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| Religiosas del Instituto Religioso Iesu Communio |
Debido a su importante experiencia contemplativa y su profunda
espiritualidad, a lo largo de estos años distintos obispos o incluso
la Santa Sede la han reclamado para que comparta sus certeras reflexiones sobre
distintos aspectos de la vida cristiana aterrizándolos al mundo y las heridas
de hoy.
Ahora estas
palabras de la superiora de Iesu Communio ven la luz en forma de
libro. Se titula Tu sed, mi
sed y en él se recogen cinco de estas reflexiones y testimonios que ha ofrecido en los
últimos años. Se trata de los siguientes:
-“Si
conocieras el Don de Dios”. Se trata del testimonio de la Madre Verónica en
el encuentro “Nuevos Evangelizadores para la Nueva Evangelización” que se
celebró en el Vaticano en 2011.
- “Jesucristo,
mi inseparable vivir, tu sed es mi sed”. Su oración en el 38º
encuentro nacional de la Renovación Carismática que se celebró en Roma en 2015.
- “Un
gran Amor abrazado en el corazón…”. Testimonio de la Madre Verónica en
la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia en 2018.
- “Vivir
del Espíritu. San Ireneo, un testimonio ayer y siempre”. Es una
profunda reflexión sobre este santo y cómo puede ayudar al hombre de hoy. Esta
charla la impartió en la catedral de Lyon en abril de 2020.
- “El
horizonte de la muerte suscita la pregunta sobre la vida”. Es la
reflexión que realizó sobre el verdadero fundamento de la esperanza, a raíz de
la pandemia del Covid 19 en abril de este año.
El prólogo de Tu sed, mi sed lo
ha realizado el cardenal
Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, que define a la
Madre Verónica Berzosa como “portadora de un asombroso carisma”.
A continuación ofrecemos alguna pequeña píldora de
cada una de las reflexiones de la Madre Verónica que aparecen en este libro
editado por la propia comunidad religiosa.
“Si conocieras el Don de Dios”.
“Me atrevo a afirmar que, a veces, quizás demasiadas, caemos donde no queremos
buscando saciar por caminos equivocados, como el hijo pródigo, el clamor de
amor, felicidad, salvación, comunión, plenitud que existe en lo más profundo
del hombre. Estamos bien hechos, incluso cuando experimentamos la sed
abrasadora de una vida en plenitud; una sed que, cuando busca ser saciada en
espejismos, aún se hace más ardiente y fomenta más la desesperanza. Esa sed, en
definitiva, pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre,
para que no se conforme con una vida mediocre, para que se sienta espoleado a
acoger la vida en plenitud.
»La sed del hombre resuena en el grito de Cristo en
la Cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28). La sed del hombre sólo se calma, sólo encuentra alivio y
descanso en Jesús, ¡sólo en Jesús!, el Mendigo sediento que sale al encuentro
de la mujer samaritana: “Si conocieras el don de Dios…” (Jn 4, 10). Cristo
no viene jamás a arrebatar, sino que desea ardientemente agraciar a la criatura
con el don de Dios, colmar a su criatura con una vida en plenitud mediante el
don del Espíritu que nos introduce en la comunión del amor trinitario. Cristo
es el que está sediento por colmar nuestra sed; Cristo tiene sed de que del
seno del sediento lleguen a brotar ríos de agua viva, fecundidad desbordante.
»Pero como ni la imposición ni el avasallamiento
son propios de Dios, éste sale al encuentro de la libertad humana invitándola a
abrirse a su don: “Si conocieras el don de Dios…, tú le pedirías, y Él te
daría…”. Su atracción es su Amor. Su
promesa, el designio del Amor de Dios, por ser don, el hombre no lo hubiese
podido ni soñar, pero lo reconoce cuando se hace presente”.
“Jesucristo, mi inseparable vivir,
tu sed es mi sed”
“Tu gracia me ha hecho descubrir que nos quisiste
criaturas. Y las criaturas tienen, por su misma condición, necesidad de Ti, sed
de Dios. Y esa sed no es un castigo, sino un regalo tuyo. ¡Esa sed es tu grito
encarnado en la criatura!, para que esta sea consciente y jamás olvide que no
puede prescindir de Ti. Tú, que nos has regalado la sed, te ofreces como fuente
que la sacia. Quisiste al hombre sediento, pero no sin quererte a Ti mismo como
inagotable fuente y fidelísima agua que se ofrece indefectiblemente. Señor, ¡no permitas que me
domine la tentación de la autosuficiencia, el intento suicida de querer colmar
el corazón con mis solas fuerzas al margen de tu designio! Porque la
mayor indigencia es vivir engañada sin reconocer que mi sed es sed de Dios”.
“Un gran Amor abrazado en el
corazón…”
Decía Sor Verónica a los seminaristas: “Tantas veces son necesarios años para comprender que mi seguimiento no consiste en conquistar un reino para Cristo, sino en dejar que venga a nosotros su Reino. ‘No estás lejos del Reino —podría decirnos también hoy Jesús—, ¿pero estás dentro? ¿Me estás siguiendo como siervo o como héroe conquistador?’. Su gracia consiste en hacernos salir de nuestro territorio a su reino de servicio y humildad. Es necesario ayudarnos a pasar de una primera respuesta generosa, llena de celo y fuerte, pero tantas veces según los propios criterios, sin dejarme a mí mismo, a la adhesión rendida a Cristo y a su querer.
Todo debe ser entregado,
también nuestros talentos, capacidades, que podrían llegar a esclavizarnos si
no son puestos al servicio de la Iglesia. Me conmueve, en el capítulo 21 de
Juan, contemplar un nuevo encuentro, ahora entre el Resucitado y Pedro, como
una segunda etapa de la llamada. Es el Resucitado el que, en la victoria de su
amor, ilumina y caldea el corazón herido de Pedro: ¿Me amas? ‘Tú lo sabes todo…
ayer me viste en el patio del sumo sacerdote, pero Tú sabes que te quiero’”.
Vivir del
Espíritu. San Ireneo, un testimonio ayer y siempre
“Ahora bien, la carne de Jesús conoció también el camino por el que la carne es capacitada gradualmente para ser portadora de la gloria de Dios. En el Jordán, la plenitud del Espíritu Santo se unió dinámicamente a la carne de Jesús, entró en comunión con la carne de Jesús para hacer de su humanidad una humanidad ungida con la plenitud del Espíritu. El obispo de Lyon distingue muy bien los momentos: el momento de la encarnación por el que el Verbo encarnado es llamado Jesús y el momento de la unción por el que recibe el título de Cristo a causa de la unción de su humanidad.
La plenitud del Espíritu
Santo se irá apropiando de la carne de Jesús para hacerla progresivamente carne
del Espíritu, carne de Dios. Y de esta manera el Espíritu se habitúa a morar y
descansar en la carne de los hombres para que cumplan el querer de Dios. Los
hombres viejos, herederos de Adán, aprenderán bajo la guía del Espíritu a
configurarse con el hombre nuevo que es Cristo. Escribe Ireneo: «El Espíritu de
Dios descendió sobre Él… para que fuéramos salvados participando de la
abundancia de su unción». La salvación es participar de la abundancia de la
Unción de Cristo; Jesús es ungido para que luego sus hermanos, los hombres,
participen de esa Unción”.
El horizonte de la muerte suscita
la pregunta sobre la vida
“El mayor sufrimiento y pobreza del hombre de hoy
es no reconocer la ausencia de Dios como ausencia. Escribía Teilhard de
Chardin: ‘El mayor peligro que puede temer la humanidad de hoy no es una
catástrofe que le venga de fuera, ni siquiera la peste; la más terrible de las
calamidades es la pérdida del gusto de vivir’. El verdadero peligro que se cierne sobre la vida no es la
amenaza de muerte, sino la posibilidad de vivir sin sentido, vivir sin tender a
una plenitud mayor que la vida y la salud.
»¿Para qué queremos la salud, por qué vivimos? Lo
más bello e importante que le sucedió al ciego de nacimiento no fue el hecho de
recuperar la visión de sus ojos, ya que sus ojos, pronto o tarde, se apagarían
otra vez por la enfermedad, vejez o muerte. El momento más conmovedor de este episodio evangélico no es la
curación sino el hecho de ver a Jesús. Y encontró y reconoció al Hijo
de Dios cuando vio su rostro, escuchó su voz y lo dejó entrar en su vida.
Entonces dijo: ‘Creo, Señor’. Y se postró ante Él”.
Javier Lozano
Fuente: ReL
