La verdadera sabiduría, la que enseña Jesús, consiste en ser rico ante
Dios y ponderar el fin que damos a nuestros bienes, que puede ser muy fecundo
si les quitamos el valor absoluto que no tienen
Por nuestro instinto de
conservación y supervivencia, tendemos a acumular bienes pensando que de ello
depende nuestra vida. La experiencia, sin embargo, nos dice lo contrario. La
muerte no es aliada de nuestros bienes, y llega lo mismo a la casa del rico que
a la del pobre.
Los bienes nos aseguran una dolce vita o un nivel de bienestar, pero
no nos aseguran la vida ni la inmortalidad. Las tumbas faraónicas son el mejor
comentario a que la acumulación de bienes no prolonga la existencia ni
satisface las expectativas de felicidad que el hombre lleva inscrito en su
corazón.
Sabemos también que los
bienes son ocasión de muchas divisiones y pleitos familiares. Precisamente el
evangelio de hoy comienza con una interpelación que le hace a Jesús uno de sus
oyentes: Maestro —le dice— dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo.
Jesús, después de decirle que él no es juez para esos asuntos, afirma:
«Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado la vida no depende
de sus bienes». “Andar sobrado” es una expresión muy actual cuando queremos
decir que alguien vive instalado en la altanería de sus riquezas o incluso en
el orgullo de sí mismo por lo que cree ser y tener.
Para que entendamos el
sentido de la codicia, Jesús cuenta la historia de un hombre que, ante un año
de buena cosecha, decide tirar sus graneros y hacer otros más grandes que
almacenen sus bienes. Y se dice a sí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados
para muchos años: túmbate, come y bebe y date buena vida». Y concluye Jesús:
«Necio, esta misma noche te van a exigir la vida y lo que has acumulado ¿de
quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios». El
contraste entre lo que el hombre piensa y lo que Dios depara es magnífico.
La vida del hombre codicioso
que se olvida de Dios es una necedad. ¿De quién será lo acumulado? ¿De qué
servirá planear el futuro si el hombre no es dueño de su vida? En la catedral
de Segovia está el cuadro del pintor flamenco Ignacio de Ries, conocido como el árbol de la vida. Los hombres
banquetean en la copa de un árbol mientras el esqueleto de la muerte con su
guadaña está a punto de cortarlo. Jesús toca una campana para advertir al
hombre de su final trágico y en el ángulo superior izquierdo se leen estos
versos: «Mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo; mira que te mira
Dios, mira que te está mirando».
A veces este tipo de
enseñanzas son tildadas de moralizantes, dando a esta expresión un matiz
negativo. Es una forma de no querer mirar la verdad de frente, la verdad de la
vida. Nadie negará, si es sabio, que no hay verdad más incontestable que la muerte
y que la vida no depende de los bienes acumulados.
La verdadera sabiduría, la
que enseña Jesús, consiste en ser rico ante Dios y ponderar el fin que damos a
nuestros bienes, que puede ser muy fecundo si les quitamos el valor absoluto
que no tienen. ¡Cuánto podemos hacer en obras de caridad, en fundaciones
benéficas, en atender a los pobres! ¡De cuántas esclavitudes podemos librar a
hermanos nuestros que viven en pobrezas radicales, en miserias cuya sola
existencia juzga el llamado estado de bienestar!
Jesús, a quien llamamos el
Maestro, nos enseña la verdadera sabiduría.
La verdadera riqueza es
amasar bienes para Dios. Pero Dios no los necesita. Es el bien supremo, feliz
en sí mismo. Es obvio que los bienes para el Señor son los bienes para nuestros
hermanos. La riqueza alcanza así una finalidad social y fraterna de primera
magnitud. Ya lo enseñaban los Padres al decir que sólo somos administradores de
nuestros bienes, nunca señores absolutos. Seamos sabios. Es una cuestión de
vida o muerte.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
