Muy pocas veces en la historia de la Iglesia un padre y una hija han hecho juntos el camino hacia la santidad. Eso es justo lo que está pasando con Conchita y su padre Francisco
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| Dominio público |
Conchita será una flor
que el Señor trasplantará, en plena juventud, al Cielo. Desde la infancia Conchita manifestó
salud precaria debido a una enterocolitis muy aguda y por ello sus padres
decidieron no dejarla asistir a ninguna escuela de la ciudad, convirtiéndose
en sus educadores.
La vida de Conchita
Barrecheguren
A muy temprana edad sintió la
llamada a la vida religiosa, deseando convertirse en carmelita, pero no pudo
debido a la enfermedad y murió en Granada el 13 de mayo de 1927,
a la edad de 22 años. Pese a ello, fue tiempo más que suficiente, para hacerse
y construirse como mujer - como mujer cristiana -, y para desarrollar sus
cualidades. Supo utilizar su tiempo y vivirlo intensamente.
A la dureza de la enfermedad, se añade la
dificultad del tratamiento. La
tuberculosis era poco conocida para la medicina de entonces. El
desarrollo de la enfermedad de Conchita, y de los sufrimientos que la
acompañan, provocaban la admiración de quienes la conocieron.
Un asombro que surge no tanto de contemplar el dolor mismo, sino del modo en que Conchita, sabe sacar fuerzas de flaqueza, para hacerle frente. Ahí se hizo constatable la maravilla de su calidad humana y de la seguridad de su fe. La fe de Conchita supo descubrir que los planes de Dios no eran los suyos, que tenía que aceptar que su vida, y su modo de seguir a Jesucristo y de estar en la Iglesia, era el laical. Un estado no inferior al religioso o clerical. Al contrario, el estado común de los bautizados y el mismo que vivió el Señor Jesús.
El testimonio actual de
Conchita
La sencillez de Conchita y su
ser cristiana del montón, es un testimonio actual. Ella aparece como una
parábola de Evangelio, para quien quiera intuir otras posibilidades de vida y
felicidad. Su fe inquebrantable y su fidelidad, no dejan de sorprender.
Lo extraordinario de Conchita era su vida
ordinaria y común; pero, además, hay dos cosas específicamente singulares en
ella y que le hicieron llamar la atención de quienes la conocieron: su modo de aceptar y afrontar la cruz y su
alejamiento del mundo y de todo lo que pudiera distraerla de su proceso de
crecimiento espiritual. Eso, ciertamente, no pasó
desapercibido.
Fuente: ECCLESIA
