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| Philippe Lissac / Godong |
Papá se
confiesa. Admite que es una buena noticia. Si ya es bueno saberlo, es aún
mejor, de vez en cuando, verle hacerlo. Y además, no sólo es él, ¡hasta los
sacerdotes de la parroquia se confiesan! Y si ya está bien saberlo, es aún
mejor verles hacerlo.
Cuando el
mundo adulto se pone de rodillas y transmite con ese acto el “Ruega por
nosotros, pecadores”, entonces hay sinceridad sobre la vida adulta. Porque, en
ese momento, revelamos a nuestros hijos que crecer,
madurar, progresar y construir nuestra vida no es volvernos inmaculados y sin
pecado, sino crecer en humildad.
A los niños
no se les puede mentir. Y no les estamos haciendo más frágiles al mostrarles
que sus padres, todos sus padres, necesitan de la misericordia de Dios porque
Jesús es, también para ellos, el Salvador. El papa Francisco, que va a
confesarse bajo los ojos de los fieles antes de llegar a un confesionario,
muestra el camino. Y su palabra no es menos creíble por ello, ni mucho menos.
Conozco a
niños que rezan para que sus padres se confiesen; y no he sido yo quien les dio
la idea. Sienten que esos que son sus modelos, sus referencias y sus puntos de
apoyo para crecer no podrán conservar ese puesto si no son sinceros. ¡Qué
claridad en las relaciones, porque todos estamos en el mismo barco!
Ciertamente, la
posición de autoridad sigue estando ahí, pero ya no es mundana, ya
no es una pose que se asume, sino que se fundamenta no en una mentira, sino en
el hecho de que soy padre gracias a Dios. No
es un don que poseamos en nosotros, en virtud de nuestros méritos, que hace de
nosotros figuras paternales o que nos hace ser padres; es la
misión que hemos recibido de Dios a pesar de nuestra debilidad.
No hay necesidad de jugar a ser padres. Hay
que serlos con autenticidad, es decir, recibiendo esa cualidad de Dios.
Si Papá se confiesa,
yo, su hijo, adivino que su autoridad viene de otro lugar. Y si puedo ver que
Dios es más grande que mis padres, entonces confundiré menos sus errores con
Dios, sus posibles injusticias no harán de Dios un Dios injusto. Esta manera de
situar nuestro papel educativo y familiar en su articulación con el Señor es
precisamente una manera de mirar con los ojos de la fe la substancia de este
papel que es, de hecho, una misión.
Una misión
pasajera, para esta vida solamente, que requiere un gran ejercicio de
desinterés propio, precisamente por lo unidos que estamos los unos a los otros…
Pero una misión cuyo logro no será posible sin la gracia de Dios. ¿Cuántos
padres en la historia humana han llamado sobre sus hijos la bendición de Dios?
No podemos
sino honrar esta humildad de esas almas parentales que no quieren y no pueden
educar ellas solas. Dichosos los niños cuyos padres se arrodillan.
