La vida de oración de cada persona se puede enriquecer muchísimo haciendo el esfuerzo de fijar la atención en los misterios del rosario
Hay muchas maneras de elevar la mente a Dios. Y hacerlo, es una de las
mejores cosas a las que podemos dedicar nuestra atención. Elevar la mente
a Dios siempre es fructífero, ya que Dios siempre nos mira con amor y está
atento a lo que pasa por nuestro corazón. Y tiene tanto que decirnos. Tanto,
tanto que es necesario abrir más el cauce para poderlo escuchar cada vez con
mayor claridad y con mayor gusto.
El Rosario es un
cauce privilegiado por el que Dios nos habla. Y esto por el hecho de que a lo
largo de sus veinte misterios recorremos algunas de las principales acciones de
Dios en beneficio de los hombres; a través de la contemplación de estos
misterios podemos irnos familiarizando con Dios y con los amigos de Dios, con
aquellos que pudieron convivir con Jesús durante los años de su vida terrena.
“Como dos amigos,
frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros,
conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del
Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser,
en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos
eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto”
(Beato Bartolomé Longo, citado por San Juan Pablo II en Rosarium Virginis
Mariae, 18).
¿Cómo meditar los
misterios del Rosario? Hay muchas maneras, infinitas. Puede uno imaginarse una
obra de arte en la que se represente el misterio, recordar una frase de la
Sagrada Escritura que haga referencia a cada uno de ellos, puede detenerse en
los personajes involucrados, o fijar la atención en la enseñanza más evidente
que transmite el misterio. Puede uno, como alguna vez hizo san Josemaría,
considerar una virtud nada más; por ejemplo, la humildad en los misterios
gozosos.
“Recordad los
misterios gozosos: nos admiramos de aquella humildad de Jesús, que se anonadó a
Sí mismo tomando forma de siervo, tomando carne como la nuestra. Sin el pecado,
pero igual a la nuestra. Humildad que le hace estar, como los demás, el tiempo
necesario en el seno de la Madre. Contemplamos a la Madre, que se humilla y va
por las montañas de Judea a ver a su prima, Santa Isabel. Contemplamos..., y
nos conmueve, aquella escena encantadora donde se compone el Magnifcat.
Luego nace Jesús:
como nosotros, sólo que con mayor pobreza: fuera de su casa, en un rincón. Non
erat eis locus in diversorio: no hubo para ellos lugar en la posada. Siendo de
la estirpe real de David, el Señor quiso nacer pobre y vivir pobre. Y cuando
hace que los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, cuenten la
historia de los antepasados de Jesús, en el relato aparecen unas cuantas mujeres,
que no son precisamente un modelo de virtudes; alguna de ellas, ni mucho menos.
Para que tengamos nosotros amor y comprensión y, a través de Jesús, sepamos
disculpar a las gentes.
A continuación vemos
cómo la Santísima Virgen va al Templo a purificarse: cuando más pura que Ella,
sólo es Dios. ¡Modelo de humildad! Y nosotros, llenos de soberbia... Al final,
después de estas escenas de humildad, se nos desborda el alma en generosidad,
para ocuparnos de las cosas de Dios, como hizo el Niño —cuando lo encuentran en
el Templo, después de buscarle tres días—, que ése es el tema del último
misterio: ¿no sabéis que me he de ocupar en las cosas que son de mi Padre del
Cielo?” (Notas de una reunión familiar, 16-XI-1967, citado en Carta del Prelado
Diciembre 2011, en opusdei.org).
Podemos meditar los
misterios buscando algún otro elemento común a cada tipo de misterio, por
ejemplo, “la escucha” en los misterios luminosos: en el primero Dios Padre
habla y aprueba a Jesús, como diciendo aprendan de él, todo lo que haga merece
ser aprendido e imitado; en el segundo la Virgen nos anima igualmente a estar
atentos a lo que diga Jesús, para obedecerlo; en el tercero, Jesús habla invitando
a la conversión; en el cuarto se vuelve a oír la voz del Padre que vuelca su
ternura sobre su Hijo como aprobando su obediencia ante la inminente pasión y
animando a escucharlo; y en el quinto, a sus discípulos más cercanos, que lo
escuchan atentamente, les dice qué hacer: hagan esto en memoria mía.
La vida de oración
de cada persona se puede enriquecer muchísimo haciendo el esfuerzo de fijar la
atención en los misterios. Los misterios del Rosario los podemos meditar
brevemente ya sea cuando rezamos el Rosario o en cualquier otro momento del día
en el que encontramos suficiente silencio como para mirar al interior: entre
una actividad y otra, en un traslado o simplemente cuando uno busca dedicar un
tiempo a este ejercicio de piedad. “Enunciar el misterio, y tener tal vez la
oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como
abrir un escenario en el cual concentrar la atención.
Las palabras
conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de
la vida de Cristo” (Juan Pablo II, ibid, 29). Esta imagen puede ser una
palabra. En este librito se ofrecen veinte palabras, una para cada misterio. Y
cada letra de cada palabra inicia un renglón de un breve verso, de tal forma
que la palabra entera forma un acróstico, en el que se resaltan algunas ideas
encerradas en el respectivo misterio.
Si uno desea meditar
todos los días los misterios del Rosario, estas palabras le pueden ayudar. Ya
sea repitiendo sólo la palabra, todo el acróstico, parte de él... o si le gusta
este modo, construyendo sus propios versos para elevar la mente a Dios.
Con permiso del autor: Juan Pablo Lira
Fuente: 20 palabras para meditar los misterios
del Rosario