Una de nuestras tentaciones más frecuentes suele ser la de soñar con un cambio de escenario, como condición para lograr la felicidad deseada
Se
equivocan quienes piensan que la felicitación navideña es un acto protocolario
y vacío de contenido. Muy al contrario, se trata de una tradición destinada a
refrescar nuestra memoria, de forma que caigamos en la cuenta de que la Navidad
es auténticamente “reveladora” del motivo que a todo ser humano se le ofrece,
para colmar su felicidad.
El Cielo se inauguró en Belén
El Cielo se inauguró en Belén
Las religiones que no han partido de la Biblia como fuente de la Revelación,
han caído inexorablemente en el error de imaginar el más allá de la muerte –y
más en concreto, el Cielo- como un lugar maravilloso y fascinante, que
garantiza la felicidad del hombre. La felicidad del Paraíso consistiría en la
fortuna de vivir en un lugar extraordinario, en el que el hombre podrá incluso
saciar sus apetencias y encontrar los placeres que en esta vida ha deseado, sin
haberlos podido alcanzar. Es decir, fuera de la Palabra de Dios, la imagen que
el hombre se ha forjado del Cielo ha sido tan material y carnal, como ridícula.
Sin embargo, la Revelación cristiana es muy distinta. Nosotros creemos que la
felicidad que se nos ofrece en el Cielo consiste en vivir con Jesucristo,
compartiendo nuestra vida con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. La
felicidad no la da un “lugar”, ni la satisfacción de unos placeres, sino el
vivir “con el Señor” (cfr. 2 Co 5, 8). El Cielo consiste en dejarnos amar por
Dios en plenitud, por toda la eternidad.
Una vez purificadas las falsas imágenes sobre la Vida Eterna, entendemos la
razón para nuestra felicitación navideña: ¡el Cielo comenzó en Belén hace dos
milenios! En efecto, aquella fue la primera vez que se nos ofreció la
posibilidad de iniciarnos en esa experiencia de eterna felicidad: “¡Vivir con
Él!”. Paradójicamente, Él se abajó y tomó nuestra condición humana, para que
nosotros pudiésemos “habitar” con Él.
Poco importa que el “lugar” fuese tan pobre como un establo, y que al Hijo de
Dios se le hubiesen negado los “espacios más dignos” de aquella ciudad.
¡Aquella cuadra era el Cielo, porque el Cielo es Jesús!
Felicidad, ¡ya!
Una de nuestras tentaciones más frecuentes suele ser la de soñar con un cambio
de escenario, como condición necesaria para lograr la felicidad deseada: “¡Si
encontrase otro trabajo…! ¡Si pudiese marchar a otro lugar…! ¡Si cambiase esta
situación adversa…!”. Parece como si la felicidad fuese siempre una
reivindicación pendiente, condicionada al lugar y a las circunstancias que nos
rodean…
Sin embargo, cuando la tradición cristiana felicita las Navidades, no lo hace
al modo de quien aspira a un anhelo, sino como un recordatorio del don que ya
nos ha sido dado en Belén. Somos “ya” felices y dichosos, porque en Él lo
tenemos todo. ¡El Cielo ya ha comenzado en la tierra: en todos aquellos que han
acogido a Jesús, como el Hijo de Dios!
Así es como esta Navidad viviremos unas fiestas verdaderamente “felices”: si
ponemos al Señor en el centro de nuestras vidas. Él llenará de paz nuestros
corazones y nuestros hogares.
Por:
Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre
Fuente:
www.enticonfio.org
