La vida de Maruja Moragas ayuda a descubrir a Dios en medio de grandes dificultades. Ella fue un ejemplo de fidelidad en el matrimonio y servicio a los demás
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| Maruja Moragas. Cortesía. Dominio público |
Pero desde aquel momento comenzó a surgir un movimiento suave
-como ella- de personas que la habían conocido y que dicen notar su huella. Han
transcurrido diez años y la figura de Maruja ha adquirido una dimensión
espiritual fuerte, que hace pensar que estamos ante una mujer que está en el
cielo y desde ahí puede ayudarnos.
La historia de Maruja es la de una mujer del siglo XX y XXI, con
la que muchas otras personas podrán sentirse identificadas.
Maruja nació en Sabadell (Barcelona) el 14 de mayo de 1952, en el
seno de una familia de la burguesía catalana. Tuvo una infancia y una juventud
llena de comodidades: veraneos en la playa de Sitges, esquiadas… Su familia era muy familia y
lo sigue siendo. La unidad entre ellos era y es un valor prioritario. Eso lo
aprendió Maruja y lo llevaba grabado a fuego: la unión familiar.
En aquella época, ella era «un buen partido». Era inteligente,
guapa, atractiva, elegante, buena conversadora. Una chica bien que practicaba
la fe católica con cierta rutina: la misa de los domingos, la celebración de
las fiestas tradicionales como Navidad o Semana Santa… Aquello le resultaba
suficiente.
Enamorada de Juan
A los 17 años comenzó a estudiar en la Universidad la carrera de
Filosofía y Letras. Un día, en casa de unos amigos, conoció a Juan, un joven de
Zaragoza que se había trasladado a Barcelona donde estudiaba Ingeniería
industrial. Él era cinco años mayor que ella. Fue conocerse y enamorarse.
Al cabo de un tiempo, en 1975, Juan y Maruja se casaron. Era un
matrimonio «perfecto». Económicamente las cosas estaban más que resueltas y la
pareja se llevaba de maravilla. Llegaron tres hijos: Joan, Xavier e Ignasi.
Maruja se había licenciado pero no ejercía. Podía ser ama de casa
y madre de familia, sin preocupaciones y con una vida familiar y social muy
agradable.
Nada hacía pensar que todo se quebraría.
La primera
gran crisis
Pero en 1997, cuando llevaban 22 años de matrimonio, Juan
comenzó a mostrarse nervioso, inquieto. Maruja no sabía qué ocurría, pero pensó
que podía tratarse de algún problema en el trabajo.
Sin embargo, un día a la hora de cenar Juan le dijo
que necesitaba espacio, fuera de la familia. Maruja se quedó
desconcertada. Aquello no tenía ni pies ni cabeza, no era lógico.
Pero a pesar de que para ella no era «lógico», Juan
desapareció de casa a los pocos días. Abandonaba a su
esposa y a los tres hijos. Sin más. Para él estaba decidido y no había vuelta
de hoja.
Abandonada
Aquella situación fue la primera gran crisis de Maruja. Por
primera vez en la vida se encontraba con un problema de magnitud abrumadora. Su marido la
había abandonado y la había dejado sin recursos de ningún tipo. Había
que ponerse a trabajar fuera de casa, sacar adelante a sus tres hijos, tomar
las riendas del hogar, ser cabeza de familia. Y seguía sin comprender por qué: por qué Juan
se había marchado y la había dejado.
Para Maruja, aquella etapa tan dura resultaría providencial.
Buscando respuestas a su dolor y a su vacío, comenzó a pensar en Dios de otro
modo.
Una cita de
san Pablo
Un día, leyó un fragmento de la primera epístola de san Pablo a
los Corintios:
«El amor es
paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se
envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no
tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se
regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera,
todo lo soporta.»
(I Cor 13, 5-8)
Alguien le sugirió que acudiera al oratorio de Santa María de
Bonaigua, cerca de su casa en el barrio de Pedralbes de Barcelona, y allí habló
con un sacerdote del Opus Dei. Le contó la desgracia que le había ocurrido y se
preguntaba por qué Dios permitía su situación. ¿Qué había hecho ella para
merecerlo? Aquello supondría el primer paso en el camino de su conversión.
Maruja conoció entonces a una mujer del Opus Dei que le enseñó a
hacer oración con Santa Teresa de Jesús, concretamente con el libro «Las
misericordias de Dios». Y lo que había comenzado como una queja, pasó a ser aceptación
y descubrimiento de un camino personal en el que Dios la amaba profundamente.
Siempre fiel
a su marido
Mientras, cada noche Maruja escribía a Juan y le contaba todo: la
situación de los hijos, cómo se sentía por dentro… Nunca dejó de hacerlo. Son más de 5.000
cartas, porque ella no faltó nunca a su cita epistolar con su
marido. Era el amor de su vida y ella le fue fiel hasta la muerte, a pesar de
que él quiso y consiguió el divorcio. Maruja decía siempre que creía que él
volvería, y que si Juan volvía, ella iba a perdonarle.
Para muchos que le conocieron, el ejemplo de fidelidad de Maruja
es muy grande. A ella no le faltaron hombres que trataron de aproximarse en
cuanto supieron que Juan la había dejado. Pero Maruja nunca dio pie a una nueva
relación, porque para ella la fidelidad en su matrimonio seguía como el primer
día.
Descubrió su
vocación al Opus Dei
En este proceso externo -encontrar trabajo, estabilizar la
familia- e interno -volver a Dios y descubrir la vida de oración y los
sacramentos- descubrió que tenía vocación al Opus Dei. Era
posible buscar la santidad en el mundo siendo una mujer casada y abandonada,
separada y divorciada a su pesar, con tres hijos, trabajando…
En cuanto al trabajo, con su carrera de Filosofía y Letras y su
nivel cultural, primero encontró un puesto en el servicio de idiomas de la
escuela de negocios Esade. De ahí pasó al Iese, donde primero trabajó en el
servicio de idiomas, pero enseguida trabajó codo con codo con la profesora
Nuria Chinchilla.
Maruja Moragas se convirtió muy pronto en aquella mujer discreta
que ayudaba enormemente a alumnos y alumnas adultos a través del coaching.
Muchos testimonios coinciden en que transmitía paz, confianza, serenidad.
Maruja integraba las humanidades con la dirección de empresas. Con
la profesora Chinchilla escribieron Dueños de nuestro destino. Cómo
conciliar la vida profesional, familiar y personal. Muchas
personas han encontrado en él herramientas para mejorar en su vida.
Así, la carrera profesional de Maruja fue creciendo -leyó la tesis
doctoral- y sin grandes alharacas conectaba con personas de todo tipo pero
especialmente con mujeres que encontraban en ella un gran apoyo. Eso hizo que
acometiera una iniciativa para acompañar a mujeres abandonadas -como ella- y
con hijos -como ella. Quería transmitirles todo lo que podría serles de ayuda
en la fragilidad. Les daba formación y lograba recursos económicos. Fruto de
ello son las becas que se otorgan gracias a su legado:
Último reto:
el cáncer
Pero la vida volvió a presentarle a Maruja un último reto. Cuando
tenía 59 años, se le diagnosticó un cáncer de riñón. El pronóstico era de muy
pocos meses de vida. Maruja asumió aquella segunda crisis como una nueva llamada
de Dios. Decidió que en aquel tiempo iba a escribir un libro que recogiera su
trayectoria, por si podía servir de ayuda a otras personas. Y sí lo fue.
Publicó El tiempo en un hilo enferma y con pocas
fuerzas ya, pero diciendo que sí a lo que Dios le pedía. En el libro escribe
que desde que había comenzado a rezar gracias a santa Teresa, había de decidido
“dar carta blanca a Dios y confiar en Él”. El espíritu del Opus Dei -vivir
como hijos de Dios en medio de las circunstancias de cada uno- se concretaban ahora
en estar enferma y prepararse para morir. Atrás quedaba un reguero de amor a su
marido, a su familia, y de servicio a todos.
Al cumplirse 10 años de su muerte, la Asociación de Amigos de
Maruja Moragas ha programado un ciclo de tres conferencias para este mes de
abril en el que se tratarán temas relacionados con los valores.
Quien esté interesado en conocer más acerca de ella, puede ponerse
en contacto con la Asociación de Amigos de Maruja Moragas a
través de la web o del perfil de Instagram.
Entre quienes hablan de la ayuda de Maruja desde el cielo, se
cuenta el padre del pequeño Pau, un prematuro que salvó la vida:
Dolors Massot
Fuente: Aleteia
