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| Nghia Le/Unsplash | CC0 |
Dios
quiere que disfrute su fiesta, que descanse, que me alegre. Su casa es un
banquete. Su vida es alegría. Esta imagen ilumina mi
mirada al pensar en el cielo. Así es Dios, así será mi vida junto a Él.
Así
tendría que ser siempre mi Iglesia ahora, allí donde vivo en la presencia de
Dios. Pero no es así. No siempre vivo con alegría junto a Dios.
Me
fijo en las normas que tengo que cumplir para poder
estar con Él. Siento que si no las cumplo me niegan la entrada, vetan mi paso.
Entonces
vivo frustrado al
pensar en ese Dios que sólo me acepta y me quiere si cumplo,
si me porto bien, si soy buen cristiano y respeto las normas y los desafíos que
Dios me exige.
Tal vez me falta imaginación
para soñar el cielo o para pensar en una vida mejor de la que ahora vivo. Veo
la realidad y me falta fantasía.
En
una película le preguntaba la protagonista a su madrastra: «¿Tú no
te imaginas nada que pueda ser mejor que la realidad?». Y ella respondía: –
Nada.
Si no sueño con cosas grandes no llegaré muy lejos. Si no me imagino un cielo lleno de vida y banquetes no tendré ganas de ir a ese cielo.
No le dejo espacio en mi vida a
la imaginación. Decía Paul Claudel: «El orden es el placer de la razón pero el
desorden es la delicia de la imaginación».
Mi
razón busca el orden, el equilibrio. Piensa en lo que es esperable de esta
vida. Vive de la lógica y de lo predecible. No acepta el desorden que pone en
riesgo la paz del alma.
Intento
acallar esa imaginación loca que me saca de lo real, de lo concreto, de lo
tangible, de lo que puedo esperar de la vida y de lo que no es esperable.
El
amor se mueve en el campo de esa imaginación que no me deja tranquilo con lo
que tengo. Y me pide que fije la mirada en la realidad para traspasarla, para
ver más allá, más lejos.
¿Nunca
me he imaginado nada mejor de lo que veo? ¿Dónde quedan mis fantasías? Quiero
tener un alma de niño. Decía José Antonio Fernández: «Quizás el adulto sea un niño
empobrecido».
Puede
que me haya vuelto adulto sin imaginación y sin ganas de fiesta. No
quiero ser un hombre envejecido sin fantasía. Es como si prefiriera el mérito y
el derecho a la gratuidad de un banquete de bodas.
No
desean el banquete ni la celebración. O no saben que es eso lo que se pierden.
Tal vez prefieren seguir con sus vidas como hasta ese momento.
No necesitan a un Dios lleno de
normas. Quizás no saben que hay un banquete, una fiesta. Prefieren vivir la tristeza
de sus días monótonos, mantienen el gris de sus trajes y la ausencia de colores
de sus vidas.
No
se arriesgan. Han silenciado la música y hablan muy quedo, para no molestar,
para no hacer ruido. Saben que lo razonable es lo que toca, lo que corresponde.
No
tienen prisas, no se emocionan, no lloran ni ríen. Viven moderadamente el
presente que tienen ante sus ojos. No imaginan nada mejor que su rutina.
No
enloquecen de alegría. No lloran con angustia. No tienen emociones profundas y
parece que no sufren ni padecen. Están aletargados y ya nada de lo que ven les
deja impresión en el alma.
Viven
tan en la superficie que el agua no penetra en lo más hondo de sus almas. No se
ilusionan con el futuro. Consumen las horas del día sin pasión,
sin entusiasmo.
Se
sienten responsables de lo que hacen. Hablan de justicia y de derechos. Lo que
ellos merecen, lo que no es de su incumbencia. Viven en
soledad lejos de la fiesta.
Cumplen orgullosos las normas
que otros prescriben. No se preguntan por el sentido de sus vidas y dejan pasar
ante sus ojos oportunidades de vivir de una forma diferente.
No quieren oír hablar de banquetes ni de fiestas. No pierden nunca el tiempo porque vale mucho cada hora. Yo no quiero vivir huyendo de mis propios sueños y deseos.
Leía
el otro día:
«Es bueno abrigar los deseos,
cortejarlos y acariciarlos largo y tendido con la fantasía»[1].
Quiero cuidar
mis sueños y acariciarlos en mi fantasía. Anhelo un cielo
abierto ante mis ojos. Y una fiesta, y un abrazo que no acabe nunca. Y
poseer en plenitud lo que aquí está tan lejos.
Y desear lo imposible para llegar a las altas cimas. Y no tener miedo de perderlo todo mientras siga el alma soñando con lo que aún no alcanza.
Un alma así es la que quiero
tener. Cada día busco en mi interior los deseos más reales que acaricio en
medio de mis límites:
«La realización del deseo y,
por lo tanto, una vida realizada, se producen mediante el encuentro de las dos
directrices opuestas, los deseos y los límites»[2].
Reconozco
mis límites, mis fronteras, mis carencias. Y acaricio feliz los deseos que me alegran el
alma cada día.
[1] Giovanni Cucci SJ, La
fuerza que nace de la debilidad
[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia
