25 años de la proclamación de la doctora más joven de la Iglesia
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| Teresita de Lisieux, Santa Teresa del niño Jesús, doctora de la Iglesia |
Es
conocida la anécdota del encuentro de San Pío X con un obispo
misionero que le había regalado un retrato de Santa Teresita de
Lisieux. El Papa le había dicho: “Esta es la santa más grande de los tiempos modernos”. El
conocimiento que tenía el Papa Sarto de Teresa venía de lejos y por eso no dudó
en incoar la causa de su beatificación.
Apenas 10 años después de su muerte,
el Papa había recibido el regalo de la edición francesa de Historia de un Alma.
Pío X, que admiraría a aquella joven carmelita por la sencillez de su doctrina
espiritual y su insistencia en la absoluta necesidad de la gracia, sabía que
había algunos eclesiásticos
que cuando oían hablar de Teresa “ceñían el entrecejo”.
Esto le llevaría a responder con
decisión a uno de sus detractores: «Su extrema sencillez es lo más
extraordinario y digno de atención en esta alma. Vuelva a estudiar su
teología».
La indicación del Papa a uno de
aquellos eclesiásticos no era algo baladí… los estudios sobre el proceso que
llevó a la proclamación de
Santa Teresita como doctora de la Iglesia muestran que el camino no fue fácil…
Por los pasillos de las congregaciones
romanas, en los debates de algunos teólogos, se repetían como una cantinela
objeciones parecidas a la causa… ¿Cómo se le iba a dar este título a quien había consumado su vida casi con
25 años entre los muros de un monasterio de clausura, a una joven que no había asistido a
clases de Teología, ni había expuesto de manera sistemática su “doctrina”?
Dios tiene sus tiempos… las objeciones
se desvanecieron y el
testimonio cada vez más extendido del cariño de fieles, pastores de la Iglesia,
teólogos y autores de espiritualidad, sacerdotes y seminaristas,
religiosos y religiosas, movimientos eclesiales y comunidades nuevas, hombres y
mujeres de cualquier condición y de todos los continentes se convirtió en un
clamor universal.
Hace 25 años, el 19 de Octubre de 1997 en la Jornada del Domund el
Papa Juan Pablo II firmaba
la carta apostólica Divini Amoris
Scientia y proclamaba ante la multitud congregada en
la Plaza de San Pedro a Teresa Lisieux como la 33ª Doctora de la Iglesia.
Siguiendo a Juan Pablo II en su carta
apostólica, sintetizamos en 10
las razones que llevaron a la Iglesia a proclamar a Teresa, la Doctora más joven
de la Iglesia, como maestra universal en la doctrina del amor
1.- La carrera meteórica con la que se extendieron sus escritos: en
el año 1921 Historia de un alma (sus
escritos autobiográficos) se habían traducido al inglés, francés, alemán,
italiano, español, chino, japonés, ceilandés… hoy son cerca de 50 lenguas a las
que ha sido traducido su autobiografía, al igual que sus demás escritos.
2.- Su santidad fue reconocida por la Iglesia muy rápidamente. Ella
murió en 1897. El 10 de junio de 1914 Pío X firmó el decreto de
incoación de la causa de beatificación; el 14 de agosto de 1921 Benedicto
XV declaró la heroicidad de las virtudes de la sierva de Dios, Pío
XI la proclamó beata el 29 de abril de 1923. Un poco más tarde, el 17 de
mayo de 1925, el mismo
Papa, ante una inmensa multitud, la canonizó en la basílica de San
Pedro, y dos años después, el 14 de diciembre de 1927, acogiendo la petición de
muchos obispos misioneros, la proclamó, junto con san Francisco Javier, patrona de las misiones.
3.- La autoridad universal de la
doctrina de Teresa está en la capacidad de haber ido con una sencillez y profundidad única al corazón del
evangelio. Ella encarna y predica con su vida y su palabra la
centralidad del evangelio: la llamada de Jesús a hacerse como niños, a
reconocernos siendo tan pobres y pequeños como “hijos amados de Dios”.
4.- Doctora para nuestros tiempos
porque ha puesto en el
candelero el mensaje de la Misericordia Divina abriendo las puertas de
la esperanza a tantos que se encuentran aplastados por la miseria moral y
espiritual a la que han conducido las ideologías del mundo moderno.
5.- Su enseñanza manifiesta con
coherencia y une en un
conjunto armonioso los dogmas de la fe cristiana como doctrina de verdad y
experiencia de vida. Al final de su vida, escribió con su propia sangre el
Símbolo de los Apóstoles, como expresión de su adhesión sin reservas a la
profesión de fe.
6.- La fuente principal de su experiencia espiritual y de su
enseñanza es la palabra de Dios, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.
Ella misma lo confiesa, especialmente poniendo de relieve su amor apasionado al
Evangelio (cf. Ms A 83 v). En sus escritos se cuentan más de mil citas bíblicas: más
de cuatrocientas del Antiguo Testamento y más de seiscientas del Nuevo.
7.- El contacto con sus escritos lleva
a un amor efectivo y
afectivo a la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Es en el Corazón de la
Iglesia bebiendo de la fuente sacramental donde ella nos sitúa para cogidos de
su mano vivir la “vocación al amor”.
8.- En ella confluyen circunstancias que
hacen más significativo su doctorado. Como mujer hace resplandecer el genio femenino en la
lectura vital y sapiencial del evangelio. Como contemplativa pone de relieve para nuestros días
el primado de Dios sobre todas las cosas y la belleza de la vida consagrada a
Cristo como esposo de la Iglesia.
9.- Como joven se presenta como
maestra de vida evangélica, particularmente eficaz a la hora de iluminar las sendas de los jóvenes, a
los que corresponde ser protagonistas y testigos del Evangelio entre las nuevas
generaciones.
10.- Como “misionera en el claustro” no deja de atraer a
hombres de todas las razas y naciones al Evangelio. Sus cartas a sus dos “hijos
espirituales” misioneros, el P. Roulland y el Abate Bellière eran un anuncio de
su vocación misionera ejercida hoy desde el cielo, desde donde no deja de proclamar
a tiempo y a destiempo su deseo de “amar
y hacer amar a Jesús”.
Poco antes de morir Teresa profetizó
que “pasaría su cielo haciendo bien en la tierra”. Hoy, 125 años después de su muerte, como
maestra y Doctora Universal sigue enseñando por todos los confines del orbe el
caminito del abandono, la humildad y el amor, a los pobres y sencillos de
corazón.
José María
Alsina
Fuente: ReL
