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| Dominio público |
La forma de vivir de cada
persona no es irrelevante. La muerte no es una esponja que simplemente borra
todo el mal hecho y el pecado cometido.
¿Cuántos en la muerte, están
purificados de tal forma que pueden entrar directamente en la santidad de
Dios? La gracia
salvadora de Dios no prescinde de la justicia.
Cuando una persona muere, su
opción de vida se vuelve definitiva.
Pueden existir personas que
llevaron una vida purísima, muriendo en gracia y en amistad con Dios, estando
totalmente purificadas. La Iglesia enseña que estas personas van inmediatamente
al Cielo.
En el extremo opuesto, pueden
existir otros que habiendo cometido faltas muy graves, sin haberse arrepentido
ni acogido el amor misericordioso de Dios. Estos pasarían al estado de
autoexclusión definitiva de la comunión con Dios, llamada infierno.
Observando ambas situaciones,
se podría intuir que ninguna de las dos es lo más común. El corazón del hombre
vive constantemente en una lucha ante sus limitaciones y negaciones para acoger
el amor de Dios de forma plena.
En su carta Spe Salvi, el Papa
Benedicto XVI reconoce que en la mayoría de los hombres “queda en lo más profundo de su ser una
última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios”.
“Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha
empañado con nuevos compromisos
con el mal;
hay mucha suciedad
que recubre la pureza,
de la que, sin embargo, queda la sed” (n. 45).
2. Incluso aquellos que buscan
vivir su vida en amistad con Dios no están totalmente exentos de presentar
inclinaciones desordenadas, fallos en su constitución humana, o sea,
características incompatibles con la santidad de Dios.
Cuántas veces lo que llamamos
virtud no es más que un culto al propio “yo”; cuántas veces la prudencia no es
sino una forma de cobardía; la virilidad, arrogancia; la parsimonia, avaricia;
y la caridad, una forma de derroche (Schamus, “Katholische Dogmatik” IV 2).
Cuántas veces en nuestros
corazones no hay sino egoísmo, orgullo, vanidad, negligencia, infidelidad…
Entonces pregunta Benedicto
XVI: “¿Qué sucede con estas
personas cuando comparecen ante el Juez? Toda la suciedad que ha acumulado en su
vida, ¿se hará de repente irrelevante?” (n. 44)
El Papa tiene aquí en mente la
cuestión de la justicia.
La gracia de Dios –su socorro gratuito–, que salva al hombre, no excluye la
justicia.
La gracia no es una esponja que
borra todo lo que se hizo mal en el mundo, de modo que al final, todo tenga el
mismo valor (n. 44).
La compenetración entre la
gracia y la justicia enseña que “nuestra forma de vivir no es irrelevante”, o
sea, que el mal que
cometemos y el pecado de los hombres no es simplemente olvidado.
La enseñanza católica considera
que el ser humano, en la muerte, aún tiene una ocasión para purificarse y
llegar al grado de santidad necesario para entrar en el Cielo.
El purgatorio es exactamente
este estado en que las almas de los difuntos se purifican. No es una cámara de tortura y
no debe causar miedo.
El purgatorio es una última
oportunidad para la persona de hacerse plena y evolucionar hasta las últimas
posibilidades de su ser.
El mal del mundo y de nuestros
corazones no queda simplemente olvidado con la muerte. Dios no es solo gracia,
sino que es también justicia.
Y toda persona, estando dotada
de libertad,
es al final responsable de
sus decisiones y actitudes.
3. Siendo así, quienes mueren
en gracia y en amistad con Dios, pero no están completamente purificados,
tienen la oportunidad de pasar por esa purificación después de la muerte.
La enseñanza católica considera
que el destino del ser humano en la muerte no alcanza un punto final estático
de la evolución.
O sea, es posible
realizar un camino de
perfección – de conversión y de purificación – después de la muerte.
Se trata de la última conversión de la persona. Ante Dios, en la muerte, cada uno debe rendirse, de forma radical, de todo orgullo y egoísmo, entregándose incondicionalmente al Señor, depositando en él toda la esperanza. Debe abandonar todo lo que imposibilita amar a Dios con todo el corazón.
A este último acto de la
evolución humana, esta conversión postrera y purificación para entrar en la
comunión con Dios, la Iglesia lo llama purgatorio.
“Es exactamente en la muerte y con ocasión del encuentro con
Dios cuando cada persona experimentará, con intensidad nunca antes conocida, el
significado de su vida vivida. Y dependiendo de lo que haya hecho durante esta
vida, dependiendo también de lo que haya hecho a otras personas y en las
situaciones históricas y estructurales concretas, su unión con Dios también
conllevará una purificación experimentada de manera más o menos dolorosa”,
afirma el teólogo Renold Blank en el libro Escatologia da Pessoa.
Esta purificación es una última
oportunidad dada al hombre de cumplimiento del plan de Dios, de que seamos “conformes a la imagen de su Hijo, para que
él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).
Así, el purgatorio no debe
verse como una cámara de tortura cósmica ni debe causar miedo. El purgatorio es
en realidad “un nuevo y reiterado acto de salvación de Dios, para que el hombre
pueda salvarse” (Blank).
La oferta de Dios con el
purgatorio se configura entonces como la etapa en la que la persona se
vuelve plena,
evoluciona hasta las últimas posibilidades de su ser, alcanza la plena
realización de todas sus capacidades, pudiendo así entrar en el Cielo y en la
santidad de Dios.
5. La imagen del fuego,
asociada al purgatorio, puede interpretarse como el propio Cristo, que viene a
salvarnos. En el encuentro con Él, toda falsedad se viene abajo y su mirada nos
cura como a través del fuego.
Sobre la imagen del purgatorio
asociada al fuego, Benedicto XVI señala que “algunos
teólogos recientes son del parecer de que el fuego que simultáneamente quema y
salva es el propio Cristo, el Juez y Salvador” (Spe Salvi, n. 47).
Ante la mirada de Cristo, toda
falsedad cae. “Es el encuentro con él que, quemándonos, nos transforma y libera
para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos”.
En ese momento, las cosas
edificadas durante la vida se pueden revelar paja seca y desmoronarse. Sin
embargo, «el dolor de este
encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se hace evidente, es
la salvación«.
La mirada de Cristo, el toque
de su corazón, “nos cura a través
de una transformación ciertamente dolorosa ‘como por el fuego’. Con todo,
es un
dolor feliz, en el que el poder santo de su amor nos penetra como llama”.
Benedicto XVI explica también
que el pecado del hombre ya fue quemado en la Pasión de Cristo. Y en el momento
del Juicio,
“experimentamos y acogemos este
prevalecer de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros”.
La doctrina del purgatorio
remite a ciertos pasajes de la Escritura, la tradición de la Iglesia y la
práctica de la oración por los difuntos.
El término purgatorio designa
una noción teológica elaborada a partir de la Edad Media en Occidente. Nombra
el estado en que se encuentran las almas de los difuntos que están en un estado
provisional, pues no están aptas para entrar inmediatamente en la visión de
Dios.
6. El pensamiento católico
señala el dogma del purgatorio como consecuencia lógica de la doctrina bíblica
según la cual Dios exige del hombre la expiación personal por las faltas
cometidas.
Del Antiguo Testamento, se considera el pasaje más significativo para ilustrar esa idea 2 Mac 12, 39-46, en que Judas Macabeo “mandó que se celebrase por los muertos un sacrificio expiatorio, para que fuesen absueltos de su pecado”. Ya Pablo, en 1 Cor 3, 10-15, habla de una salvación “como a través del fuego”.
Hasta el siglo IV, la fe en el
purgatorio es atestiguada por los sufragios que
los cristianos hacían por sus difuntos,
o sea, las oraciones por las almas que aún no habían entrado en el Cielo y
podrían ser ayudadas en eso por los fieles vivos.
San Agustín y otros grandes
teólogos de los inicios de la Iglesia señalan la existencia de penas
expiatorias después de la muerte.
Ante un creciente interés por
el tema del purgatorio en la Edad Media, el Magisterio de la Iglesia pasó a
estructurar esta doctrina.
El Concilio de Lyon (1274)
habla de “penas purgatorias”. El Concilio de Florencia (1438) también señala
una purificación después de la muerte por “penas purgatorias”.
Pero fue el Concilio de Trento
(1547) el que registró expresamente la doctrina, afirmando que el pecado
acarrea una pena que debe ser expiada “en este mundo o en el otro, en el
purgatorio”.
Se trata por tanto de una doctrina católica,
que no fue acogida ni por las Iglesias de Oriente ni por los protestantes.
La enseñanza más reciente de la
Iglesia católica reafirma la doctrina del purgatorio. El Catecismo de la
Iglesia Católica (1992) señala su fundamentación en las Escrituras, en los
concilios y en la práctica de la oración por los difuntos.
