Jesucristo es el único que puede «quitar el
pecado del mundo»
San
Pedro, en la primera predicación del Evangelio, el mismo día de Pentecostés,
dijo de Jesús a muchos oyentes de nacionalidades diversas: «no hay salvación en
ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el
que podamos salvarnos» (Hch 4,12).
San
Ireneo es uno de los más antiguos y venerables Padres de la
Iglesia. Fue discípulo de San Policarpo (+155), el obispo de Esmirna, en el
Asia Menor. Emigró a las Galias, y fue consagrado como obispo de Lyon, y
después de haber predicado y escrito con gran fuerza y lucidez sobre la
verdadera fe católica, combatiendo a los herejes, a los gnósticos
concretamente, murió mártir de Cristo (+200). El texto que sigue es un
fragmento de su obra Adversus haereses (III, 20,2-3), y en la Liturgia de
las Horas se lee el 19 de diciembre.
La
gloria del hombre es Dios; el hombre, en cambio, es el
receptáculo de la actuación de Dios, de toda su sabiduría y su poder.
De
la misma manera que los enfermos demuestran cuál sea el médico, así los hombres
manifiestan cuál sea Dios. Por lo cual dice también Pablo: Pues «Dios nos
encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos» (Rm 11,32).
Esto lo dice del hombre, que desobedeció a Dios y fue privado de la
inmortalidad, pero después alcanzó misericordia y, gracias al Hijo de Dios,
recibió la filiación que es propia de éste.
Si
el hombre acoge sin vanidad ni jactancia la verdadera gloria procedente de
cuanto ha sido creado y de quien lo creó, que no es otro que el Dios
omnipotente que hace que todo exista, y si permanece en el amor, en la sumisión
y en la acción de gracias a Dios, recibirá de él aún más gloria, así como un
acrecentamiento de su propio ser, hasta hacerse semejante a
aquel que murió por él.
Porque
el Hijo de Dios se encarnó en una carne pecadora como la nuestra, a fin de
condenar al pecado y, una vez condenado, arrojarlo fuera de la carne.
Asumió la carne para incitar al hombre a hacerse semejante a él y para
proponerle a Dios como modelo a quien imitar. Le impuso la obediencia al Padre
para que llegara a ver a Dios, dándole así el poder de alcanzar al Padre. La
Palabra de Dios, que habitó en el hombre, se hizo también Hijo del hombre, para
habituar al hombre a percibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre, según el
beneplácito del Padre.
Por
esta razón el mismo Señor nos dio como señal de nuestra salvación al que es Dios-con-nosotros
[el Emmanuel], nacido de la Virgen, ya que era el Señor mismo quien salvaba
a aquellos que no tenían posibilidad de salvarse por sí mismos;
por lo que Pablo, al referirse a la debilidad humana, exclama: «Sé que no es
bueno eso que habita en mi carne (Rm 7,18), dando a entender que el bien de
nuestra salvación no proviene de nosotros, sino de Dios; y añade: «¡Desgraciado
de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo cautivo de la muerte?» Después de lo
cual se refiere al libertador: «la gracia de nuestro Señor Jesucristo» (Rm
7,2-25).
También
Isaías dice lo mismo: «Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas
vacilantes; decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios
que trae el desquite, viene en persona y Él os salvará» (Is
35,3-4). Porque hemos de salvarnos, no por nosotros mismos, sino con la ayuda
de Dios.
Fuente:
InfoCatólica
