Sorpresa, ¡no está en Belén!
![]() |
| © MaPaolaDaud |
La “Sagrada
Cuna”, aunque muchos podrían pensar que se encuentra en Belén, en realidad se
encuentra en la actualidad en Roma, en la Basílica de Santa María la Mayor, y
aquí contamos su historia que data de los años del Concilio de Éfeso en el 431.
Las reliquias o
restos de la Cuna tienen especial valor mariano, por el hecho de ser “memoria”
de la actuación virginal y materna de María: “Lo envolvió en pañales y lo
acostó en un pesebre” (Lc 2,7).
Las madres palestinas solían poner al niño
en una cuna de barro cocido (por supuesto, con la ropita necesaria), que podía
apoyarse sobre un caballete (en forma de aspa) o simplemente colocarse en el
suelo o en otro lugar.
De un objeto o “pesebre” semejante, habla
Orígenes (año 248). “En Belén se muestra la gruta donde nació Jesús y el
pesebre donde fue envuelto en pañales”.
San
Jerónimo, que se encontraba en Belén desde el año 386, en una homilia detalla
que el pesebre había sido de arcilla, pero que luego fue cambiado por uno de
plata.
El santo se lamenta del cambio,
pero también reconoce y agradece la devoción de los fieles, aunque él preferia
el pesebre anterior, de arcilla.
En Belén, desde el siglo V, la “cuna”, de oro y plata, quedaba iluminada con lámparas. Los peregrinos tomaban tierra y polvo de la gruta como reliquias. Con el tiempo, en vez de tierra, también traían pedazos de madera.
En Belén, desde el siglo V, la “cuna”, de oro y plata, quedaba iluminada con lámparas. Los peregrinos tomaban tierra y polvo de la gruta como reliquias. Con el tiempo, en vez de tierra, también traían pedazos de madera.
Algunos
tienen la hipótesis de que las reliquias de la cuna fueran enviadas por
san Sofronio de Jerusalén, al Papa Teodoro I (642-649), de origen oriental, a
consecuencia de las dificultades originadas por la invasión musulmana.
Precisamente es en tiempos del Papa Teodoro, cuando la basílica se llama Sancta
Maria ad Praesepe.
Como ya dijimos antes, el Papa
Sixto V hizo colocar las reliquias de la Cuna bajo el altar de la capilla
“sixtina”, construida con este objetivo.
En 1606, la Reina de España
Margarita de Austria, ofreció un relicario de plata,
que desapareció en los disturbios de 1797. Se encargó un nuevo relicario a modo
de urna oval, de cristal y plata dorada parcialmente, a Giuseppe Valadier
(1762-1839); era una oferta de la duquesa española Manuela de Villahermosa.
En esa urna, que es la actual,
hay bajorrelieves del Pesebre, la adoración de los Magos, la Fuga a Egipto, la
última cena. Sobre la urna, un niño Jesús, de oro puro, que bendice. Dos
querubines, cada uno con un vaso de cristal, que custodia algunas reliquias
(supuestamente, heno del pesebre y un fragmento del velo de María).
La restauración se inauguró en
1864 y allí se trasladó la reliquia de la Cuna. Después de la muerte de Pío IX,
el Papa León XIII quiso erigir en el hipogeo una estatua orante de su
predecesor, que había definido la Inmaculada en 1854.
Actualmente en la urna de la Cuna se
conservan cinco listones de madera, en posición horizontal (uno de los listones no es
auténtico). Con cuatro listones se puede montar un caballete para sostener una
“cuna” de barro cocido, que era usual entre las mamás de Palestina, como hemos
indicado más arriba.
La devoción a la Cuna es
multisecular y manifiesta el deseo de imitar la humildad de Jesucristo y
expresarle el propio amor, como en el caso de los santos más relacionados con
esta devoción: san Carlos Borromeo, san Ignacio de Loyola, santa Brígida y san
Cayetano de Thienne, entre tantos otros.
También es importante constatar
la piedad o devoción, la veneración a la imagen de la Virgen llamada de “San
Lucas” y, más recientemente, Salus Populi Romani. Una
devoción tan querida por san Juan Pablo II y Papa Francisco a
la que dedicaremos un artículo especial, contando esta antigua tradición tan
querida por el pueblo romano.
¿Por qué se guarda en Santa María la Mayor de Roma?
La basílica dedicada a Santa
María es un “santuario”, que puede considerarse como la “catedral” de la
catequesis mariana primitiva y medieval. Quien entra en ella se encuentra
arropado por huellas marianas que están ahí desde tiempos paleo-cristianos y
también desde los inicios del segundo milenio.
La construcción y dedicación de la basílica
de Santa Maria Mayor tuvo lugar a partir y como fruto del concilio de Éfeso
(431), celebrado bajo el pontificado de Celestino I (422-432).
Su sucesor, el Papa Sixto III
(432-440), que dedicó el templo a la “Virgen”, había sido enviado por el papa
Celestino al concilio, siendo todavía diácono.
El concilio de Calcedonia (451)
determinó posteriormente con más exactitud la terminología: en Cristo hay una
sola persona (divina) en dos naturalezas (la divina y la humana).
En el contexto cultural histórico, la
mentalidad helenística encontraba dificultad en aceptar la encarnación de la
divinidad, salvando armónicamente humanidad y divinidad.
En Antioquía y Constantinopla se
subrayaba la humanidad. En Alejandría (Egipto), la divinidad (espiritualidad).
En Roma se prestaba más atención a la virginidad y maternidad de María.
Éfeso
y Calcedonia muestran a María madre de la única persona divina del Verbo
encarnado, con su doble naturaleza, divina y humana.
Con el tiempo, la basílica fue cambiando el
nombre, al principio se la llamaba Santa María del Pesebre, como nos muestran
los indicios históricos y literarios donde se da a entender que el Papa Sixto III
(432-440) instituyó en la primitiva basílica o junto a ella una especie de
“gruta de la Natividad” del Señor, para celebrar la memoria del
misterio de Belén.
Pero este “pesebre” no era una
representación plástica del nacimiento del Señor por medio de figuras, puesto
que esta plasticidad tiene lugar a partir del siglo XIII en tiempo de san
Francisco de Asís.
Propiamente era un
“oratorio” con altar propio y con algunos signos que hacían referencia a Belén,
aun prescindiendo de la llegada de las reliquias de Belén.
En la biografía del Papa Sergio
II (844-847) se habla de camera Praesepis, que el Papa
hizo decorar y que estaba contigua a la basílica de la “Madre de Dios”, llamada
también “Mayor”.
En relación con el título de
“Liberiana”, la basílica tiene también, desde antiguo, el título de Santa María
de las Nieves (ad nives), según una “leyenda”
o “tradición” multisecular: “Me construirás una Iglesia en el lugar donde
mañana encuentres nieve fresca”.
El prodigio al que la tradición
atribuye el origen de Santa María la Mayor tiene lugar la noche anterior al
clamoroso descubrimiento. Imaginen una nevada en Roma, a principios
de agosto, pleno verano, hoy podría ser una broma del
“clima-ficción”. Y no sería muy distinto en la Roma del fin del imperio.
Pero es lo que la Virgen
comunica en sueños, al mismo tiempo, la noche del 4 de agosto del año 358 al
Papa Liberio y a un tal Juan, patricio de la Urbe: una Iglesia donde mañana
haya nieve fresca.
El patricio Juan la mañana del 5
corre donde el Papa para comunicarle la increíble visión nocturna y poco
después la confirmación del milagro: la colina del Esquilino amanece blanca por
una nevada de agosto.
En 1590, la llamada capilla
“sixtina” suplantó a la capilla del Pesebre. El Papa Sixto V encomendó la
construcción de esta capilla al arquitecto Domenico Fontana.
En la cripta, bajo el
tabernáculo, se colocó el pesebre de Arnolfo de Cambio que fue construido en
1198-1216 por orden de Inocencio III y debido a la desaparición en el siglo XVI
de algunas figuras del pesebre primitivo. Fontana hizo transportar (1589) en
bloque el Pesebre de Arnolfo de Cambio, desmantelando la antigua capilla del
Pesebre.
La capilla “sixtina” (de Sixto V) tuvo como
objetivo custodiar el Santísimo Sacramento y, en la cripta debajo del altar,
las reliquias del Pesebre. Pesebre
y Eucaristía, están, pues, relacionados.
El tabernáculo es monumental y
reproduce la maqueta de la misma capilla. En el altar también quedan
reproducidas algunas escenas de la Navidad.
María Paola Daud
Fuente:
Aleteia
