Sor Raquel, joven monja agustina contemplativa, cuenta cómo pasó de convertirse en la chica llamativa de las fiestas a experimentar un enorme vacío interior, que solo pudo llenar al descubrir la Iglesia, y con ella a Dios y María. Esta es la historia de una vocación
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| Kozachenko_Ivan - Shutterstock |
Era la chica
vistosa ante la que los chicos se voltean en las fiestas y que envidian
las chicas por su simpatía. Hoy, sor Raquel ha consagrado su vida a Dios en el
Monasterio de Agustinas Contemplativas de Santa Ana en San Mateu,
Castellón.
Sor Raquel ha
querido compartir su testimonio que, como ella misma confirma, podría sonar
«surrealista, si miramos la sociedad actual y la vida que hasta mi entrada en
el convento he llevado».
Comienza
diciendo que, «quien no me conoce, puede pensar que soy una beata, una santita…
¡Ojalá! Pero quien me conoce un poquito sabe de sobra que no es así».
Curiosamente,
había sido una niña muy introvertida, «pensando que era el patito feo, poco
estudiosa, gordita, con granitos… ¡Vamos, poco vistosa! Y esto creó en mi niñez
una gran sensación de vacío afectivo».
Todo fachada
De este modo,
al crecer, como les sucede a muchas chicas, empezó «a ser ‘más vistosita’, creí
entender que esto era lo importante: llamar la atención, ser sociable,
simpática, amable… ¡Todo fachada!».
Con la
distancia, reconoce: «caí en el peligro de preocuparme tanto de lo de fuera que
descuidé lo de dentro: todos los dones que Dios me había regalado los estaba
aprovechando para llenar mi yo afectivo, en lugar de compartirlos con los
hermanos. ¡Cuán ignorante fui!».
Como el pavo
real
Al llegar a la
adolescencia, nos sigue contando, «me comporté como un pavo real: presumiendo
de mis plumas. Pero, como al susodicho, cuando está bien hinchado, resulta que
le despellejan, le cortan a trocitos, le guisan y sirve de alimento a unos
comensales, esto mismo hice yo conmigo».
Sin embargo,
sor Raquel reconoce que «hay algo que ningún mortal puede matar y es la
conciencia; esta gritaba en mi interior día y noche, sabía que la belleza
exterior, el dinero, la fiesta, el trabajo, los amigos de juergas, todo esto
pasa, llevándose cada cual un trozo de mí; y llega un momento que te paras,
miras a tu alrededor y ves que no te queda nada».
La familia,
buenos amigos y…
En medio de
este vacío interior, sor Raquel reconoce: «tuve la gran suerte de seguir
teniendo una familia a mi lado, aunque muchas veces no lo merecía; de tener
amigos de verdad y gente que me quería bien».
«Y, sobre todo
–añade–, pude contar con el apoyo de la Madre Iglesia, sí, esa que miramos tan
mal y hemos injuriado tanto. Ella es la que me ayudó a reconstruir mi interior,
a poner valores en mi vida y entender que la culpa de lo que a mí me pasaba no
la tenían los demás, eran mis elecciones las que me han llevado a momentos
desesperanzadores en los que todo me daba igual, vivir que morir ¿qué
importaba?».
«Fue la Iglesia
la que dio sentido a mi vida por medio de Dios y ha sido la Virgen la que ha
llevado mi vocación en todo momento –reconoce sor Raquel–. Si por mí fuera,
seguiría malviviendo por ahí, vendiéndome a cualquier precio por un poco de
cariño y matándome a trabajar por un poquito más de dinero con el que solo
compraba los lujos para el cuerpo, destruyendo el alma».
«Si por mí
fuera, seguiría malviviendo por ahí, vendiéndome a cualquier precio por un poco
de cariño y matándome a trabajar por un poquito más de dinero con el que solo
compraba los lujos para el cuerpo, destruyendo el alma».
La lección de
vida de sor Raquel es clara: «Es del alma de quien nos debemos preocupar, pues
ya se encargará el que vive dentro de tener la fachada arreglada».
Dos accidentes
de coche… y muchas dudas
En particular,
esta lección la religiosa la aprendió cuando experimentó acontecimientos en que
los que se halló entre la vida y la muerte: «lo que me ocurrió con mis dos
accidentes de coche en poco tiempo».
«Te planteas
preguntas existenciales: ¿qué hay detrás de la muerte?… ¿En qué estoy gastando
la vida?… En el único sitio donde encontré respuesta convincente a estos
enigmas fue en la Iglesia».
La monja agustina
aclara que «no se trata de creerlo o no: se apoya en la evidencia de que la
vida avanza, bien hacia donde yo y mi destino quiere (pues no solo depende de
mí) o bien la pongo en manos de Dios y me fío de lo que él dispone».
La llamada de
un Padre
«Esto a primera
vista parece más loco», asegura sor Raquel, pero confirma «que da más plenitud
y seguridad responder a Su llamada. Nunca te obliga a nada y si te dejas guiar…
¿dónde te va a llevar tu Padre, que te quiere, te conoce, es creador y poseedor
del mundo entero?».
«Por supuesto,
al sitio más adecuado para ti, en el que llegues a ser más feliz».
Y sor Raquel
concluye su testimonio: «¡Es lo que hoy por hoy, con satisfacción, estoy
experimentando y os comparto!».
Ahora comparte
su consagración a Dios con otras hermanas de monasterio, a las que entonces no
conocía y que hoy experimenta como hermanas.
Una comunidad
consagrada a Dios
Uno de los
rasgos específicos de su carisma agustino, es una gran riqueza: cada hermana
aporta sus dones, talento, personalidad. Las ancianas son estímulo, sabiduría y
experiencia; las hermanas más jóvenes traen un sentido fresco de celo y
energía; mientras que las hermanas más experimentadas traen el ejemplo de
perseverancia y fidelidad.
Cada día,
buscan a Dios, por Cristo, bajo la guía del Espíritu Santo, a través de la
oración litúrgica – que la madre Iglesia les ha confiado-, a través de la
meditación de la Palabra de Dios y la vida interior que alimentan con el
silencio y el recogimiento propios de nuestra vida monástica.
También tienen
una serie de trabajos comunes para el sustento material de la comunidad, el
principal de ellos la elaboración de pastas, que venden en una pequeña tienda
en el mismo convento, también plancha y almidonado de ropas.
Todo este
trabajo lo realizan en silencio, para mantener el clima de oración que les
permita escuchar al Maestro interior, Cristo, en su corazón. Oración, trabajo y
estudio forman, a grandes rasgos, el entramado de la vida diaria de sor Raquel.
Matilde Latorre
Fuente: Aleteia
