La Iglesia comenzó a formarse caminando con Jesús. La llamada de los primeros discípulos formó una comunidad en camino que invitaba a la gente a entrar en lo que más tarde se llamaría «Iglesia».
| Cartel del Día del Seminario |
Lo «sinodal» no es un
invento actual; es consubstancial a la Iglesia. Después de Pentecostés, los
apóstoles y sus colaboradores se dirigieron a todos los pueblos para que Cristo
fuera reconocido como Salvador del hombre. Que la Iglesia formara comunidades
estables, presididas por los apóstoles y sus sucesores, los obispos, no quiere
decir que haya dejado de caminar por el mundo como hizo al inicio de su
existencia.
Al servicio de esta Iglesia en camino están los sacerdotes,
necesarios colaboradores de los obispos, que participan con ellos de la
autoridad de Cristo y de la preocupación por todas las Iglesias. El Día del
Seminario es una ocasión propicia para rogar al dueño de la mies que mande
operarios a su mies. El sacerdote es pastor del pueblo de Dios que le acompaña,
como dice el Papa Francisco, yendo a la cabeza, en el medio y también a la cola
alentando a los que se retrasan en la peregrinación.
Es un hombre, con todas las
características buenas y malas de los hombres, llamado a ejercer la misión de
Cristo Pastor en su pueblo. Dicho así, surge la pregunta inevitable: ¿Se puede
representar a Cristo? ¿Se puede salvar la distancia entre la santidad de Cristo
y la pobreza radical del hombre llamado a representarlo? Se puede, sí. De otra
manera, Jesús no hubiera llamado a Pedro y al resto de los apóstoles que, como
sabemos, eran hombres débiles. Tampoco habría llamado a pecadores públicos
como, por ejemplo, san Mateo, san Pablo, san Agustín y santo Tomás Becket para
ostentar su autoridad. Jesús elige a quien quiere y en la condición concreta de
su vida, y la historia muestra que Dios puede transformar a un pecador en santo.
La libertad con que Cristo llama es propia de un amor que no
discrimina en razón de las virtudes que tenga o no la persona concreta. Es
obvio que, al acoger la llamada, la persona recibe la gracia de poder cumplir
con el encargo que recibirá en su día; de lo contrario, Dios pondría al hombre
en condiciones imposibles de responder al llamamiento. Para cualquier vocación,
Dios da la gracia.
La misión sacerdotal se realiza de muy diferentes maneras, porque Dios, al llamar, no anula las habilidades y capacidades de cada uno. Hay sacerdotes dedicados al estudio y a la enseñanza, a las misiones, a la pastoral sanitaria y penitenciaria. Los hay que son capellanes de instituciones religiosas. Si variado es el pueblo de Dios en sus formas de vida, variada es la misión sacerdotal que debe atender a los fieles en el lugar donde se desenvuelve su existencia.
Una cosa unifica a todos: son ministros de Cristo y
de la Iglesia, servidores del Pueblo de Dios. Esto quiere decir que sin una
radical comunión con Cristo y con la Iglesia, el sacerdote no podrá cumplir su
ministerio. Sin oración, sin cuidado de la vida espiritual, sin verdadera amistad
sacerdotal, sin formación permanente, el sacerdote estará expuesto a muchas
dificultades para ser fiel a la misión de Cristo. También para él vale lo que
Jesús dijo para todos: sin mí no podéis hacer nada. Dicho con palabras de san
Pablo, la gracia de Dios y su fuerza se manifiesta en nuestra debilidad.
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia