Me vuelvo hacia María apesadumbrado por mis temores
y angustias
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| Safin Hamed | AFP |
María es Madre, es mi Madre. María
es cercana. En ocasiones confundo respeto con lejanía. Y
adoración con distancia. O siento que si trato con familiaridad lo sagrado
dejará de ser tan sagrado y pasará a ser algo vulgar.
Es cierto que si pierdo el
respeto a quien amo por una excesiva cercanía, se puede acabar perdiendo
también el amor verdadero, el amor respetuoso y tierno. Eso lo sé, lo he
aprendido. Y me da miedo perder ese respeto enaltecedor.
Pero al mismo tiempo sé que
María no está lejos de mí. No la venero desde lejos. María está cerca de mí
porque yo necesito una Madre. Está en medio de mi vida, de mis problemas, de
mis miedos, porque sé que si voy solo me acabo perdiendo.
Muchas veces vivo la vida con
ansiedad. Tengo miedo al futuro, a lo incierto. La incertidumbre me quita la paz. ¿Qué
pasará mañana? ¿Seré fiel hasta la muerte? Dudo.
María
es siempre fiel y me da seguridad.
Me sostiene. Mi amor a Ella expresado en mi alianza también quiere ser para
siempre. Aunque falle con frecuencia.
La quiero para siempre. Puede
ser que luego mis actos no ratifiquen mi sí. Me turban mi fragilidad, mi falta de
memoria, mis despistes continuos, mis olvidos y mis miedos. Y no logro amar como
Ella me ama.
¿Acaso no siento su abrazo
continuo en mi espalda cuando voy caminando rápido sin saber muy bien hacia
dónde? Sí. Ella está allí sujetando mi vida para que no se desplome. Levantando
mi sí para que no caiga herido.
Me vuelvo hacia María
apesadumbrado por mis temores y angustias. Quisiera decirle lo que comenta el
padre José Kentenich: “Claro es que quisiéramos pedirle: – Virgen
María, quítanos todas las preocupaciones. Pero si estas desaparecen ¿qué sería
de nosotros? Podríamos decir las palabras más bonitas, pero estaríamos
saturados de egoísmo”[1].
No
quiero pedirle que me allane el camino, que me quite las cruces. Como tampoco le hubiera pedido a mi
madre siendo niño que apartara las piedras en las que iba a tropezar. Para no
sufrir. Para no caer. Esos momentos de dolor en mi infancia me hicieron más
fuerte.
María
no me aparta las piedras. Pero me sostiene cada vez que caigo. Me levanta de
nuevo. Me da fuerzas
para que mi amor se reponga después de cada derrota. Y me da una confianza
ciega en mi Padre, en Ella.
Si
mi corazón está realmente arraigado en María viviré con más paz ante mis
miedos. Me gusta
pensar que María siempre es fiel a mí, aunque yo me olvide de Ella.
Dice el Padre Kentenich: “María
permanece fiel. No tienen por qué angustiarse. Es cierto que, en general, hay
poca fidelidad. Pero la Santísima Virgen es la Virgen fiel. Ella nos quiere,
aunque andemos con el vestido sucio. Ella nos quiere, incluso si alguna vez le
hemos vuelto las espaldas. Ella permanece fiel, y su fidelidad termina sólo
cuando nos sabe allá arriba en el cielo”[2].
Yo me angustio pensando en su
mirada. ¿Me mirará enfadada? ¿Me mirará exigiéndome que cambie? ¿Me rechazará?
Tengo miedo. Ella es siempre fiel.
Pero ¿creo realmente que su amor
es para siempre, hasta que llegue al cielo? Yo me turbo a menudo. Porque
experimento la frustración y el miedo. Porque no me veo
capaz de amar siempre. De ser fiel siempre.
Me consuela que el amor sea
asimétrico. Eso me da paz. Ella me ama con todo su ser, me ama con locura.
Yo con mis torpezas e
incapacidades no sé amar con locura. Amo torpemente, egoístamente. Pongo
en sus manos mi vida, mis planes, mi camino. Y Ella los toma y los
abraza. Su fidelidad me da fuerzas para la vida.
Me arrodillo ante Ella cada
mañana repitiendo mi sí torpemente. Le digo que quiero amarla hasta el extremo,
y luego tropiezo y caigo. Le digo que estaré a su lado siempre. Y ante las primeras
dificultades de la vida me alejo temeroso.
Tengo
miedo a sufrir. Miedo a que la vida se me complique. Miedo a no ser capaz de resistir en
ambientes hostiles, en circunstancias adversas. Miedo a fracasar y ser
humillado, despreciado, olvidado.
Cuando todo es fácil no dudo en
dar mi sí y seguir adelante. “Lo que tú desees”, le digo a
María. Pero, cuando comienzo a tener miedo, ni siquiera su abrazo me sostiene.
Quiero mirar a María. Miro su sí
fiel al pie de la cruz. Miro su sí valiente al principio del camino cuando todo
son incertidumbres y la única certeza es el amor de Dios. Como yo cada día. Mi
camino es su camino. Mi vida pasa por su sí.
Recuerdo la letra de una canción
que siempre me ha conmovido: “Madre, aquí estoy, toma mi voluntad,
aquello que me ata y no me deja alcanzar la libertad. Madre, aquí estoy, toma
mi soledad, sé tú mi compañía en el camino que asciende hasta la cruz. Y que el
viento se calme a mi alrededor, que haya paz. Madre, te busco en el silencio de
esa noche sin luz, de ese río en la tormenta, de ese niño que llora sin
respuesta. Madre, aquí estoy, toma mi libertad, quiero encontrar tus manos, en
esta noche, en este río tu paz. Madre, aquí estoy, Madre en tu soledad. Madre
toma mis manos y colma mi ser”.
Quiero repetirle siempre estas
palabras a María. Quiero decirle que estoy aquí y que necesito siempre sus
manos, su luz, su paz. Quiero decirle que estoy aquí porque su abrazo es mi
refugio. Y junto a Ella las piezas de mi puzle, por lo general revueltas, súbitamente
encajan.
Quiero decirle que en este mes
me abrace con más fuerza. Calme mis tempestades. Detenga la furia de mi
torrente. Y me dé una paz honda para enfrentar la vida llena de
tensiones y dolores. Y me dé muchas alegrías.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
