La
alegría de vivir agradecidos es contagiosa
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| Antoine Mekary | ALETEIA |
El papa Francisco pregunta: ¿Somos capaces
de dar gracias? ¿Has pensado a quien tienes que darle las gracias hoy por algo?
Decir ‘Gracias’ abre puertas inesperadas, mejora la salud emotiva y física.
La soberbia cose bocas, golpea con anomia,
es decir impide pronunciar un gracias desde el profundo del corazón. El orgullo paraliza porque crea
rigidez en el cuerpo y el alma, se corre el riesgo de perderse un abrazo. La
amnesia rompe con la gratitud, pues se pierde la memoria de dar gracias,
incluso en los momentos más malos, agradecer puede ser un bálsamo que alivia
del dolor y lleva a encontrar aliados.
Francisco
invita a salir de la distracción de quedarnos en nosotros mismos, sin dar
gracias a Dios y a los demás. Casi como una ceguera selectiva que nubla la
vista de las cosas maravillosas y pequeñas que nos rodean y llenan de sentido
la vida misma.
Un examen de
los movimientos del corazón, como lo llama el Papa, sería muy útil para
comprender las infinitas ocasiones que perdimos para dar gracias por algo o a
alguien. Pero, nunca es tarde y se puede comenzar ahora mismo. Madre Teresa
decía que necesitamos ser las manos y quizás los pies de Jesús y una caricia o
una palabra dulce pueda calentar el corazón de alguien y alegrar su vida. El
peligro de esto es que es contagioso. ¡Atención!
“Mamá, gracias por tus manos que prepararon mi
plato preferido; papá, gracias por romperte la espalda en el taller por nuestra
familia; gracias, esposa mía, por ser mi fortaleza en días oscuros; gracias,
amigo mío, por sacarme de ese apuro que me desvelaba; gracias, hijo mío, porque
estudiando supiste valorar los esfuerzos que hicimos con tu mamá; gracias,
abuelo, por tus sabios consejos cuando nadie más me comprendía; gracias,
querido colega porque aunque no te lo diga frecuentemente no sé que
sería de mi sin tu ayuda o escucha; y, sobre todo, gracias a Dios, por todos
los dones, gratuitos e inmerecidos recibidos hoy y siempre”.
Decir gracias eleva de un centímetro del
terreno, porque se sale de lo convencional y se entra en lo extraordinario, en
lo divino, de
sentirnos parte de algo más grande o de alguien que nos hace mejores. Allí
donde comienza el ‘nosotros’, dejamos el ‘yo’ y agradecemos por ser parte de
esta empresa, esta familia, esta comunidad, este grupo, esta sociedad, en fin,
parte de este mundo.
Agradecidos
de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que seremos. Esto puede solo llevar a
la plenitud emocional y espiritual.
Sin dudar,
vivir agradecidos, es el principio de una vida llena de esperanza. Francisco
nos dice que no es optimismo, el cristiano se alimenta de la esperanza del amor
incondicional. Es como el grano de mostaza. Es como ese brinco en la mañana al
despertar para ir esperanzados al encuentro de la jornada y sus desafíos, con
una actitud renovada y vital, sin importar los obstáculos y las dificultades.
Estudios
científicos y la neurociencia demuestra que la salud mental goza de ese
beneficio, menos estrés y mejores relaciones, aumentan la serotonina en el
organismo, la llamada ‘hormona de la felicidad’ y la creatividad. Los
pensamientos negativos, en cambio, son asesinos de neuronas.
Entonces, un
ejercicio para el alma y el corazón puede ser tres veces al día manifestar la
alegría de vivir agradecidos con lo mucho o lo poco que tengamos y donarla a
alguien más a través de un pequeño gesto dirigido a: un compañero de trabajo,
un familiar o un conocido. Y terminar el día con una oración de agradecimiento
como invita el papa Francisco. Así, la palabra clave es: ¡Gracias!
Ary Waldir Ramos Díaz
Fuente: Aleteia
