La Cuaresma es un itinerario que nos prepara para renovar las promesas
del bautismo, fuente de nuestra dignidad de hijos de Dios
La cuaresma siempre es
gracia por la sencilla razón de que nos pone en camino hacia la Pascua que es
el acontecimiento central de la salvación. ¿Quién no se siente necesitado de
salvación? ¿Quién no aspira a la pureza de corazón? ¿Quién no se sabe
totalmente pobre cuando se trata de salvarse a sí mismo?
Decía G. Greene que, «si
conociéramos el porqué de las cosas, tendríamos compasión hasta de las
estrellas».
Este mundo, herido por el
pecado, como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco al tratar de la
ecología, necesita ser salvado en su totalidad. Y el hombre, como cima de la
creación, con mayor razón, pues de su corazón obstinado proceden muchos de los
males que afectan a toda la creación. También de mi corazón y del tuyo. No
somos una excepción. Todos necesitamos la gracia de la renovación que nos llega
con la Pascua.
La actitud del hombre ante
la Cuaresma es abrirse a la gracia de este tiempo que pretende dar muerte al
egoísmo. Las prácticas cuaresmales que propone la Iglesia, siguiendo los
consejos de Cristo, son una ayuda para luchar contra el egoísmo, el desamor, la
dureza del corazón. Mediante la oración, la limosna y el ayuno, nos preparamos
a vivir la novedad de la Pascua.
La oración nos centra en Dios,
nuestro principio y meta final. Nos recuerda que somos hijos suyos y hermanos
de los hombres. Nos sumerge en la verdad de lo que somos: criaturas nacidas de
su amor. Y nos fortalece para vivir diariamente agradando
al Padre bueno de los cielos. La oración es antídoto para nuestra
autosuficiencia. Nos sitúa ante la luz de Dios que conoce hasta los últimos
entresijos del corazón.
Orad en todo momento, orad
sin desfallecer, orad con confianza: son los mensajes de la Iglesia que recoge
la enseñanza de Cristo. Sólo quien ora en el secreto de su corazón, retorna a
su origen y se descubre amado por Dios y proyectado hacia sus hermanos los
hombres. Sólo quien ora así, mira hacia el futuro con el deseo de ver a Dios al
término de su peregrinación en esta tierra.
La oración sólo se hace
eficaz en la limosna y el ayuno. La gracia que recibimos en la oración se
convierte en misericordia hacia los demás. Y la misericordia tiene dos manos
generosas: con una, nos quitamos de nuestro haber lo que corresponde a los
necesitados; con la otra, lo damos a los demás, sin que una mano sepa lo que
hace la otra. Así evitamos todo tipo de complacencia en nuestra bondad.
Las dos manos actúan: una
nos priva mediante el ayuno; otra nos enriquece con la misericordia. Una nos
hiere el egoísmo; otra nos sana con la compasión. Y todo los hacemos con la
unidad de nuestro ser, que quiere traslucir el ser de nuestro Padre, el cual
hace salir el sol sobre buenos y malos y hace descender la lluvia sobre justos
e impíos.
La Cuaresma es un itinerario
que nos prepara para renovar las promesas del bautismo, fuente de nuestra
dignidad de hijos de Dios. Supone un despojamiento del hombre viejo, que nos
recuerda que somos polvo de la tierra; pero sin ese despojamiento no viviremos
la alegría de ser revestidos de Cristo, el Hombre Nuevo, que vence el pecado y
la muerte.
Despojarse de lo viejo y vestirse de lo nuevo es una actitud muy
humana, que practicamos constantemente y que nos produce alegría. ¿No empleamos
en esto nuestro dinero cuando cambiamos de traje, de muebles o de coche? ¿Por
qué no vivimos con esta actitud las realidades del espíritu de forma que
abandonemos las viejas costumbres del egoísmo y nos revistamos cada día más de
ese hombre nuevo que todos llevamos dentro desde el bautismo y espera el momento
de manifestarse con toda su grandeza en la Pascua de Cristo? He ahí la gracia y
el trabajo de la Cuaresma.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia