«Cuando me pasa algo malo me ayuda pensar que Jesús desde la cruz está sufriendo conmigo», afirma la marquesa de Griñón.
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| Tamara Falcó con algunos niños en Casa do Gaiato. Foto: Víctor Cucar. Dominio público |
Mi intención es justo esa, utilizar mi figura mediática para darlo a conocer.
Lo del Domund es alucinante. No estoy al nivel de los
misioneros y me da muchísimo respeto, pudor y hasta vergüenza tener que hablar
de ellos. Es gente que deja sus familias, sus países, se van a sitios
totalmente recónditos para ayudar al prójimo y a difundir la palabra de Dios.
Pero creo que si me lo han pedido es porque creen que puedo ofrecer mi
cobertura de medios, que es parte de lo que me ha dado Dios.
Entre muchos famosos no faltan
alabanzas a la labor social de los misioneros, que muchos ven como «lo mejor de
la Iglesia». Pero, ¿se entienden bien sus motivaciones y su fundamental labor
espiritual?
Yo creo que es difícil de explicar porque la fe es muy difícil de entender si
no la tienes. Yo he estado en el otro lado, y la verdad es que cuando me
hablaba gente de fe me ponía nerviosa o no lo entendía. Eso dificulta bastante
la labor.
¿Cómo intentaría explicarlo?
Lo más importante de Dios es el amor con el que nos trata. Nuestros padres no
dejan de ser humanos y han tenido sus fallos, aunque en algunos casos hayan
sido perfectos. Pero descubrir la figura de Dios Padre, de Emmanuel, Dios con
nosotros, y del Espíritu Santo es una forma de aliviar tu dolor. Cuando me pasa
algo malo me ayuda pensar que no es que Dios esté alejado como desde una nube
mandándomelo, sino que Jesús desde la cruz está sufriendo conmigo. En muchas
situaciones te puedes identificar con el Evangelio, y te das cuenta de que
realmente Él está cargando también esa cruz cuando la gente te hace daño, te
critica, te infravalora… También recientemente, que me ha cambiado la vida.
Tuvo una experiencia en zonas
de misión en 2013, cuando pasó una semana en la Casa do Gaiato, en Mozambique.
¿Cómo surgió esta oportunidad?
Fui acompañada de una entidad que había hecho una donación, una ONG
superchiquitita. Casa do Gaioto me impresionó muchísimo porque frente a todas
las adversidades, estos niños tenían una sonrisa brutal en la cara. La verdad
es que fue una experiencia única.
¿Cuál fue su labor allí siendo
una estancia tan breve?
La verdad es que fuimos a conocer el proyecto. Pudimos rezar con los niños y
fuimos a ver los poblados de donde habían salido para conocer la situación de
las familias. También visitamos otro orfanato, ya en la ciudad, donde había
niños albinos. La gente consideraba que tenían al diablo y los querían
apedrear. Fue impresionante.
¿Qué fue lo que más le impactó?
La diferencia con los países del primer mundo. Es alucinante porque, pese a
tener muchísimas más dificultades de las que podemos llegar a tener nosotros,
ellos lo afrontan de forma distinta. Cuando dicen «problemas del primer mundo»,
es que es verdad. Allí vi que el Evangelio realmente se cumplía, de que de
verdad Dios está cerca de los que sufren.
¿En este sentido, se considera
usted también beneficiaria del trabajo de los misioneros?
Al cien por cien. Piensas que vas allí a dar juguetes, a ayudar, a jugar con
ellos, pero lo que recibes cada vez que haces voluntariado es mayor de lo que
vas a dar. Das tu tiempo, sí, que es un tesoro y con la vida que llevamos es
difícil de encajar. Pero realmente estar con gente que lo necesita y aprender
de ellos es un regalo mucho mayor.
¿Ha habido algún otro misionero que le
haya influido?
La madre Teresa de Calcuta.
Tengo frases de ella míticas que me ayudan en el día a día, como que «Calcuta
está en todas partes». Me ayuda a geolocalizarme en el sitio donde estoy y a
darme cuenta de que no solo existe la pobreza material sino también la pobreza
espiritual.
A usted misma se la considera muchas veces
misionera en el mundo del corazón. ¿Por qué es importante dar testimonio
también en este ámbito, incluso en los momentos malos?
¿Misionera? La verdad es que muy al principio de mi conversión he discutido con
mi madre. Me decía: «Por favor, deja de hablar de Dios». Y yo decía: «No,
porque soy apóstol». Eso es lo que es ser misionero: ir hasta los confines de
la tierra hablando de Dios. Es lo que procuro. Pero muchas veces la gente
tampoco está receptiva. Hay veces que es mejor dar a cada uno su tiempo y
rezar.
Entonces, ¿no es bien acogido su
testimonio?
Hay bastantes periodistas del corazón que tienen un acercamiento profundo al
Señor. Es verdad que dentro del gremio del periodismo no es lo más valorado y
puede llegar a parecer más frívolo. Pero no creo que la gente que habla sobre
sentimientos esté alejada de Dios. Sí es verdad que hay mucha parte que puede
ser muy dañina, porque es difícil saber qué hay realmente en el corazón de cada
persona y muchas veces se habla de cosas que se desconocen, o desde prejuicios
o rumores malinterpretados.
María
Martínez López
Fuente:
Alfa y Omega
