¿Cómo podemos despertar del sueño de la indiferencia y de la mediocridad?
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| 29-11-2020 Celebración eucarística con los nuevos cardenales |
“Ven, Señor Jesús, te necesitamos. Acércate a
nosotros. Tú eres la luz: despiértanos del sueño de la mediocridad,
despiértanos de la oscuridad de la indiferencia. Ven, Señor Jesús, haz que
nuestros corazones distraídos estén vigilantes: haznos sentir el deseo de rezar
y la necesidad de amar”, es la invocación del Papa Francisco en su homilía en
la Santa Misa con los nuevos Cardenales, celebrada en el Altar de la Cátedra de
la Basílica de San Pedro, este 29 de noviembre, I Domingo de Adviento.
Adviento, tiempo para hacer memoria de la cercanía de
Dios
El Papa
Francisco comentando la primera palabra, cercanía, dijo que “el Adviento es el
tiempo para hacer memoria de la cercanía de Dios, que ha descendido hasta
nosotros”. Por ello, el primer paso de la fe es decirle al Señor que lo
necesitamos, necesitamos su cercanía. «Es también el primer mensaje del
Adviento y del Año Litúrgico, reconocer que Dios está cerca, y decirle:
“¡Acércate más!”. Él quiere acercarse a nosotros, pero se ofrece, no se
impone». El Adviento nos recuerda que Jesús vino a nosotros y volverá al final
de los tiempos, pero nos preguntamos: ¿De qué sirven estas venidas si no viene
hoy a nuestra vida? Invitémoslo. Hagamos nuestra la invocación propia del
Adviento: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20).
“Ven, Señor Jesús, esta invocación podemos decirla al
principio de cada día y repetirla a menudo, antes de las reuniones, del estudio,
del trabajo y de las decisiones que debemos tomar, en los momentos importantes
y en los difíciles: Ven, Señor Jesús”
No corramos el riesgo de perder lo esencial
De este
modo, señala el Santo Padre, invocando su cercanía, ejercitaremos nuestra vigilancia.
Es importante estar vigilantes, porque un error de la vida es el perderse en
mil cosas y no percatarse de Dios. Y citando a San Agustín, que dice: «Timeo
Iesum transeuntem» (Sermones, 88,14,13), “Tengo miedo de que Jesús
pase y no me dé cuenta”, el Pontífice nos advierte que, atraídos por nuestros
intereses y distraídos por tantas vanidades, corremos el riesgo de perder lo
esencial. Por eso hoy el Señor repite «a todos: ¡estén vigilantes!».
Estar vigilantes es no dejarse llevar por el desánimo
En este
sentido, el Papa Francisco exhorta a que debemos vigilar, esto quiere decir que
es de noche. Sí, ahora no vivimos en el día, sino en la espera del día, en
medio de la oscuridad y los trabajos. Llegará el día cuando estemos con el
Señor. Vendrá, no nos desanimemos. Pasará la noche, aparecerá el Señor; Él, que
murió en la cruz por nosotros, nos juzgará. Estar vigilantes es esperar esto,
es no dejarse llevar por el desánimo, es vivir en la esperanza. Así como antes
de nacer nos esperaban quienes nos amaban, ahora nos espera el Amor mismo. Y si
nos esperan en el Cielo, ¿por qué vivir con pretensiones terrenales? ¿Por qué
agobiarse por alcanzar un poco de dinero, fama, éxito, todas cosas efímeras?
¿Por qué perder el tiempo quejándose de la noche mientras nos espera la luz del
día? ¿Por qué buscar un poco de... (¿padrinos?) para hacer (tener) un
ascenso y subir y promocionarnos en la carrera? Todo pasa. Observa, dice el
Señor.
Hay un sueño peligroso: la mediocridad
Por ello, el
Pontífice invita a mantenerse despiertos, sin embargo, es difícil. Por la noche
es natural dormir. No lo lograron los discípulos de Jesús, a quienes Él les
había pedido que velaran “al atardecer, a medianoche, al canto del gallo, de
madrugada”. Y precisamente a esas horas no estuvieron vigilantes. Al
atardecer, en la última cena, traicionaron a Jesús; por la noche se durmieron;
al canto del gallo lo negaron; de madrugada dejaron que lo condenaran a muerte.
Pero sobre nosotros puede caer el mismo sopor. Hay un sueño peligroso: el sueño
de la mediocridad. Llega cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos
adelante por inercia, preocupándonos sólo por tener una vida tranquila. Pero
sin impulsos de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres,
tibios, mundanos. Y esto carcome la fe, porque la fe es lo opuesto a la
mediocridad: es el ardiente deseo de Dios, es la valentía perseverante para
convertirse, es valor para amar, es salir siempre adelante.
“La fe no es agua que apaga, sino fuego que arde; no
es un calmante para los que están estresados, sino una historia de amor para
los que están enamorados. Por eso Jesús odia la tibieza más que cualquier otra
cosa”
¿Cómo podemos despertarnos del sueño de la
mediocridad?
El Obispo de
Roma afirma que, podemos despertar del sueño de la mediocridad con la
vigilancia de la oración. “Rezar es encender una luz en la noche. La oración
nos despierta de la tibieza de una vida horizontal, eleva nuestra mirada hacia
lo alto, nos sintoniza con el Señor. La oración permite que Dios esté cerca de
nosotros; por eso, nos libra de la soledad y nos da esperanza”. La oración
oxigena la vida: así como no se puede vivir sin respirar, tampoco se puede ser
cristiano sin rezar. Y hay mucha necesidad de cristianos que velen por los que
duermen, de adoradores, de intercesores que día y noche lleven ante Jesús, luz
del mundo, las tinieblas de la historia.
“Rezar y amar, he aquí la vigilancia. Cuando la
Iglesia adora a Dios y sirve al prójimo, no vive en la noche. Aunque esté
cansada y abatida, camina hacia el Señor”
Un segundo sueño interior: la indiferencia
El Santo
Padre advierte que hay un segundo sueño interior que es peligroso, es el sueño
de la indiferencia. “El que es indiferente ve todo igual, como de noche, y no
le importa quién está cerca. Cuando sólo giramos alrededor de nosotros mismos y
de nuestras necesidades, indiferentes a las de los demás, la noche cae en el
corazón. Comenzamos rápido a quejarnos de todo, luego sentimos que somos
víctimas de los otros y al final hacemos complots de todo”. Hoy parece que esta
noche ha caído sobre muchos, que exigen sólo para sí mismos y se desinteresan
de los demás.
¿Cómo podemos despertar de este sueño de indiferencia?
El Papa Francisco señala que podemos despertar de este
segundo sueño con la vigilancia de la caridad. La caridad es el corazón
palpitante del cristiano. Así como no se puede vivir sin el latido del corazón,
tampoco se puede ser cristiano sin caridad. Algunos piensan que sentir
compasión, ayudar, servir sea algo para perdedores; en realidad es la apuesta segura,
porque ya está proyectada hacia el futuro, hacia el día del Señor, cuando todo
pasará y sólo quedará el amor. Es con obras de misericordia que nos acercamos
al Señor. Se lo pedimos hoy en la oración colecta: «Aviva en tus fieles […] el
deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas
obras». Jesús viene y el camino para ir a su encuentro está señalado: son las
obras de caridad.
Renato Martínez
– Ciudad del Vaticano
Vatican News
