El odio de los grandes no perdona a los pequeños
| Irpin (Ucrania). Un niño llora en los brazos de su padre soldado que se va (REUTERS) |
El bombardeo ruso
de un hospital infantil en Ucrania muestra la atrocidad de todas las guerras.
Los niños siguen sufriendo y muriendo en muchas partes del mundo, como Siria,
Yemen, Etiopía, Malí y otros lugares. Herodes siempre está vivo y mata sin
piedad.
Las guerras
golpean a todos, pero las víctimas principales son siempre los niños. El
bombardeo del hospital pediátrico de Mariupol es uno de los tantos ejemplos de
la inhumanidad de la guerra. La consternada inocencia de los ojos de los pequeños
frente al misterio del mal conocido demasiado temprano revela toda la atrocidad
de los conflictos. La maldad de los adultos no perdona a los niños. La Biblia
nos muestra hasta dónde puede llegar el odio de los adultos contra el enemigo:
"Dichoso el que agarra a tus pequeños y los estrella contra la
piedra" (Salmo 137).
Los niños son
todos iguales, en Ucrania como en Etiopía, en Siria como en Yemen o en
Afganistán, en Mali, en Myanmar y como en todas las guerras de la historia.
Continúan muriendo, escapando, siendo usados y explotados en mil maneras. El
pequeño Alan Kurdi, encontrado en una playa turca al escapar del conflicto
sirio, en el silencio ensordecedor sigue gritando a la humanidad: “¡Basta de
guerras! ¡Dejen vivir a los niños!”.
Herodes está
siempre vivo y va por el mundo ejecutando nuevas matanzas de inocentes: “Se oyó
un grito en Ramá, un gran llanto y lamentos; Raquel llora a sus hijos y no
quiere ser consolada, porque ya no están" (Mt 2,18).
En Irpin, cerca
de Kiev, un niño de unos dos años llora a mares en brazos de su padre, un
soldado que se marcha. Con sus pequeños puños golpea el casco de su padre, que
tiene que dejarlo. No sabe qué es la guerra ni por qué existe, es demasiado
joven, pero no quiere que le consuelen porque su padre se va.
Los niños en
las guerras dibujan bombas y misiles. Ante tanta crueldad, la fe flaquea. Sólo
el amor puede curar los traumas y el odio y hacernos rezar de nuevo con la
inocencia de los niños: "Estoy tranquilo y sereno como un niño destetado
en los brazos de su madre, como un niño destetado está mi alma". (Salmo
131).
Sergio
Centofanti
Vatican News