El camino de las bienaventuranzas
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| Dominio público |
I. Una inmensa multitud venida de todas partes rodea al Señor.
De Él esperan su doctrina salvadora, que dará sentido a sus vidas. Viendo Jesús
este gentío subió a un monte, donde, habiéndose sentado, se le acercaron sus
discípulos, y abriendo su boca les enseñaba.
Y es ésta la ocasión que aprovecha el Señor para dar una imagen
profunda del verdadero discípulo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque
de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos
poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran... No resulta difícil
imaginar la impresión -quizá de desconcierto y, en algunos de los oyentes,
incluso de decepción- que estas palabras del Señor debieron de causar en
quienes le escuchaban. Jesús acababa de formular el espíritu nuevo que había
venido a traer a la tierra; un espíritu que constituía un cambio completo de
las usuales valoraciones humanas, como la de los fariseos, que veían en la
felicidad terrena la bendición y premio de Dios y, en la infelicidad y
desgracia, el castigo. En general, «el hombre antiguo, aun en el pueblo de
Israel, había buscado la riqueza, el gozo, la estimación, el poder,
considerando todo esto como la fuente de toda felicidad. Jesús propone otro
camino distinto. Exalta y beatifica la pobreza, la dulzura, la misericordia, la
pureza y la humildad».
Al volver a meditar ahora, en nuestra oración, estas palabras
del Señor, vemos que aún hoy día se insinúa en las personas el desconcierto
ante ese contraste: la tribulación que lleva consigo el camino de las
Bienaventuranzas y la felicidad que Jesús promete. «El pensamiento fundamental
que Jesús quería inculcar en sus oyentes era éste: sólo el servir a Dios hace
al hombre feliz. En medio de la pobreza, del dolor, del abandono, el verdadero
siervo de Dios puede decir con San Pablo: Sobreabundo de gozo en todas mis
tribulaciones. Y, por el contrario, un hombre puede ser infinitamente
desgraciado aunque nade en la opulencia y viva en posesión de todos los goces
de la tierra». No en vano aparecen en el Evangelio de San Lucas, después de las
Bienaventuranzas, aquellas exclamaciones del Señor: ¡Ay de vosotros, los ricos,
porque ya habéis recibido vuestra consolación! ¡Ay de vosotros, los que os
saciáis ahora (...). ¡Ay de vosotros, todos lo que sois aplaudidos por los
hombres, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas!.
Quienes escuchaban al Señor entendieron bien que aquellas
Bienaventuranzas no enumeraban distintas clases de personas, no prometían la
salvación a determinados grupos de la sociedad, sino que señalaban
inequívocamente las disposiciones religiosas y la conducta moral que Jesús
exige a todo el que quiera seguirle. «Es decir, los pobres de espíritu, los
mansos, los que lloran (...) no indican personas distintas entre sí, sino que
son como diversas exigencias de santidad dirigidas a quien quiere ser discípulo
de Cristo».
El conjunto de todas las Bienaventuranzas señala el mismo ideal:
la santidad. Hoy, al escuchar de nuevo, en toda su radicalidad, las palabras
del Señor, reavivamos el afán de santidad como eje de toda nuestra vida. Porque
«Jesucristo Señor Nuestro predicó la buena nueva para todos, sin distinción
alguna. Un solo puchero y un solo alimento: mi comida es hacer la voluntad del
que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra (Jn 4, 34). A cada uno llama a
la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados,
sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde
estén». Cualesquiera que sean las circunstancias que atraviese nuestra vida,
hemos de sabernos invitados a vivir la plenitud de la vida cristiana. No puede
haber excusas, no podemos decirle al Señor: espera a que se solucione este problema,
a que me reponga de esta enfermedad, a que deje de ser calumniado o de ser
perseguido..., y entonces comenzaré de verdad a buscar la santidad. Sería un
triste engaño no aprovechar esas circunstancias duras para unirnos más al
Señor.
II. No desagrada a Dios que pongamos los medios oportunos para
evitar el dolor, la enfermedad, la pobreza, la injusticia..., pero las
Bienaventuranzas nos enseñan que el verdadero éxito de nuestra vida está en
amar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Nos muestran, a la vez, el
único camino capaz de llevar al hombre a vivir con la plena dignidad humana que
conviene a su condición de persona. En una época en que tantas cosas empujan
hacia el envilecimiento y la degradación personal, las Bienaventuranzas son una
invitación a la rectitud y a la dignidad de vida. Por el contrario, intentar a
toda costa -como si se tratara de un mal absoluto- sacudir el peso del dolor,
de la tribulación, o buscar el éxito humano como un fin en sí mismo, son
caminos que el Señor no puede bendecir y que no conducen a la felicidad.
«Bienaventurado» significa «feliz», «dichoso», y en cada una de
las Bienaventuranzas «comienza Jesús prometiendo y señalando los medios de
conseguirla. ¿Por qué comenzará Nuestro Señor hablando de la felicidad? Porque
en todos los hombres existe una tendencia irresistible a ser felices; éste es
el fin que todos sus actos se proponen; pero muchas veces buscan la felicidad
donde no se encuentra, donde no hallarán sino miseria».
El Señor nos señala aquí los caminos para ser felices sin
límites y sin fin en la vida eterna, y también para serlo en esta vida,
viviendo con plena dignidad, como conviene a la condición de persona. Son
caminos bien diferentes a los que, con frecuencia, suele escoger el hombre.
Buscad al Señor los humildes que cumplís sus mandamientos (...).
Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del
Señor, se nos dice en la Primera lectura de la Misa.
La pobreza de espíritu, el hambre de justicia, la misericordia,
la limpieza de corazón y el soportar ser rechazados por causa del Evangelio
manifiestan una misma actitud del alma: al abandono en Dios. Y ésta es la
actitud que nos impulsa a confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional.
Es la postura de quien no se contenta con los bienes y consuelos de las cosas
de este mundo, y tiene puesta su esperanza última más allá de estos bienes, que
resultan pobres y pequeños para una capacidad tan grande como es la del corazón
humano.
Bienaventurados los pobres de espíritu... Y en el Magnificat de
la Virgen escuchamos: Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los
despidió sin nada. ¡Cuántos se transforman en hombres vacíos, porque se sienten
satisfechos con lo que ya tienen! El Señor nos invita a no contentarnos con la
felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros, y nos anima a desear
aquellos que Él tiene preparados para nosotros.
III. Dice Jesús a quienes le siguen -en aquel tiempo y ahora-
que no será obstáculo para ser felices el que los hombres os insulten, y os
persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y
contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Así como ninguna
cosa de la tierra puede dar la felicidad que todo hombre busca, tampoco nada,
si estamos unidos a Dios, puede quitárnosla. Nuestra felicidad y nuestra
plenitud viene de Dios. «¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la
cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis
perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los
desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el
reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos de Cristo
paciente, y con Él, si queréis, salváis el mundo».
Pidamos al Señor que transforme nuestras almas, que realice un
cambio radical en nuestros criterios sobre la felicidad y la desgracia. Somos
necesariamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestras
vidas, y si aceptamos la buena nueva del Evangelio.
Y esto, también en el caso de que otras gentes parezcan
conseguir todos los bienes que se pueden alcanzar en esta corta vida. No se
debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas -dice San Basilio-; ni al
poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo;
ni al sabio por su gran elocuencia. Todas estas cosas son instrumentos de la
virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen
la felicidad. Sabemos que, muchas veces, estos mismos bienes se convierten en
males y en desgracia para la persona que los posee y para los demás, cuando no
están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá
siempre insatisfecho y desgraciado.
Cuando para encontrar esa felicidad los hombres ensayamos otros
caminos que no son los de la voluntad de Dios, que no son los que nos ha
trazado el Maestro, al final sólo se encuentra soledad y tristeza. La
experiencia de todos lo que no quisieron entender a Dios que les hablaba de
distintas maneras, ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios
no hay felicidad estable y duradera. Lejos del Señor sólo se recogen frutos
amargos y, de una forma u otra, se acaba como el hijo pródigo fuera de la casa
paterna: comiendo bellotas y apacentando puercos.
Son dichosos quienes buscan a Cristo, quienes piden y fomentan
el deseo de santidad. En Cristo están ya presentes todos los bienes que
constituyen la verdadera felicidad. «"Laetetur cor quaerentium
Dominum" -Alégrese el corazón de los que buscan al Señor.
»-Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza».
Cuando falta la alegría, ¿no estará la causa en que, en esos
momentos, no buscamos de verdad al Señor en el trabajo, en quienes nos rodean,
en las contradicciones? ¿No será que no estamos todavía desprendidos del todo?
¡Que se alegren los corazones que buscan al Señor!
