Este es el testimonio
de Herminio García Verde, enfermero en la Unidad de Cuidados Intensivos del
Hospital de Santa Bárbara (Soria)
La pandemia del COVID-19
superó todas las expectativas de los responsables sanitarios. Llegó imparable
el 13 de marzo. Enseguida se quedó pequeña la UCI y hubo que montar de manera
precaria y urgente una UCI extendida en los servicios de Reanimación y CMA (Cirugía
Mayor Ambulatoria). Se llegaron a ocupar 25 camas.
El mes de marzo fue muy
duro tanto por el volumen de trabajo como por el desgaste emocional que nos
producía el cuidado de los pacientes ingresados. Los enfermos de mayor edad
fallecían y el resto, lejos de mejorar, se agravaban.
Hasta el 22 de abril no
tuvimos la satisfacción y la emoción de dar de alta al primer paciente con
coronavirus. Mientras, habíamos padecido 7 muertes y otros tantos traslados a
otros hospitales con más medios técnicos.
En estos tres meses de
pandemia hemos experimentado de cerca la frustración y la decepción porque
nuestros tratamientos y cuidados no resultaban efectivos y los pacientes no
mostraban la mejoría esperada. Hemos llorado y acompañado en el dolor a tres
compañeras por la muerte de sus madres y su padre. Hemos sentido miedo de
contagiarnos y de contagiar a nuestros familiares. Hemos dado ánimos a nuestras
compañeras que han estado en cuarentena al dar positivo en los test. Hemos
sentido rabia por no contar desde el primer momento con los EPIs (equipos de
protección individual).
A la vez, hemos dado las
gracias por la generosidad de empresas, asociaciones y personas individuales
que nos han regalado prendas de los EPIs y obsequiado con diversas bebidas y
alimentos. No nos cansaremos de dar gracias por tantas muestras de solidaridad.
Nos hemos sentido arropados por vuestros aplausos.
Junto a la preocupación por
la evolución de los enfermos, otro momento delicado ha sido informar los
familiares. Decir un día y otro día y varios días más que tu esposo o tu hijo o
tu padre no mejora, incluso que va a peor, ¿a quién le gusta? Por su parte, los
familiares se tenían que fiar de la información que el médico les proporcionaba
porque no podían entrar a visitar a su pariente enfermo en el hospital. Lo
único que podían hacer era llorar y rogar que, por lo menos, su ser querido no
sufriera; ¡cuántas veces nos han pedido que les dijéramos que les querían
mucho!
El momento de comunicar el
fallecimiento de un paciente resulta desgarrador y se exacerban los
sentimientos de incredulidad, desconsuelo, angustia por no poder desahogarse,
pesar de no haber podido despedirse. Ha sido un duelo totalmente deshumanizado.
Y, a pesar de todo esto,
hay que continuar atendiendo a los otros pacientes. Sacando fuerzas de flaqueza
y asumiendo el dolor y las condiciones precarias, el estrés y el miedo, renovar
el ambiente de trabajo para que se respire serenidad, armonía, solidaridad,
ayuda mutua, junto al esfuerzo y las palabras de ánimo y aliento entre el personal
de UCI.
Personalmente, no he
sentido miedo. He procurado protegerme razonablemente a la hora de cuidar de
los pacientes y, a la vez, he puesto mi confianza en la Providencia amorosa de
Dios Padre. Él cuida de mí para que yo pueda cuidar de sus hijos enfermos.
Aunque no hemos podido
celebrar con normalidad la Semana Santa, yo he recordado la Pasión de nuestro
Señor en el rostro y en el cuerpo de nuestros enfermos. Más de una vez, he
recordado el pasaje del profeta Isaías: «Desfigurado, no parecía hombre ni
tenía aspecto humano […] Sin figura, sin belleza, lo vimos sin aspecto
atrayente, evitado, ante el cual se ocultan los rostros» (Is 52, 2-3).
Y, ante el aparente
sinsentido de tanto dolor y sufrimiento en el cuerpo de los enfermos y en el
corazón de sus familiares, San Pablo ha venido en mi ayuda para recordarme:
«Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en
mi carne lo que le falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo,
que es la Iglesia» (Col 1, 24).
Yo no me alegro por los
sufrimientos de los enfermos ni por el dolor de sus familiares pero sí confío
en que sus heridas y su sangre derramada, sus lágrimas y sus pesares -junto a
las heridas y la Cruz de Cristo- laven, limpien y sanen/salven a los miembros de
la Iglesia y a todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.
El día de la Pascua anuncié
a mis compañeras en el whatsapp de la UCI: «En medio de esta pandemia, que nos
tiene secuestrados en casa con miedo y temor, también con desconfianza, los
cristianos celebramos la victoria de Jesús sobre toda clase de esclavitud,
sobre el miedo, el temor, la enfermedad, el dolor, el sufrimiento y la muerte.
¡HA RESUCITADO! Y nos llena de alegría y esperanza. También de confianza porque
vamos a superar esta situación y vamos a sonreír fundiéndonos en un gran
abrazo. ¡Ánimo, la pandemia ya va vencida Verdaderamente ha resucitado el
Señor!».
Todavía cuidamos a varios
pacientes infectados de coronavirus. Su recuperación es lenta, persistentemente
lenta. Pero no desfallecemos. Están implicados los esfuerzos técnicos y
médicos, el cuidado y el cariño del personal sanitario y hospitalario, la
solidaridad de los ciudadanos y de las diferentes instituciones y asociaciones,
la oración de los creyentes y, por encima de todo y uniéndolo todo, el amor de
Dios, que envió a su Hijo, Jesús, para que tengamos vida y una vida abundante
(cfr. Juan 10, 10).
Herminio García Verde
Enfermero en la UCI del Hospital Santa Bárbara
Enfermero en la UCI del Hospital Santa Bárbara
Fuente: Alfa y Omega
