Tu cónyuge conoce mejor que nadie de qué manera puedes mejorar, ¡quizás incluso lo sepa mejor que tú!
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| VGstockstudio/Shutterstock |
“Cariño, las bicis de los niños están fuera en el patio otra vez…
¡y viene una tormenta!”, me dijo mi marido. Yo intenté no poner los ojos en
blanco mientras enviaba a los niños a recoger las bicicletas y meterlas en el
garaje. Es cierto que tengo el mal hábito de permitir que los niños dejen sus
bicicletas en el patio, y eso pone de los nervios a mi marido.
¿Tienes este tipo de pequeños
desacuerdos en tu matrimonio también? Creo que la
mayoría de nosotros los tenemos. Cuando se está casado y se convive en un
espacio tan reducido con otra persona, las diferencias más diminutas parecen
magnificarse.
No me refiero únicamente a que los desacuerdos maritales son una
oportunidad para practicar la paciencia y demás, aunque sin duda es así. No, lo que
propongo es que esas ocasiones de disentimiento pueden desbloquear un camino
hacia el crecimiento espiritual.
Presta atención.
Nadie en el mundo te conoce mejor que tu cónyuge. Nadie tiene un
asiento en primera fila mejor que el suyo para ver tus virtudes y tus vicios. Eso significa
que tu esposo o esposa entiende mejor que nadie, quizás incluso mejor que tú
mismo o misma, en qué aspectos podrías mejorar.
Si prestas atención a las cosas sobre las que se queja tu cónyuge,
quizás empieces a ver que forman parte de un panorama más amplio. Esas pequeñas
discrepancias podrían revelar tu tentación hacia la pereza o la ira o el
orgullo. Si
se consideran juntas, todas esas cositas que haces y que fastidian a tu cónyuge
pueden ser una especie de mapa que te guíe hacia ser mejor.
Intentar mejorar en esas cosas no es solo una forma de conquistar
tus vicios, sino también de mostrar amor hacia tu cónyuge y tu familia. Merece
la pena prestar atención y reflexionar sobre estos desacuerdos maritales cuando
surgen. (Por supuesto, nada de esto se aplica en casos de abuso,
sino en matrimonios felices y sanos donde ambos cónyuges son, como es natural,
imperfectos).
La próxima vez que tu cónyuge se queje sobre algo que has hecho,
intenta abordar la situación de una manera distinta. En vez de
ignorar el comentario o responder con irritación por recibir críticas, escucha
atentamente las palabras de tu cónyuge. ¿Se trata de un
aspecto en el que te convendría mejorar?
Quizás no te parezca algo demasiado importante. ¿Por qué
molestarte en hacer un cambio tan minúsculo e irrelevante? Sin embargo,
está claro que es importante para tu cónyuge, lo bastante importante como para
que te lo haya mencionado. Esto, por sí solo, ya es una
razón para intentar cambiar a mejor, únicamente por amor a tu cónyuge, aunque
te parezca una queja insignificante.
A veces podría parecer que hay pocas
oportunidades para crecer en santidad como persona casada en este mundo. Miramos a
santos como Madre Teresa o el padre Damián
de Molokai, que se adentraron en situaciones arriesgadas para ayudar
a las personas más vulnerables. Podría parecer que nuestras vidas sencillas y
cómodas no tienen ni de lejos el mismo potencial de crecimiento espiritual.
Por eso exactamente esta perspectiva de escuchar y de aprender de
tu cónyuge es tan importante. Es una forma integrada de crecer en
santidad, justo donde Dios nos ha plantado en medio del mundo. Tu
cónyuge te conoce muy bien y, en la mayoría de los casos, sus preocupaciones
sobre tus acciones son válidas y merecen respeto.
Así que, la próxima vez que tu cónyuge se queje porque, un
poner, dejaste las bicis de los niños tiradas en el patio a cielo descubierto, toma nota de
que podría tratarse de un aspecto donde mejorar y proponte hacerlo mejor en
adelante. Merece la pena intentarlo, ¿verdad?
Theresa Civantos Barber
Fuente: Aleteia
