LAS RAÍCES DEL MAL
I. La naturaleza humana en estado de justicia y
santidad original.
II. Solidaridad de todos los hombres en Adán.
Transmisión del pecado original y de sus consecuencias. La lucha contra el
pecado.
III. Orientar de nuevo a Dios las realidades
humanas.
“En
aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta
gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a
llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Unos letrados de
Jerusalén decían: -‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el
poder del jefe de los demonios’.
Él los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: -‘¿Cómo va a echar
Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia
dividida no puede subsistir. Si Satanás se revela contra sí mismo, para hacerse
la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un
hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces
podrá arramblar con la casa.
Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre’.
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: -‘Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan’.
Les contestó: -‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y, pasando la mirada por el corro, dijo: -‘Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’”(Marcos 3,20-35).
I. Puso Dios al hombre en la cima de la Creación, para que
dominase sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y
las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven en ella. Por eso le
dotó de inteligencia y de voluntad, de modo que libremente diera a su Creador
una gloria mucho más excelente que la ofrecida por el resto de las criaturas. Pero,
llevado de su amor, Dios decretó además elevar al hombre para que tomara parte
en su vida divina y conociese de algún modo sus íntimos misterios, que superan
absolutamente todas las exigencias naturales.
Para
este fin, Dios le revistió gratuitamente de la gracia santificante y de las
virtudes y dones sobrenaturales, constituyéndole en santidad y justicia y
dándole capacidad para obrar sobrenaturalmente. Mediante la gracia, el alma se
transforma, de modo que, sin dejar de ser humana, se diviniza: como el hierro
cuando se mete en el fuego, que se vuelve incandescente, transformándose en
algo parecido al fuego mismo; aunque éste es un ejemplo imperfecto, pues la
gracia realiza una transformación mucho más profunda que la que produce el
fuego en el hierro.
Dios
enriqueció además la naturaleza de Adán con los dones, también gratuitos, de la
inmunidad de la muerte, de la concupiscencia y de la ignorancia, llamados dones
preternaturales. Esta rectitud de la naturaleza humana en el estado de justicia
original provenía de la sujeción perfecta, libre, de la voluntad del hombre a
su Creador. El hombre, fortalecido con estos dones, no podía engañarse al
conocer y era inmune a todo error. El cuerpo mismo gozaba de la inmortalidad,
«no por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural impresa en el alma que
preservaba el cuerpo de la corrupción mientras estuviese unido a Dios». En
Adán, Dios contempla a todo el género humano.
El don
de justicia y de la santidad originales «había sido dado al hombre, no como a
persona singular, sino como principio general de toda la naturaleza humana, de
modo que después de él se propagara mediante la generación a todos los hombres
posteriores». Todos hubiéramos nacido en amistad con Dios, y embellecidos alma
y cuerpo con las perfecciones otorgadas por el Señor. Y llegado el momento,
habría confirmado a cada uno en la gracia, arrebatándolo de la tierra sin dolor
y sin pasar por el trance de la muerte, para hacerle gozar de su eterna
felicidad en el Cielo.
Así
derramó Dios su bondad sobre el primer hombre, y éste era el plan divino. Y
para realizarlo, quiso Dios que el hombre cooperara libremente con la gracia,
de modo semejante a como nos pide ahora a nosotros, durante este rato de
oración, la correspondencia a tantas gracias que recibimos. Aquí en la tierra
hemos de ganarnos el Cielo, para toda la eternidad.
II. «La presencia de la justicia original y de la perfección en
el hombre, creado a imagen de Dios, que conocemos por la Revelación, no excluía
que este hombre, en cuanto criatura dotada de libertad, fuera sometido desde el
principio, como los demás seres espirituales, a la prueba de la libertad». Puso
Dios una sola condición al hombre: de todos los árboles del paraíso puedes
comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día
que de él comieres ciertamente morirás. Conocemos por la Sagrada Escritura la
triste transgresión de este mandato, y hoy leemos en la Primera lectura de la
Misa el estado en que quedó el hombre. El diablo mismo, bajo la figura de serpiente,
incitó a la primera mujer a desobedecer el mandato divino: tomó de su fruto y
comió, y dio también de él a su marido, que también comió.
Inmediatamente
se rompió la sujeción al Creador y la armonía que había en sus potencias se
desintegró, perdió la santidad y la justicia original, el don de la
inmortalidad, y cayó «en el cautiverio de aquel que tiene el imperio de la
muerte (Hebr 2, 14), es decir, del diablo; y toda la persona de Adán por
aquella ofensa de prevaricación fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma».
Fue expulsado del paraíso y, aunque la naturaleza humana quedó íntegra en su
propio ser, encuentra desde entonces graves obstáculos para realizar el bien,
porque siente también la inclinación al mal. El pecado original, personalmente
cometido por nuestros primeros padres en el comienzo de la historia, se propaga
por generación a cada hombre que viene a este mundo. Es una verdad de fe
declarada en ocasiones diversas por la Iglesia.
La
realidad del pecado original y el conflicto que crea en la intimidad de cada
hombre es un dato comprobable. La fe explica su origen, y todos experimentamos
sus consecuencias. «Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la
experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su
inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener su
origen en su santo Creador». Sin la gracia, la criatura humana se percibe
impotente para recuperar su propia dignidad.
Pablo
VI enseña que el hombre nace en pecado, con una naturaleza caída, sin el don de
la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales
y sometida al imperio de la muerte. Además, «el pecado original se transmite
juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación», y «se halla
como propio en cada uno».
Se da
una misteriosa solidaridad de todos los hombres en Adán, de modo que «todos se
pueden considerar como un solo hombre, en cuanto todos convienen en una misma
naturaleza recibida del primer padre». La solidaridad de la gracia que unía a
todos los hombres en Adán antes de la desobediencia original, se transformó en
solidaridad en el pecado. «Por esto, de la misma manera que se hubiera
transmitido a los descendientes la justicia original, se ha transmitido en
cambio el desorden».
El
espectáculo que el mal presenta en el mundo y en nosotros, las tendencias y los
instintos del cuerpo que no andan sujetos a la razón, nos convencen de la
profunda verdad contenida en la Revelación y nos mueven a luchar contra el
pecado, único mal verdadero y raíz de todos los males que existen en el mundo.
«¡Cuánta miseria! ¡Cuántas ofensas! Las mías, las tuyas, las de la humanidad
entera...
»Et in
peccatis concepit me mater mea! (Sal 50, 7). Nací, como todos los hombres,
manchado con la culpa de nuestros primeros padres. Después..., mis pecados
personales: rebeldías pensadas, deseadas, cometidas...
»Para
purificarnos de esa podredumbre, Jesús quiso humillarse y tomar la forma de
siervo (cfr. Flp 2, 7), encarnándose en las entrañas sin mancilla de Nuestra
Señora, su Madre, y Madre tuya y mía. Pasó treinta años de oscuridad,
trabajando como uno de tantos, junto a José. Predicó. Hizo milagros... Y
nosotros le pagamos con una Cruz.
»¿Necesitas
más motivos para la contrición?».
III. Dios expulsó a nuestros primeros padres del paraíso,
indicando así que los hombres vendrían al mundo en un estado de separación de
Dios: en lugar de los dones sobrenaturales, Adán y Eva transmitieron el pecado.
Perdieron la herencia que después habrían de dejar a sus descendientes; ya
entre los primeros hijos de Adán y Eva se dejaron sentir enseguida las
consecuencias del pecado: Caín mata por envidia a Abel. Del mismo modo, todos
los males, personales y sociales, tienen su origen en el primer pecado del
hombre. Aunque el Bautismo perdona totalmente la culpa y la pena del pecado
original y de los pecados personales que pudieran haberse cometido antes de
recibirlo, sin embargo no libra de los defectos del pecado: el hombre sigue
sujeto al error, a la concupiscencia y a la muerte.
El
pecado original fue un pecado de soberbia. Y cada uno de nosotros caemos
también en la misma tentación de orgullo cuando buscamos ocupar en la sociedad,
en la vida privada, en todo, el lugar de Dios: seréis como dioses; son las
mismas palabras que oye el hombre en medio del desorden de sus sentidos y
potencias. Como en los principios, busca también ahora -en muchas ocasiones- la
autonomía que le convierta en árbitro del bien y del mal, y se olvida de su
mayor bien, que consiste en el amor y sumisión a su Creador. Es en Él donde
recupera la paz, la armonía de sus instintos y sentidos, y todos los demás
bienes.
Nuestro
apostolado en medio del mundo nos moverá a situar a cada hombre y a sus obras
(el ordenamiento jurídico, el trabajo, la enseñanza...) en el legítimo lugar
que les corresponde con relación a su Creador. Cuando Dios está presente en un
pueblo, en una sociedad, la convivencia se torna más humana. No existe solución
alguna para los conflictos que asolan el mundo, para una mayor justicia social,
que no pase antes por un acercamiento a Dios, por una conversión del corazón.
El mal está en la raíz -en el corazón del hombre-, y es ahí donde es necesario
curarle. La doctrina sobre el pecado original operante hoy en el hombre y en la
sociedad, es un punto fundamental en la catequesis y en toda formación que no
conviene olvidar.
Ante un
mundo que, en ocasiones, parece profundamente desquiciado, no podemos cruzarnos
de brazos como el que nada puede ante una situación que le supera. No es
necesario que intervengamos en las grandes decisiones, que quizá no nos
competen, pero sí hemos de hacerlo en esos campos que Dios ha puesto a nuestro
alcance para que les demos una orientación cristiana.
Nuestra
Madre Santa María, que «fue preservada inmune de toda mancha de la culpa del
pecado original en el primer instante de su concepción inmaculada por singular
gracia y privilegio» de Dios, nos enseñará a ir ala raíz de los males que nos
aquejan, fortaleciendo ante todo, en cada situación, la amistad con Dios.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
