El Papa, fundamento perpetuo de la unidad
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| Dominio público |
Jesús le
respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado
eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te
digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas
del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los
Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y
todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces
ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.» (Mateo 16,
13-20)
I. ¿Quién dicen
los hombres que es el Hijo del Hombre? (Mateo 16, 13-20), pregunta Jesús a los
Apóstoles. Y después que ellos le dijeran las diversas opiniones de las gentes,
Jesús les interpela directamente: Pero vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Todos
nosotros –comenta el Papa Juan Pablo II- conocemos ese momento en el que no
basta hablar de Jesús repitiendo lo que otros han dicho…, no basta recoger una
opinión, sino que es preciso dar testimonio, sentirse comprometido por el
testimonio y después llegar hasta los extremos de las exigencias de ese
compromiso”.
Pedro, movido
por una singular gracia, contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le llama bienaventurado por la respuesta llena de verdad y le comunica
que sobre él recaerá el Primado de toda su Iglesia: Y yo te digo que tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia, y las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella. Será la roca, el fundamento firme sobre el que Cristo
construirá su Iglesia, de tal manera que ningún poder podrá derribarla. “Para
ti, ¿quién soy Yo? Te pregunta Cristo.
II. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo
lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos. Pedro tiene el poder
de atar y desatar, es decir, de absolver o condenar, de acoger o de excluir. Es
tan grande este poder que aquello que decida en la tierra será ratificado en el
Cielo. Para ejercerlo, cuenta con una asistencia especial del Espíritu Santo.
Este poder se
transmitirá a quienes sucedan a Pedro a lo largo de la historia. El Magisterio
de la Iglesia siempre ha subrayado esta verdad (CONC. VAT. II Lumen gentium).
El Romano Pontífice es el sucesor de Pedro; unidos a él estamos unidos a
Cristo. Es su Vicario aquí en la tierra, el que hace sus veces. Desde los
comienzos de la Iglesia, los cristianos han venerado al Papa. Nuestro amor al
Papa no es sólo un afecto humano, fundamentado en su santidad o simpatía, sino
porque es el “dulce Cristo en la tierra”, en expresión de Santa Catalina de Siena.
III. Ubi Petrus, ibi
Ecclesia, ibi Deus (SAN AMBROSIO, Comentario al Salmo XII): Donde está Pedro,
allí está la Iglesia, y allí también encontramos a Dios. Nosotros queremos
estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Cristo; y sin él no
encontraremos a Dios. Y porque amamos a Cristo, amamos al Papa: con la misma
caridad. Recibimos con su palabra una claridad meridiana en medio de las
doctrinas confusas que proclaman –hoy, como en el pasado- tantos falsos
profetas y tantos falsos doctores.
Tengamos hambre
de conocer las enseñanzas del Papa y de darlas a conocer en nuestro ambiente.
Ahí está la luz que ilumina las conciencias; hagamos el propósito de recibir su
palabra con docilidad y obediencia interna, con amor (CONC. VAT. II, Lumen gentium).
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
