Nada ni nadie puede apagarla y, ante ella, no hay eclipse que valga. No debemos olvidarlo
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Foto: REUTERS/Rodrigo Garrido |
Estos días se ha producido
el eclipse solar total que, desde el Pacífico Sur, ha tocado tierra en Chile y
Argentina haciéndose visible en los dos países.
Argentinos y chilenos han
concurrido a las inmensidades patagónicas para ver cómo el sol se oculta por
completo. También pudo verse en Uruguay y en Colombia. La luna cubrió el sol
haciendo caer la noche antes de tiempo. A juzgar por las fotos, el espectáculo
tuvo que ser majestuoso.
De vez en cuando, el
universo nos brinda imágenes como esta de una oscuridad que se cierne en un
momento. Como las tempestades en alta mar y las tormentas de arena, los
eclipses nos advierten de lo pequeños que somos en comparación con este mundo
creado para nosotros por un acto de amor infinito que aún no ha concluido.
En el espacio exterior,
reina un silencio absoluto y, en algunos puntos, la oscuridad es total porque
el campo gravitatorio de los agujeros negros atrae hasta la luz y le impide
salir. Pascal afirmó que lo aterraba «el eterno silencio de estos espacios
infinitos». No es para menos.
También en nuestras vidas
se producen eclipses y los silencios pueden parecer interminables. Hay tiempos
negros de desolación en que todo parece muerto. Manolito de María, el gran
cantaor, afirmaba que cantaba «porque me acuerdo de lo que he vivido». Ese
recuerdo a veces regresa como la negra sombra del poema de Rosalía y solo lo
conjuran la oración o el arte. Es la noche de la vigilia de Pascua justo antes
de que brille la luz que señala a la Luz.
Como dijo Benedicto XVI en
2006, «no hay que desanimarse porque la oración requiere esfuerzo o por tener
la impresión de que Jesús calla. Calla, pero actúa. Colonia fue testigo del
profundo e inolvidable silencio de un millón de jóvenes en el momento de la
adoración del Santísimo Sacramento. Aquel silencio orante nos unión, nos dio un
gran consuelo».
A veces Dios mismo parece
ocultarse y desaparecer de la historia, pero no es así. Está ahí, entre los
enfermos, entre los sufrientes, entre los que se sienten abandonados, clavado
en la Cruz entre dos ladrones. Sus seguidores lo han dejado solo. El hombre a
quien escogió para construir sobre él su Iglesia lo ha negado tres veces. Su
madre contempla su tormento sin entender nada. No hay noche más oscura, ni más
profunda ni más triste.
Pero una Luz brilla en las
tinieblas. Nada ni nadie puede apagarla y, ante ella, no hay eclipse que valga.
No debemos olvidarlo.
Ricardo Ruiz de la Serna
Fuente: Alfa y Omega