En la Fiesta de San Juan María Vianney, recordamos cuatro importantes pasos del Santo Cura de Ars para volver a encender el amor de su pueblo por la Eucaristía, recopilados por el sacerdote católico Roger Landry.
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| Estatua del Santo Cura de Ars. Crédito: Cathopic. Dominio público |
En un artículo del National
Catholic Register, el P. Roger Landry reveló la
exitosa estrategia pastoral que aplicó San Juan María Vianney en el siglo XIX
para que en su parroquia de Ars (Francia) resurja el fervor eucarístico.
Según
el relato de P. Landry, el Santo Cura de Ars llegó a la iglesia de San Sixto en
1818, y la mayoría de los 230 residentes del lugar fueron a Misa el domingo
para conocerlo. No obstante, el santo observó que cada vez menos fieles
comulgaban o asistían a la Eucaristía.
“La
falta de amor a Dios, y la falta casi total de conciencia del don de Dios en la
Sagrada Eucaristía, desconcertaron al Padre Vianney”, pues para los católicos
de su tiempo el asistir a Misa, adorar el Santísimo y comulgar era “lo
suficientemente importante como para morir”, escribió.
El
P. Landry explicó que cuando el santo era niño viajaba de noche y a escondidas
con sus padres para asistir a Misa en graneros.
Esto
era así debido a que durante la Revolución Francesa, las Eucaristías se
celebraban de forma clandestina y los sacerdotes cuidaban que los católicos no
sean descubiertos; de lo contrario, el clero y los fieles eran condenados a
morir decapitados.
Fue
así que el santo desarrolló la siguiente estrategia de cuatro pasos para
reavivar el amor a Jesús Sacramentado y renovar la vida eucarística de su
pueblo:
El
P. Landry señala que lo primero que hizo el Santo Cura de Ars “fue ayudar a su
pueblo a recuperar el sentido de la importancia de santificar el Día del
Señor”.
Desde
el inicio del cristianismo el domingo es considerado como una “pequeña Pascua”,
así que el santo siempre recordaba que el domingo era “un don divino para
ayudarnos a ser quienes debemos ser”, indica. El santo solía ir de paseo al
pueblo antes de Misa para llevar a la gente del campo, e incluso “no dudó en
usar fuego y azufre cuando era necesario”, agrega.
El
Santo Cura de Ars solía señalar que el hombre “no sólo tiene necesidades
materiales y apetitos básicos, sino también necesidades del alma y apetitos del
corazón. Vive no sólo de pan, sino de oración, de fe, de adoración y de
amor”.
Con
el tiempo, la mayoría de aldeanos regresó a la Misa dominical, y eso le
permitió iniciar “el verdadero trabajo de formarlos para vivir vidas
eucarísticas”, destaca el P. Landry.
Después,
el Santo Cura de Ars ayudó a su pueblo a recuperar el asombro por lo que sucede
en la Eucaristía. Les enseñó a “reconocer que en el sacrificio de la Misa
participamos del sacrificio de Cristo […] que hizo posible la salvación; y que
en la consagración, el pan y el vino se transforman totalmente en Jesucristo, real,
verdadera y sustancialmente”, apunta el P. Landry.
Él
solía decir a los fieles que “asistir a Misa es la acción más grande que
podemos hacer”, pues durante la Eucaristía “¡la lengua del sacerdote y un
pedazo de pan hacen a Dios! ¡Eso es más que crear el mundo!”, subraya el P.
Landry citando al santo.
Además,
San Juan María Vianney recordaba que “todas las buenas obras en el mundo juntas
no son equivalentes al sacrificio de la Misa, pues son obras de los hombres, y
la Santa Misa es obra de Dios”.
“El
mártir no es nada en comparación, pues el martirio es el sacrificio que el
hombre hace de su vida a Dios; la Misa es el sacrificio que Dios hace de su
Cuerpo y Sangre por el hombre”, destacaba el santo.
El P.
Landry revela que luego el santo ayudó a su pueblo a “crecer en la apreciación
práctica de la presencia real del Señor en la Eucaristía”, y ello a través de
su ejemplo de vida: el santo solía hacer reverencia a la Eucaristía en Misa y
rezaba ante el Santísimo.
El
Santo Cura de Ars solía decir que las personas nunca habríamos pensado en pedir
a Dios “que su Hijo muera por nosotros, que nos dé su cuerpo para comer, su
sangre para beber”, sino que “Dios en su amor lo ha dicho, concebido y
actuado”, recuerda el P. Landry.
El
santo “solía predicar entre lágrimas, recordando a su pueblo que Dios mismo
estaba entre ellos en el altar y en el tabernáculo”; y precisa que el Cura de
Ars les decía: “¡Él está aquí!” y los animaba a dedicar más tiempo a la
adoración eucarística y a visitarlo como si fuera nuestro amigo.
Jesús
“nos espera de noche y de día” para “decirle nuestras necesidades y para
recibirlo”, y se acomoda “a nuestra debilidad: si se apareciera en gloria ante
nosotros, nunca nos habríamos atrevido a acercarnos”, solía enseñar el santo.
El
último paso fue ayudar a preparar el alma de su pueblo y de toda Francia con el
sacramento de la Confesión para que reciban a Jesús dignamente, “no sólo cada
domingo, sino con la mayor frecuencia posible, incluso todos los días”.
El
Santo Cura de Ars confesó a muchas personas en jornadas de entre 12 y 18 horas
diarias por 31 años, y les explicaba que si rezaban y recibían la Sagrada
Eucaristía más seguido y con más amor, “serían santos”.
El
santo proclamaba que en la Comunión “¡Dios se entrega a vosotros! ¡Él se hace
uno contigo!”, y que si realmente comprendieran su felicidad, “no podrían
vivir” sino que “morirían de amor”. “¡Venid a comulgar, venid a Jesús, venid a
vivir de Él, para vivir por Él!”, recuerda el P. Landry.
El
Santo Cura de Ars trabajó con paciencia y rezó por la conversión de su pueblo
hasta que logró que los fieles llenaran la iglesia todos domingos en la Misa de
las 7:00 a.m.
Por Cynthia
Pérez
Fuente: ACI
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