«La oración
tiene el poder de abrir un horizonte grande a la mente y de agrandar el
corazón. Jesús siempre está más allá, con el Padre y más allá, en otros
pueblos, otros horizontes»
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| Andrea Privitali. Dominio público |
«Jesús recurre constantemente a la fuerza de la oración. Los Evangelios nos
lo muestran cuando se retira a lugares apartados a rezar. Se trata de
observaciones sobrias y discretas, que dejan solo imaginar esos diálogos
orantes.
Estos testimonian claramente que, también en los momentos de mayor
dedicación a los pobres y a los enfermos, Jesús no descuidaba nunca su diálogo
íntimo con el Padre. Cuanto más inmerso estaba en las necesidades de la gente,
más sentía la necesidad de reposar en la Comunión trinitaria, de volver con el
Padre y el Espíritu.
En la vida de Jesús hay, por tanto, un secreto, escondido a los ojos humanos,
que representa el núcleo de todo. La oración de Jesús es una realidad
misteriosa, de la que intuimos solo algo, pero que permite leer en la justa
perspectiva toda su misión. En esas horas solitarias - antes del alba o en la
noche-, Jesús se sumerge en su intimidad con el Padre, es decir en el Amor del
que toda alma tiene sed. Es lo que emerge desde los primeros días de su
ministerio público».
Un sábado, por ejemplo,
después del atardecer llevan a Jesús a todos los enfermos, y Él les sana. Pero,
antes del alba, Jesús desaparece: se retira a un lugar solitario y reza. Simón
y los otros le buscan y cuando le encuentran, le dicen: «¡Todos te buscan!».
¿Qué responde Jesús?: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que
también allí predique; pues para eso he salido» (cfr Mc 1, 35-38). Jesús
siempre está más allá, más allá en la oración con el Padre y más allá, en otros
pueblos, otros horizontes para ir a predicar, otros pueblos.
La oración es el timón que guía la ruta de Jesús.
Las etapas de su misión no
son dictadas por los éxitos, ni el consenso, ni esa frase seductora «todos te
buscan». La vía menos cómoda es la que traza el camino de Jesús, pero que
obedece a la inspiración del Padre, que Jesús escucha y acoge en su oración
solitaria.
«Ante todo posee una primacía: es el primer deseo del día,
algo que se practica al alba, antes de que el mundo se despierte. Restituye un
alma a lo que de otra manera se quedaría sin aliento. Un día vivido sin oración
corre el riesgo de transformarse en una experiencia molesta, o aburrida: todo
lo que nos sucede podría convertirse para nosotros en un destino mal soportado
y ciego. Jesús, sin embargo, educa en la obediencia a la realidad y, por tanto,
a la escucha.
La oración es sobre todo escucha y encuentro con Dios.
Los
problemas de todos los días, entonces, no se convierten en obstáculos, sino en
llamamientos de Dios mismo a escuchar y encontrar a quien está de frente. Las
pruebas de la vida cambian así en ocasiones para crecer en la fe y en la
caridad. El camino cotidiano, incluidas las fatigas, adquiere la perspectiva de
una «vocación». La oración tiene el poder de transformar en bien lo que en la
vida de otro modo sería una condena; la oración tiene el poder de abrir un
horizonte grande a la mente y de agrandar el corazón».
«La oración es un arte para practicar con
insistencia.
Jesús mismo nos dice: llamad, llamad, llamad. Todos somos capaces
de oraciones episódicas, que nacen de la emoción de un momento; pero Jesús nos
educa en otro tipo de oración: la que conoce una disciplina, un ejercicio y se
asume dentro de una regla de vida. Una oración perseverante produce una
transformación progresiva, hace fuertes en los períodos de tribulación, dona la
gracia de ser sostenidos por Aquel que nos ama y nos protege siempre».
Otra característica de la
oración de Jesús es la soledad.
Quien reza no se evade del mundo, sino que
prefiere los lugares desiertos. Allí, en el silencio, pueden emerger muchas
voces que escondemos en la intimidad: los deseos más reprimidos, las verdades
que persistimos en sofocar, etc. Y sobre todo, en el silencio habla Dios. Toda
persona necesita de un espacio para sí misma, donde cultivar la propia vida
interior, donde las acciones encuentran un sentido. Sin vida interior nos
convertimos en superficiales, inquietos, ansiosos - ¡qué mal nos hace la
ansiedad! Por esto tenemos que ir a la oración; sin vida interior huimos de la
realidad, y también huimos de nosotros mismos, somos hombres y mujeres siempre
en fuga.
Finalmente, la oración de Jesús es el lugar donde se percibe que todo viene de
Dios y a Él vuelve.
A veces nosotros los seres humanos nos creemos dueños de
todo, o al contrario perdemos toda estima por nosotros mismos, vamos de un lado
para otro. La oración nos ayuda a encontrar la dimensión adecuada, en la
relación con Dios, nuestro Padre, y con toda la creación. Y la oración de Jesús
finalmente es abandonarse en las manos del Padre, como Jesús en el huerto de
los olivos, en esa angustia: «Padre si es posible…, pero que se haga tu
voluntad». El abandono en las manos del Padre.
Es bonito cuando nosotros
estamos inquietos, un poco preocupados y el Espíritu Santo nos transforma desde
dentro y nos lleva a este abandono en las manos del Padre: 'Padre, que se haga
tu voluntad'”.
Papa Francisco. Audiencia General. Biblioteca del Palacio Apostólico.
Miércoles, 4 de noviembre de 2020
Fuente: El Debate