Firmes en la fe
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| Dominio público |
I. Nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa que Él no viene a destruir la Antigua Ley, sino a darle su plenitud; restaura, perfecciona y eleva a un orden más alto los preceptos del Antiguo Testamento. La doctrina de Jesús tiene un valor perenne para los hombres de todos los tiempos y es «fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta». Es un tesoro que cada generación recibe de manos de la Iglesia, quien lo guarda fielmente con la asistencia del Espíritu Santo y lo expone con autoridad. «Al adherirnos a la fe que la Iglesia nos propone, nos ponemos en comunicación directa con los Apóstoles (...); y mediante ellos, con Jesucristo, nuestro primer y único Maestro; acudimos a su escuela, anulamos la distancia de los siglos que nos separan de ellos».
Gracias a este Magisterio
vivo, podemos decir -en cierto modo- que el mundo entero ha recibido su
doctrina y se ha convertido en Galilea: toda la tierra es Jericó y Cafarnaún,
la humanidad está a la orilla del lago de Genesaret. La guarda fiel de las
verdades de la fe es requisito para la salvación de los hombres. ¿Qué otra
verdad puede salvar si no es la verdad de Cristo? ¿Qué «nueva verdad» puede
tener interés -aunque fuera la del más sabio de los hombres- si se aleja de la enseñanza
del Maestro? ¿Quién se atreverá a interpretar a su gusto, cambiar o acomodar la
Palabra divina? Por eso, el Señor nos advierte hoy: el que quebrante uno solo
de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a
hacer lo mismo, será el más pequeño en el reino de los Cielos.
San Pablo exhortaba de esta manera a Timoteo: Guarda el depósito
a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa
ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe. Con esta expresión
-depósito- la Iglesia sigue designando al conjunto de verdades que recibió del
mismo Cristo y que ha de conservar hasta el final de los tiempos.
La verdad de la fe «no cambia con el tiempo, no se desgasta a través de la historia; podrá admitir, y aun exigir, una vitalidad pedagógica y pastoral propia del lenguaje, y describir así una línea de desarrollo, con tal que, según la conocidísima sentencia tradicional de San Vicente de Lérins (...): quod ubique, quod semper, quod ab omnibus: "lo que en todas partes, lo que siempre, lo que por todos" se ha creído, eso debe mantenerse como formando parte del depósito de la fe (...). Esta fijeza dogmática defiende el patrimonio auténtico de la religión católica.
El Credo no cambia, no envejece,
no se deshace». Es la columna firme en la que no podemos ceder, ni siquiera en
lo pequeño, aunque por temperamento estemos inclinados a transigir: «Te molesta
herir, crear divisiones, demostrar intolerancias..., y vas transigiendo en
posturas y puntos -¡no son graves, me aseguras!-, que traen consecuencias
nefastas para tantos.
»Perdona mi sinceridad: con ese modo de actuar, caes en la
intolerancia -que tanto te molesta- más necia y perjudicial: la de impedir que
la verdad sea proclamada». Y anunciar la verdad es frecuentemente el mayor bien
que podemos hacer a quienes nos rodean.
II. El
cristiano, liberado de toda tiranía del pecado, se siente impulsado por la
Nueva Ley de Cristo a comportarse ante su Padre Dios como un hijo suyo. Las
normas morales no son entonces meras señales indicadoras de los límites de lo
permitido o prohibido, sino manifestaciones del camino que conduce a Dios;
manifestaciones de amor.
Debemos conocer bien este conjunto de verdades y de preceptos que constituyen el depósito de la fe, pues es el tesoro que el Señor, a través de la Iglesia, nos entrega para que podamos alcanzar la salvación. Esta riqueza de verdades se protege especialmente con la piedad (oración y sacramentos), con una seria formación doctrinal, adecuada a las personas, y también ejercitando la prudencia en las lecturas.
Todo el mundo considera razonable, por ejemplo,
en una cátedra de física o de biología, que se recomienden determinados textos,
se desaconseje el estudio de otros y se declare inútil y aun perjudicial la
lectura de una publicación concreta para quien de verdad está interesado en
adquirir una seria información científica. En cambio, no faltan quienes se
asombran de que la Iglesia reafirme su doctrina sobre la necesidad de evitar
aquellas lecturas que sean dañinas para la fe o la moral, y ejerza su derecho y
su deber de examinar, juzgar y, en casos extremos, reprobar los libros
contrarios ala verdad religiosa. La raíz de ese asombro infundado podría
encontrarse en una cierta deformación del sentido de la verdad, que admitiría
un magisterio sólo en el campo científico, mientras que considera que en el
ámbito de las verdades religiosas sólo cabe dar opiniones más o menos fundadas.
Al avivar en nuestra oración la fidelidad al depósito de la
revelación, recordamos al mismo tiempo que incluso la ley natural, que el Señor
ha escrito en nuestros corazones, nos impulsa desde dentro a valorar los dones
del Cielo y, en consecuencia, «obliga a evitar en lo posible todo lo que atenta
contra la virtud de la fe», como nos pide, por ejemplo, que conservemos la vida
física; por ello, «poner voluntariamente en peligro la fe con lecturas
perniciosas sin un motivo que lo justifique, sería un pecado aunque en la
actualidad no se incurra en pena eclesiástica alguna».
Tras una larga experiencia en convivir y estudiar autores
paganos o desconocedores de la fe, recomendaba San Basilio: «Debéis, pues,
seguir al detalle el ejemplo de las abejas. Porque éstas no se paran en
cualquier flor ni se esfuerzan por llevarse todo de las flores en las que posan
su vuelo, sino que una vez que han tomado lo conveniente para su intento, lo
demás lo dejan en paz.
»También nosotros, si somos prudentes, extrayendo de estos
autores lo que nos convenga y más se parezca a la verdad, dejaremos lo
restante. Y de la misma manera que al coger la flor del rosal esquivamos las
espinas, así al pretender sacar el mayor fruto posible de tales escritos,
tendremos cuidado con lo que pueda perjudicar los intereses del alma».
La prudencia en las lecturas es manifestación de fidelidad a las
enseñanzas de Jesucristo; la fe es nuestro mayor tesoro, y por nada del mundo
nos podemos exponer a perderlo o a deteriorarlo. Nada vale la pena en
comparación de la fe. Debemos velar por nosotros mismos y por todos, pero de
modo particular por aquellos que de alguna manera el Señor nos ha encomendado:
hijos, alumnos, hermanos, amigos...
III. Dichoso
el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor; dichoso el que
guardando sus preceptos lo busca de todo corazón, dice el Salmo responsorial,
avivando nuestra disposición de seguir fielmente a Jesucristo.
Entre las ocasiones particularmente delicadas que pueden poner
en peligro la integridad de la fe, la Iglesia ha señalado siempre la lectura de
libros que atentan directa o indirectamente contra las verdades religiosas y
contra las buenas costumbres, pues la historia atestigua con evidencia que, aun
con todas las condiciones de piedad y de doctrina, no es raro que el cristiano
se deje seducir por la parte o apariencia de verdad que hay siempre en todos
los errores.
Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes (...). Enséñame a cumplir tu voluntad, le decimos nosotros a Jesús con palabras del Salmo responsorial. Y Él, a través de una conciencia formada, nos moverá a ser humildes, a realizar una prudente selección y a buscar un asesoramiento con garantías si hemos de estudiar cuestiones científicas, humanísticas, literarias, etc., en las que pueda inficcionarse nuestro pensamiento.
Permaneciendo junto a Cristo, valorando mucho la fe, andaremos sin falsos
complejos, con naturalidad, sin el afán superficial de «estar al día», como se
han comportado siempre muchos intelectuales cristianos: catedráticos,
profesores, investigadores, etc. Si somos humildes y prudentes, si tenemos
«sentido común», no seremos «como los que toman el veneno mezclado con miel».
Fieles a la enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, necesitamos una formación que nos permita apreciar cuanto de válido puede encontrarse en las diversas manifestaciones de la cultura -pues el cristiano debe estar siempre abierto a todo lo que es verdaderamente positivo-, a la vez que detectamos lo que sea contrario a una visión cristiana de la vida. Pidamos a la Santísima Virgen, Asiento de la Sabiduría, ese discernimiento en el estudio, en las lecturas y en todo el ámbito de las ideas y de la cultura. Pidámosle también que nos enseñe a valorar y a amar siempre más el tesoro de nuestra fe.
