En el Evangelio de hoy leemos un pasaje llamado el «meteorito de Juan» (Mt 11,25-30). El motivo de esta denominación reside en que lo que dice Jesús y, sobre todo, cómo lo dice, parece extraído del cuarto evangelio más que de un evangelio sinóptico.
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| Dominio público |
Jesús se dirige al Padre en una bella oración para darle gracias por haber revelado a «los pequeños» las cosas que ha escondido a los «sabios y entendidos». ¿De qué cosas se trata? Por el contexto, es evidente que son los misterios del Reino de Dios que Jesús predicaba.
Ahora bien, ¿quiénes son esos pequeños y
quiénes los sabios y entendidos? Nos hallamos aquí con dos denominaciones que
van más allá de lo que parecen decir. Porque ni los pequeños o los niños
entienden bien los misterios; ni los sabios y entendidos están incapacitados
para entenderlos.
Jesús se refiere aquí a una circunstancia de su vida sobre el grupo de gente que le seguía y el que lo rechazaba. Es sabido que la clase dirigente de Israel rechazaba a Jesús y su enseñanza, rechazo que fraguó su muerte. Por el contrario, Jesús fue bien acogido en general por la gente sencilla del pueblo que escuchaba su enseñanza como nueva y dotada de la autoridad que no tenían los escribas, fariseos y saduceos.
Estos utilizaron
diversos calificativos para designar a los que seguían a Jesús: ignorantes,
gentes sin ley, pequeños, simples y malditos. Jesús, por tanto, se sirve de esta
terminología y la contrapone a la que él usa para designar a los que le
rechazan: se creen «sabios
y entendidos». Es
evidente que Jesús no tiene nada contra la sabiduría y la inteligencia de las
cosas, incluidas las de Dios; pero reprueba el orgullo y la soberbia.
Se entiende así que diga a sus seguidores: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré: Tomas mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso». Son palabras de consuelo que han merecido excelentes comentarios de grandes plumas. Jesús no se refiere a los cansados y agobiados por problemas de la vida que todos sobrellevamos, sino al cansancio y al agobio de ser atacados por seguirle a él. Y les invita a la mansedumbre y humildad para soportar los insultos de los dirigentes religiosos de Israel. Por eso, se califica a sí mismo como «manso y humilde de corazón», porque también a él le llamaron comilón y borracho, amigo de prostitutas y publicanos, endemoniado y pecador.
Frente a esta actitud, Jesús propone las virtudes propias del santo. Y utiliza una imagen muy expresiva: la del yugo llevadero y la carga ligera. Sorprende que para aliviar a los suyos del cansancio y del agobio, los anime a llevar su propio yugo: este, en realidad, no es otro que el de las virtudes enumeradas: la humildad y la mansedumbre. Solo ellas, si se acogen con sencillez, pueden ayudar a vivir la persecución que sufren de sus adversarios. Es obvio que cuesta ejercitar la virtud.
Bajo
este aspecto es un yugo. Pero es suave y ligero, porque, cuando se aprender a
llevarlo, aligera el peso de muchos agobios y cansancios del alma en el
seguimiento de Jesús. ¡Cuántas veces un acto de humildad y mansedumbre nos
libera de cargas pesadísimas! Y andamos ligeros sin tener en cuenta las
tribulaciones de la fe en Cristo. Quien entienda esto será de los «pequeños y sencillos» que han recibido de Dios
la gracia de comprender los misterios del Reino, lo que Jesús nos ha revelado
de su Padre.
César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
