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| Dominio público |
Cuando llega a
sus oídos la voluntad de Dios, por boca de Juan, no la cumplen, no supieron ser
dóciles al querer divino. En cambio, muchos publicanos y pecadores atendieron
su llamado a la penitencia y se arrepintieron: estaban representados por el
hijo que al principio dijo “no voy”, pero finalmente obedeció y agradó a su
padre con las obras. San Pablo (Flp 2, 1-11) nos pone de manifiesto el amor de
Jesucristo a la virtud de la obediencia: Siendo Dios, se humilló a Sí mismo
haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Cristo obedece por amor;
ése es el sentido de la obediencia cristiana, y así debemos obedecer nosotros a
quienes debemos obediencia.
II. Una de las
señales más claras de andar en el buen camino, el de la humildad, es el deseo
de obedecer. La obediencia es lo contrario de la soberbia. Cristo nos ha
enseñado por dónde hemos de dirigir nuestros pasos: lámpara es tu palabra para
mis pasos, luz en mi sendero, recitan hoy los sacerdotes en la Liturgia de las
Horas (I Vísperas. Salmo 119, 105).
La obediencia
nace de la libertad y conduce a una mayor libertad. Cuando el hombre entrega su
voluntad en la obediencia conserva la libertad en la determinación radical y
firme de escoger lo bueno y lo verdadero. El amor es lo que hace que la
obediencia sea plenamente libre. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn
14, 15) nos dice el Señor. Y nosotros obedecemos porque estamos convencidos de
que Sus mandamientos proceden del amor y nos hacen libres.
III. Mejor la
obediencia que las víctimas (1 Sam 15, 22), leemos en la Sagrada Escritura. “Y
con razón se antepone la obediencia a las víctimas, porque mediante las
víctimas se inmola la carne ajena, y en cambio por la obediencia se inmola la
propia voluntad” (SAN GREGORIO MAGNO, Moralia), lo más difícil de entregar,
porque es lo más íntimo y propio que poseemos.
Por eso es tan
grata al Señor y Su empeño, a quien los vientos y el mar obedecen (Mt 8, 27)
por enseñarnos con Su palabra y con Su vida que el camino del bien, de la paz
del alma y de todo progreso interior pasa por el ejercicio de esta virtud.
Pidamos a la Virgen un gran deseo de identificarnos con Cristo mediante la
obediencia, aunque algunas veces nos cueste.
