Este
es el tema de la segunda catequesis preparatoria para el Encuentro Mundial de
las Familias que tendrá lugar en Dublín
¡Madre,
ayuda nuestra fe! Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz
de Dios y su llamada. Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo
de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe. Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe está llamada a crecer y a madurar. Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado. Recuérdanos que quien cree no está nunca solo. Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino. Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor. (Papa Francisco, Encíclica Lumen fidei 29 junio 2013)
El
icono evangélico, trasfondo de esta catequesis, nos hace tomar conciencia inmediatamente
de la profundidad religiosa de la Sagrada Familia de Nazaret. Como leemos en el
Evangelio de Lucas, cada año, precisamente para la fiesta de la Pascua, José y
María con Jesús van juntos al templo de Jerusalén para llevar a cabo su acto de
fe. Estamos ante una familia en la que todos los miembros, padre, madre e hijo,
juntos emprenden un largo camino, con todas las penalidades y acontecimientos
imprevistos del tiempo (hasta el punto de que en el camino de regreso Jesús se
llega a perder), para celebrar su acto de acción de gracias pascual a Dios por
la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Es una familia
que, al hacer memoria del amor salvador de Dios, lo hace vivo y activo en su
presente con vistas a un futuro en el que la fidelidad divina dará plenitud y
cumplimiento a Su promesa. La peregrinación no es sólo un simple acto
devocional y religioso que forma parte de las tradiciones del propio pueblo.
Ciertamente
no es nuevo el ver a familias enteras, con todos sus miembros, participando en
fiestas religiosas que atraen la atención de comunidades enteras, como la
fiesta del Santo Patrono o los eventos religiosos que caracterizan a algunas
culturas en su vivencia de los tiempos fuertes del año litúrgico, especialmente
la Navidad, Semana Santa y Pascua. Lo que hace la Sagrada Familia no es sólo un
acto tradicional, sino algo que revela un importante “background” que conocemos
a través de los anteriores pasajes 2 evangélicos, antes de la narración de este
episodio. Tanto María como José son interpelados por una Palabra que, viniendo
de lo Alto de una manera completamente inesperada y sorprendente, les provoca
una respuesta de fe. Si no se realiza una lectura en profundidad de los dos
relatos evangélicos, el de Lucas sobre María y el de Mateo sobre José, es
difícil comprender la total adhesión de fe de ambos al misterioso proyecto
divino. A menudo damos por sentado y por evidente que la aparición del ángel a
María se realiza en su casa de Nazaret y la del ángel a José en el sueño, y nos
parece normal que ambos den su consentimiento.
En
realidad, los dos relatos evangélicos están destinados a transmitir un
encuentro con lo divino y su consiguiente llamada envuelta en un misterio tan
profundo que las palabras no serían capaces de expresarlo. Lucas no habla
precisamente de una aparición, sino que usa la expresión “entrando donde ella”
(Lc 1,28), mientras que Mateo, aunque escribe “un ángel del Señor se le
apareció en sueños” (Mt 1,20), afirma que la manifestación de lo divino no es
tan evidente porque en realidad sucede en el sueño. Por lo tanto, no es la
llamada “teofanía” el mensaje central de los dos evangelistas, sino la Palabra
de Dios que interpela el corazón de María y el corazón de José a una respuesta
total que marcará toda su vida.
Esta
Palabra comunica, informa, anuncia, indica y hace tomar conciencia a las dos
personas de acontecimientos nuevos, extraordinarios e inesperados, pero sobre
todo quiere crear una relación con la persona interpelada. Dios comunica a
ambos la misma Palabra: “No temas” (Lc 1, 30; Mt 1, 20). En este sentido, las
palabras del Papa Francisco en Amoris laetitia son esclarecedoras: «la Palabra
de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una
compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de
algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios “enjugará las
lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (Ap 21,
4)» (Al 22).
Si
María y José van cada año al templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua,
bien dispuestos a los sacrificios y acontecimientos imprevistos que conllevaba
un viaje de aquel tiempo, llevando también consigo a Jesús, es porque han
experimentado y continúan experimentando la Palabra de Dios en su vida concreta.
Toda su historia es una trama tejida con el mismo hilo: la Palabra. Es la
Palabra la que los conduce a dar a luz a Jesús en la gruta de Belén, cumpliendo
lo que la Escritura había profetizado por medio de Miqueas: «Y tú, Belén,
tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá;
porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» (Mt 2, 6);
es la misma Palabra la que los invita a huir a Egipto para salvar a Jesús de
las manos de Herodes (Mt 2,13); y sigue siendo la Palabra la que los hace
volver a la tierra de Israel una vez que Herodes ha muerto (Mt 2, 19-23).
La
Sagrada Familia con sus vicisitudes nos enseña a todos que la Palabra de Dios
no es una transmisión de verdades religiosas, ni una catequesis, ni una enseñanza
de normas morales para poner en práctica; la Palabra es una relación viva y
profunda con Dios que se convierte en historia en la vida de cada familia. Por
3 eso el lugar original en el que se transmite la narración de la experiencia
de la Palabra divina es precisamente la familia, como afirma el mismo Papa
Francisco: «La Biblia considera también a la familia como la sede de la
catequesis de los hijos. Eso brilla en la descripción de la celebración pascual
(cf. Ex 12, 26-27; Dt 6, 20-25), y luego fue explicitado en la haggadah judía,
o sea, en la narración dialógica que acompaña el rito de la cena pascual.
Más
aún, un Salmo exalta el anuncio familiar de la fe: “Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos
a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que
realizó. Porque él estableció una norma para Jacob, dio una ley a Israel: él
mandó a nuestros padres que lo enseñaran a sus hijos, para que lo supiera la
generación siguiente, y los hijos que nacieran después. Que surjan y lo cuenten
a sus hijos” (Sal 78,3-6). Por lo tanto, la familia es el lugar donde los
padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus hijos. Es una
tarea artesanal, de persona a persona: “Cuando el día de mañana tu hijo te
pregunte [...] le responderás…” (Ex13, 14) » (Al 16).
Estamos
tan acostumbrados a reducir la transmisión de la fe a la sola enseñanza de
normas, verdades, prácticas religiosas, que llegamos a olvidar que la fe es una
experiencia viva y concreta de Dios. Pero si esta experiencia no se realiza y
no se hace carne entre las cuatro paredes domésticas, la fe cristiana se limita
a un mero acto religioso ritual dentro de los edificios de nuestras iglesias
con muy pocas resonancias en la realidad cotidiana. Es común quejarse de que
los muchachos y jóvenes de hoy, habiendo completado el proceso de iniciación
cristiana con la admisión a los sacramentos, ya no frecuentan las parroquias,
ya no entran en las iglesias para ningún acto litúrgico, ni siquiera para las
llamadas “fiestas de precepto” de Navidad y Pascua. Hay pocas personas que se
pregunten cómo puede ser que un joven tenga el deseo de ir a la iglesia si no
experimenta la concreción de la Palabra de Dios en el hogar y en la vida
cotidiana.
Es
urgente, por lo tanto, cambiar de esquemas y comenzar de nuevo como si
Jesucristo fuera anunciado por primera vez. Con razón, el Papa Francisco
insiste mucho en esto: «Ante las familias, y en medio de ellas, debe volver a
resonar siempre el primer anuncio, que es “lo más bello, lo más grande, lo más
atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”, y “debe ocupar el centro de la
actividad evangelizadora”. Es el anuncio principal, “ese que siempre hay que
volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a
anunciar de una forma o de otra”. Porque “nada hay más sólido, más profundo,
más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio” y “toda formación cristiana
es ante todo la profundización del kerigma” » (Al 58).
¿Cómo
podemos anunciar el kerigma hoy en día? Una vez más José y María nos preparan
el camino. No van a Jerusalén para una fiesta ordinaria, sino precisamente para
la Pascua, que no sólo es la fiesta más importante para el pueblo de Israel,
por su significado, sino que es la que realmente toca la experiencia concreta
de la persona. En otras palabras, los padres de Jesús han experimentado la 4
Pascua en los acontecimientos de sus vidas; no es pura memoria del pasado, no
es sólo una celebración ritual, sino una experiencia viva de muerte y
resurrección en su existencia.
Ciertamente
no tienen el más mínimo conocimiento y conciencia de la Pascua del Hijo Jesús,
pero sabemos que los que escriben en el Evangelio toman siempre como punto de
partida el kerigma, la proclamación fundamental de la muerte y resurrección de
Cristo y luego narran todos los demás episodios a la luz de este
acontecimiento. María y José viven su ser Familia siguiendo los ritmos de la
Palabra porque están totalmente injertados en la lógica pascual. De la misma
manera, la Palabra de Dios se hace carne en cada una de las llamadas Iglesias
domésticas cuando se vive el misterio pascual en la vida familiar; aún más, es
precisamente la Pascua de Cristo la que da gusto y sabor de familia a nuestros
hogares.
Y
la Pascua no es una idea, o una verdad o un anuncio a transmitir a las
familias, sino que ya está presente en cada familia desde el día de la
celebración del sacramento del matrimonio. El sacramento nupcial es la
actualización del misterio pascual de Cristo vivo y operante en su relación de
amor. ¿Cuántos esposos cristianos son conscientes de esta extraordinaria
verdad? ¿Cuántos saben que su vida conyugal y familiar, en virtud de la gracia
matrimonial dada por el Sacramento del matrimonio, es una continua celebración
de la Pascua? ¿A cuántas personas les ha sido revelado que todos los
acontecimientos de sufrimiento, dolor y muerte se injertan en la lógica
pascual, razón por la cual no existe ningún acontecimiento, por muy doloroso
que sea, que no sea el preludio de una sorprendente resurrección? Si nadie
desmiga la Palabra de Dios para ellos, ¿quién podrá jamás elevar su mirada y
percibir el Gran Misterio oculto en su carne? Es por eso que «los Padres
sinodales también remarcaron que «la Palabra de Dios es fuente de vida y
espiritualidad para la familia.
Toda
la pastoral familiar deberá dejarse modelar interiormente y formar a los
miembros de la iglesia doméstica mediante la lectura orante y eclesial de la
Sagrada Escritura. La Palabra de Dios no sólo es una buena nueva para la vida
privada de las personas, sino también un criterio de juicio y una luz para el
discernimiento de los diversos desafíos que deben afrontar los cónyuges y las
familias”» (Al 227). Para que nuestras familias se conviertan en lo que son en
virtud del Sacramento, es esencial tener una pastoral ordinaria que se mueva y
se oriente en esta dirección. Es un trabajo artesanal que requiere pequeñas
atenciones cotidianas para allanar el camino hacia una verdadera espiritualidad
conyugal y familiar.
Por
lo tanto, es muy valiosa la contribución y el apoyo de los pastores que están
llamados a «alentar a las familias a crecer en la fe. Para ello es bueno animar
a la confesión frecuente, la dirección espiritual, la asistencia a retiros.
Pero no hay que dejar de invitar a crear espacios semanales de oración
familiar, porque «la familia que reza unida permanece unida». A su vez, cuando
visitemos los hogares, deberíamos convocar a todos los miembros de la familia a
un momento para orar unos por otros y para poner la familia en las manos del
Señor. Al mismo tiempo, conviene alentar a cada uno de los cónyuges a tener
momentos 5 de oración en soledad ante Dios, porque cada uno tiene sus cruces
secretas. ¿Por qué no contarle a Dios lo que perturba al corazón, o pedirle la
fuerza para sanar las propias heridas, e implorar las luces que se necesitan
para poder mantener el propio compromiso?» (Al 227).
En
vez de enseñar, o de instruir o de educar, el Papa Francisco habla varias veces
de “alentar”, porque sabe que el verdadero arte del maestro no es sólo saber
enseñar, sino sobre todo infundir fuerza ante las dificultades y ser capaz de
transmitir más con el corazón que con la razón lo que se quiere dar al otro. El
Santo Padre es muy consciente de que se necesita mucho coraje para formar una
familia, y él mismo está muy sorprendido (y así lo escribe al principio de
Amoris laetitia) de que «a pesar de las numerosas señales de crisis del
matrimonio, “el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los
jóvenes, y esto motiva a la Iglesia”» (Al 1).
Rezar,
pues, ante un drama familiar, como la pérdida repentina de un hijo o la muerte
prematura del cónyuge o la pérdida del trabajo de ambos o una fuerte crisis de
pareja, no es tan fácil y evidente. Si uno no entra en la lógica del misterio
pascual que siempre está vivo y operante en cada matrimonio, las enseñanzas
siguen siendo palabras que vuelan fácilmente al primer soplo de viento. Por lo
tanto, necesitamos mucho ánimo, pero también necesitamos testimonios concretos que
allanen el camino y muestren que en Cristo muerto y resucitado todo es posible.
Qué mejor testimonio de vida podemos encontrar que la Familia de Nazaret.
Las
familias «como María, son exhortadas a vivir con coraje y serenidad sus
desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y a custodiar y meditar en el
corazón las maravillas de Dios (cf. Lc 2, 19.51). En el tesoro del corazón de
María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias,
que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para
reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios» (Al 30). La Palabra de
Dios, por lo tanto, da a cada familia la sabiduría de vida y la luz necesaria
para poder interpretar cada acontecimiento familiar, grande o pequeño, y así
gustar el preludio de las Bodas Eternas a las que cada familia ha sido llamada
desde siempre.
En Familia
Reflexionemos
1.
¿Por qué se ve a menudo la Palabra de Dios en nuestras familias como algo
lejano, puramente religioso e incomprensible? ¿Cuáles son las causas y posibles
propuestas?
2.
Rara vez una familia, en tiempos de profundas dificultades y duras crisis, se
vuelve hacia la Palabra de Dios para encontrar luz y apoyo. ¿Qué ha faltado
para hacerlo y qué se puede hacer?
Vivamos
1.
¿Ha habido acontecimientos familiares en los cuales la Palabra de Dios fue
verdaderamente encarnada dentro de vuestro hogar?
Contadlo.
6 2. La Pascua se celebra en familia sólo si se vive. Dar sabor de Pascua a los
acontecimientos familiares es como degustar el vino nuevo de las bodas de Caná.
A la luz de la catequesis, ¿habéis experimentado el misterio pascual vivo y
operante en vuestro hogar?
En Iglesia Reflexionemos
1.
Si «la Biblia está poblada de familias» (Al 8), come nos dice el Papa
Francisco, ¿Cómo es que la Sagrada Escritura para las familias de hoy en día
resulta demasiado abstracta y demasiado distante? ¿Qué pastoral o, mejor, qué
espiritualidad ha faltado en nuestras comunidades cristianas?
2.
Somos testigos, de que cada vez hay menos católicos que asisten a nuestras
liturgias y a menudo nos detenemos ante este signo externo, síntoma de un
problema más profundo. ¿Cómo podría o debería la Iglesia afrontar esta
situación?
Vivamos
1.
¿Cómo podemos hacer para que la Biblia no sólo entre o sea leída en las casas
sino que se convierta en una verdadera luz para las familias?
2.
¿Se está más preocupado por celebrar el misterio pascual en nuestras Iglesias y
se le da menos importancia a vivirlo en familia? ¿Cuáles podrían ser las
propuestas para un cambio de mentalidad?
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Patricia
Ynestroza-Ciudad del Vaticano
Vatican News
