SIN ESPERAR NADA EGOÍSTAMENTE
II. El premio a la
generosidad. Dar con alegría.
III. Poner al servicio de
los demás los talentos recibidos.
«Decía también al que le
había invitado: «Cuando des una comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus
hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te
devuelvan la invitación y te sirva de recompensa.
Al contrario, cuando des un
banquete, llama a pobres, tullidos, a cojos, y a ciegos; y serás
bienaventurado, porque no tienen para corresponderte; se te recompensará en la
resurrección de los justos» (Lucas 14,12-14).
I. Nos dice el Señor en el
Evangelio de San Lucas (6, 32): Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito
tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman: Y si hacéis el
bien a quienes os hacen el bien, ¿qué méritos tendréis?, pues también los pecadores
hacen lo mismo....
La
caridad del cristiano va más lejos, pues incluye y sobrepasa el plano de lo
natural, de lo meramente humano: da por amor al Señor, y sin esperar nada a
cambio. No debemos hacer el bien esperando en esta vida una recompensa, ni un
fruto inmediato. La caridad no busca nada, la caridad no es ambiciosa (1
Corintios 13, 5).
El
Señor nos enseña a dar liberalmente, sin calcular retribución alguna. Ya la
tendremos en abundancia.
II. Nada se pierde de lo
que llevamos a cabo en beneficio de los demás. El dar ensancha el corazón y lo
hace joven, y aumenta su capacidad de amar. El egoísmo empequeñece, limita el
propio horizonte y lo hace pobre y corto. Por el contrario, cuanto más damos,
más se enriquece el alma.
A
veces no veremos los frutos, no cosecharemos agradecimiento humano alguno; nos
bastará saber que el mismo Cristo es el objeto de nuestra generosidad. Nada se
pierde. Por otra parte, la caridad no se desanima si no ve resultados
inmediatos; sabe esperar, es paciente. San Pablo también alentaba a los
primeros cristianos a vivir la generosidad con gozo, pues Dios ama al que da
con alegría (2 Corintios 9, 7).
A
nadie –mucho menos el Señor- pueden serle gratos un servicio o una limosna
hechos de mala gana o con tristeza. En cambio, el Señor se entusiasma ante la
entrega de quien da y se da por amor con alegría.
III. Es necesario poner al
servicio de los demás los talentos que hemos recibido del Señor. El Evangelio
de la Misa nos enseña que la mejor recompensa de la generosidad en la tierra es
haber dado. Ahí termina todo. Nada debemos recordar luego a los demás; nada
debe ser exigido.
Queda
todo mejor en la presencia de Dios y anotado en la historia personal de cada
uno. El dar no puede causar quebranto ni fatiga, sino íntimo gozo y notar que
el corazón se hace más grande y que Dios está contento con lo que hemos hecho.
Nuestra
Madre, que con su fiat entregó su ser y su vida al Señor, nos ayudará a no
reservarnos nada, y a ser generosos en las mil pequeñas oportunidades que se
nos presentan cada día.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org