Para participar en la Misa en honor de Santa Águeda, van vestidas del típico traje segoviano y a continuación se celebró la procesión con la imagen de la santa por las calles del pueblo, donde la acompañaron bailando jotas segovianas amenizadas por los dulzaineros.
Todos los importantes acontecimientos suelen acabar con la comida de hermandad, así fue como lo hicieron todas las mujeres de la asociación de Santa Águeda...
Galería fotográfica Santa Águeda 2019
Todos los importantes acontecimientos suelen acabar con la comida de hermandad, así fue como lo hicieron todas las mujeres de la asociación de Santa Águeda...
Galería fotográfica Santa Águeda 2019
VIDA DE SANTA ÁGUEDA
Santa Águeda, una de las
vírgenes y mártires cristianas más populares de la antigüedad, aparece ante
nosotros con una aureola de heroísmo y de santidad tan atrayente, que no es
extraño haya dado motivo a las más felices leyendas que ha ido agrupando a su alrededor
durante siglos la devoción siempre creciente de los fieles. Las Actas de su
martirio, como lo demuestra el crítico francés P. Allard, no responden siempre
a una veracidad histórica. Con todo, en ellas encontramos los pasos
principales, confirmados también por otros testimonios, de la vida y martirio
de la noble virgen siciliana.
Nacida en Catania o en
Palermo hacia el año 230, de nobles y ricos padres, dedica su juventud al
servicio del Señor, a quien no duda en ofrecer no ya sólo su vida, sino también
su virginidad y las gracias con que profusamente se veía adornada. Águeda,
como, Cecilia, Inés, Catalina..., prefiere seguir el camino de las vírgenes,
dando de lado las instituciones y promesas que pudieran ofrecerle sus
admiradores.
Le ha tocado vivir, por
otra parte, en tiempos de persecución, y más ahora, cuando en el trono de Roma
se sienta un príncipe ladino, Decio, que pretende deshacer en sus mismas raíces
toda la semilla de los cristianos, harto extendida ya en aquel entonces por
todos los ámbitos del Imperio. Decio, "execrable animal", como le
llama Lactancio, comprende la inutilidad de hacer tan sólo mártires entre los
cristianos, y pretende ahora organizar en manera sistemática su total
exterminio. Inventa nuevos artificios Y seducciones; se ha de emplear el
soborno y los halagos. Después, en caso de negarse, la opresión, el destierro,
la confiscación de bienes y los tormentos. Sólo, como en último recurso, se les
había de condenar a muerte.
Por el año 250 hace que
se publique un edicto general en el Imperio, por el que se citan a los
tribunales, con el fin de que sacrifiquen a los dioses, a todos los cristianos
de cualquier clase y condición, hombres, mujeres y niños, ricos y pobres,
nobles y plebeyos. Es suficiente, para quedar libres, que arrojen unos granitos
de incienso en los pebeteros que arden delante de las estatuas paganas o que
participen de los manjares consagrados a los ídolos. Al que se negara, se le
privaba de su condición de ciudadano, se le desposeía de todo, se le condenaba
a las minas, a las trirremes, a otros tormentos más refinados y a la misma
esclavitud.
El intento del emperador, al decir de San Cipriano, no era el de no
"hacer mártires", sino "deshacer cristianos", con todos los
malos tratos posibles, pero sin el consuelo de la condenación y de la muerte.
Esto se vino a hacer con nuestra santa, Águeda, que por entonces residía en
Catania, donde mandaba, en nombre del emperador, el déspota Quinciano, gobernador
de la isla de Sicilia.
Si hemos de creer a las
Actas, ya de antes Quinciano, el procónsul, se había enamorado de Águeda,
"cuya belleza sobrepujaba a la de todas las doncellas de la época".
Esta había rechazado siempre sus pretensiones, y ahora el desairado gobernador
se prometía reducirla intimándola con la persecución y los tormentos a que se
hacía acreedora por su constancia en defender la religión cristiana.
Obedeciera o no a esta
medida, el hecho es que Agueda, como tantos cristianos de la isla, fue llevada
ante el tribunal para que prestara también su sacrificio a los dioses. La Santa
no teme a la muerte, pero le hacen temblar los infames propósitos del
gobernador para hacerla suya. Decidida y llena de fe y de confianza, ofrece de
nuevo al Señor su virginidad y se prepara para el martirio.
No eran éstos, sin
embargo, los propósitos inmediatos del procónsul que, para forzar su voluntad e
intimidarla, la pone en manos de una mujer liviana y perversa, y en compañía de
otras de su misma deplorable condición. Durante treinta días estuvo la Santa
sufriendo duramente en su sensibilidad, pero no pudieron desviarla de seguir en
su propósito de esposa de Jesucristo.
Desengañado, el
procónsul manda llamar a Águeda a quien increpa ásperamente: "Pero tú, ¿de
qué casta eres?" "Aunque soy de familia noble y rica-le contesta-, mi
alegría es ser sierva y esclava de Jesucristo".
Quinciano se enfurece.
Le hace ver los castigos a que la va a condenar si sigue en su decisión, como a
un vulgar asesino; la vergüenza que con ello vendría a su familia, la juventud,
la hermosura que va a desperdiciar...
"¿No comprendes, le
insinúa, cuán ventajoso sería para ti el librarte de los suplicios?"
"Tú sí que tienes
que mudar de vida, le responde, si quieres librarte de los tormentos
eternos."
Desarmado ante tal
fortaleza, Quinciano manda la sometan al rudo tormento de los azotes, y ya
despechado, sin tener en cuenta los sentimientos más elementales de humanidad,
hace que allí mismo vayan quemando los pechos inmaculados de la virgen, y se
los corten después de su misma raíz. Deshecha en su cuerpo y en los espasmos de
un fiero dolor, es arrojada la Santa en el calabozo, donde a media noche se le
aparece un anciano venerable, que le dice dulcemente: "El mismo Jesucristo
me ha enviado para que te sane en su nombre. Yo soy Pedro, el apóstol del
Señor". Águeda queda curada, da gracias a Dios, pero le pide a su vez que
le conceda por último la corona del martirio.
Pronto el gobernador la
vuelve a llamar a su tribunal.
-¿Quién se ha atrevido a
curarte?
-Jesucristo, Hijo de
Dios vivo.
-¿Aún pronuncias el
nombre de tu Cristo?...
-No puedo -le responde
decidida- callar el nombre de Aquel que estoy invocando dentro de mi corazón.
Quinciano quiere tentar
la última prueba. Allí mismo prepara una hoguera de carbones encendidos y hace
extender el cuerpo desnudo de la Santa sobre las brasas. En esto, un espantoso
terremoto se extiende por toda la ciudad. Mueren algunos amigos del gobernador.
El pueblo mismo se solivianta. Y entonces Quinciano manda se lleven de su
presencia a la heroica doncella, que está casi a medio expirar. Cuando la
vuelven a meter en el calabozo, su alma se le va saliendo por las heridas, y
después de balbucir: "Gracias te doy, Señor y Dios mío", descansa
tranquila en la paz de su martirio y de su virginidad. Era el 5 de febrero del
año 251, último de la persecución de Decio.
Los cristianos recogen
sus reliquias y pronto se extiende por todas las cristiandades la fama de su
heroísmo. Con la paz de la Iglesia, escriben de ella los Padres y Doctores y
son numerosos los templos que van levantándose por todas partes en su honor. En
el pueblo queda prendida la llama de su constancia y de su martirio, llegando a
ser su devoción una de las más extendidas de todos los tiempos.
Las reliquias de Santa Águeda
reposaron en un principio en Catania, pero ante el temor de los sarracenos
fueron llevadas por un tiempo a Constantinopla, de donde se rescataron por fin
en el año 1126. Hoy se veneran todavía en la misma ciudad que fuera testigo de
su martirio.
Fuente: Mercaba
