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| San Jerónimo penitente. Dominio público |
San Jerónimo estudió en Roma retórica con ilustres
maestros de su tiempo y dio un giro a su vida cuando descubrió el tesoro de la
Biblia y se entregó a su meditación, estudio y traducción. Primero en Roma,
como colaborador del Papa español san Dámaso, después en el desierto de Calcis,
estudiando griego y hebreo, luego en Egipto y, finalmente, en Belén, donde
fundó junto a la gruta del nacimiento de Jesús dos monasterios «gemelos» de
hombres y mujeres que atendió como maestro espiritual y a los que inició
también en el estudio de la Palabra de Dios.
El trabajo de san Jerónimo fue ingente. Con los
medios de entonces, sirviéndose de las Hexaplas de Orígenes, entre otros
instrumentos de trabajo, entendió que la Palabra de Dios debía ser accesible al
pueblo cristiano y se enfrascó en su traducción desde las lenguas originales,
pensando no sólo en sus discípulos y en los estudiosos que un día se dedicaran
a la Escritura sino en la gente llana. Como dice el papa Francisco, Jerónimo
ofrecía su trabajo a los demás como un munus amicitiae (oficio de amistad) a
través del cual edificaba la Iglesia.
La personalidad de este padre de la Iglesia latina conjugaba, según el Papa, la entrega total a Dios por amor a Cristo crucificado y el estudio constante y arduo de la Sagrada Escritura, cuya lengua, retórica y figuras distaban mucho del mundo clásico en el que se educó. La Biblia se presentaba como un «libro sellado» que necesitaba la mano del intérprete cuya clave era Cristo. San Jerónimo dio un paso de gigante en lo que llamamos inculturación puesto que su dominio de las lenguas permitió «una comprensión más universal del cristianismo y, al mismo tiempo, más acorde con sus fuentes».
La traducción de la Vulgata, dice Francisco, supone un acto de hospitalidad lingüística que favorece la cultura del encuentro, puesto que abre el mundo de la lengua a nuevas comprensiones. ¡Atinado pensamiento en una época de tanta ignorancia, especialmente en materia religiosa, que impide la apertura de la inteligencia al conocimiento de las culturas que han tenido cabida en la Biblia! Por eso, el Papa lanza este desafío a los jóvenes: «Vayan en busca de su herencia. El cristianismo los convierte en herederos de un patrimonio cultural insuperable del que deben tomar posesión.
Apasiónense de esta
historia, que es de ustedes. Atrévanse a fijar la mirada en Jerónimo, ese joven
inquieto que, como el personaje de la parábola de Jesús, vendió todo lo que
tenía para comprar “la perla de gran valor”» (Mt 13,46).
Os animo, pues, a leer esta carta que presenta su figura con viva actualidad. Como escribió de él su amigo Nepociano: «Por la asidua lectura y la meditación prolongada, había hecho de su corazón una biblioteca de Cristo».
