Jesús va más lejos de lo que dice el profeta Isaías, y utiliza el
texto para presentarse a sí mismo como el hijo del rey que celebra su boda. Todos
sin excepción están invitados a la boda. Pero Jesús hace una lectura de la
historia de Israel en la que la invitación de Dios ha sido rechazada en
diversas ocasiones. Desde su elección como pueblo de Dios, Israel no siempre ha
respondido con fidelidad a la alianza. Es más, la ha roto con frecuencia y se
ha rendido ante dioses extranjeros. Dios les ha enviado profetas y mensajeros
que han sufrido diversas suertes: persecución, maltrato y hasta la muerte.
Con
visión profética, Jesús exhorta a sus oyentes a participar en el banquete de
sus bodas con la humanidad, pues él es el hijo de Dios que trae la salvación. Y anuncia lo que ocurrirá si no acogen la
invitación de Dios. El castigo vendrá sobre el pueblo como en ocasiones
anteriores y la ciudad será incendiada como sucedió con la destrucción de
Jerusalén en el año 70 por el ejército
romano. Estamos posiblemente ante una profecía ex eventu, que el evangelista
habría puesto en labios de Jesús una vez ocurrida la tragedia, puesto que el Evangelio
de Mateo se compone después del año 70. En cualquier caso, el mensaje es claro.
Dado que los primeros invitados no quisieron asistir a la boda, el rey invita a cuantos sus criados encuentren en los caminos sin distinción de si son buenos o malos. Y la sala se llenó de comensales ante tan generosa invitación. Pero, cuando el rey pasa a saludar a los comensales, repara que uno de ellos no llevaba el traje de fiesta y ordena que lo aten de pies y manos y lo echen a las tinieblas exteriores, que significa la exclusión del banquete y del reino.
La clave para entender esta decisión, que pretende llamar la atención de los oyentes con un final dramático, la ofrece Jesús con sus últimas palabras: «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos» (Mt 22,14). Ahora ya no se trata del pueblo de Israel, sino de los paganos que han entrado en la Iglesia por la predicación apostólica. A estos se les recuerda que ellos no van a tener mayores privilegios que los judíos, si su comportamiento no es digno de la condición de invitados al Reino.
Todos son llamados, buenos y malos, pero al
sentarse en la mesa del Reino deben haber aceptado los valores que el Reino de
Dios lleva consigo y que Jesús expone de modo magistral en el sermón de la
montaña y, especialmente, en las bienaventuranzas. El traje de fiesta simboliza
la vestidura de la dignidad cristiana, recibida en el Bautismo, que, como se
dice al recibirlo, debemos llevar limpia si queremos sentarnos en la mesa del
Reino. Dios no discrimina a nadie, invita a todos, pero advierte: Muchos son
los llamados y pocos los escogidos.
César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
