Homilía para la
canonización de 35 bienaventurados
Al
inicio de la celebración en presencia de 35.000 fieles, el Papa ha presidido el
rito de canonización de los bienaventurados André de Soveral y Ambrosio
Francisco Ferro, sacerdotes diocesanos, Mateus Moreira, laico y 27 compañeros,
primeros mártires de Brasil; de Cristobal, Antonio y Juan, adolescentes
mártires de Méjico; de Faustino Míguez, sacerdote español: y de Ange d´Acri,
capuchino italiano.
Homilía del Papa Francisco
La
parábola que hemos escuchado nos habla del Reino de Dios como un banquete de
bodas (cf. Mt 22, 1-14). El protagonista es el hijo del rey, el esposo, en el
que resulta fácil entrever a Jesús. En la parábola no se menciona nunca a la
esposa, pero sí se habla de muchos invitados, queridos y esperados: son ellos
los que llevan el vestido nupcial. Esos invitados somos nosotros, todos
nosotros, porque el Señor desea “celebrar las bodas” con cada uno de nosotros.
Las
bodas inauguran la comunión de toda la vida: esto es lo que Dios desea realizar
con cada uno de nosotros. Así pues, nuestra relación con Dios no puede ser solo
como la de los súbditos devotos con el rey, la de los siervos fieles con el
amo, o la de los estudiantes diligentes con el maestro, sino, ante todo, como
la relación de esposa amada con el esposo. En otras palabras, el Señor nos
desea, nos busca y nos invita, y no se conforma con que cumplamos bien los
deberes u observemos sus leyes, sino que quiere que tengamos con él una
verdadera comunión de vida, una relación basada en el diálogo, la confianza y
el perdón.
Esta
es la vida cristiana, una historia de amor con Dios, donde el Señor toma la
iniciativa gratuitamente y donde ninguno de nosotros puede vanagloriarse de
tener la invitación en exclusiva; ninguno es un privilegiado con respecto a los
demás, pero cada uno es un privilegiado ante Dios. De este amor gratuito,
tierno y privilegiado nace y renace siempre la vida cristiana. Preguntémonos
si, al menos una vez al día, manifestamos al Señor nuestro amor por él; si nos
acordamos de decirle cada día, entre tantas palabras: “Te amo Señor. Tú eres mi
vida”. Porque, si se pierde el amor, la vida cristiana se vuelve estéril, se
convierte en un cuerpo sin alma, una moral imposible, un conjunto de principios
y leyes que hay que mantener sin saber por qué.
En
cambio, el Dios de la vida aguarda una respuesta de vida, el Señor del amor
espera una respuesta de amor. En el libro del Apocalipsis, se dirige a una
Iglesia con un reproche bien preciso: “Has abandonado tu amor primero” (2, 4).
Este es el peligro: una vida cristiana rutinaria, que se conforma con la
“normalidad”, sin vitalidad, sin entusiasmo, y con poca memoria. Reavivemos en
cambio la memoria del amor primero: somos los amados, los invitados a las bodas,
y nuestra vida es un don, porque cada día es una magnífica oportunidad para
responder a la invitación.
Pero
el Evangelio nos pone en guardia: la invitación puede ser rechazada. Muchos
invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses:
“Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus
negocios”, dice el texto (Mt 22, 5). Una palabra se repite: sus; es la clave
para comprender el motivo del rechazo. En realidad, los invitados no pensaban
que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente “no hicieron
caso”: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez
de implicarse, como exige el amor. Así es como se da la espalda al amor, no por
maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación,
las comodidades ….
Se
prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún
hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se
envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo
depende del yo – de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero – se
acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada,
como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar
(cf. V. 6) a quienes llevaban la invitación, solo porque los incomodaban.
Entonces
el Evangelio nos pregunta de qué parte estamos: ¿de la parte del yo o de la
parte de Dios? Porque Dios es lo contrario al egoísmo, a la auto referencialidad.
Él – nos dice el Evangelio – ante los continuos rechazos que recibe, ante la
cerrazón hacia sus invitados, sigue adelante, no pospone la fiesta. No se
resigna, sino que sigue invitando. Frente a los “no”, no da un portazo, sino
que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas,
responde con un amor más grande.
Nosotros,
cuando nos sentimos heridos por agravios y rechazos, a menudo nutrimos disgusto
y rencor. Dios, en cambio, mientras sufre por nuestros “no”, sigue animando,
sigue adelante disponiendo el bien, incluso para quien hace el mal. Porque así
actúa el amor; Porque solo así se vence el mal. Hoy este Dios, que no pierde
nunca la esperanza, nos invita a obrar como él, a vivir con un amor verdadero,
a superar la resignación y los caprichos de nuestro yo susceptible y perezoso.
El
Evangelio subraya un último aspecto: el vestido de los invitados, que es
indispensable. En efecto, no basta con responder una vez a la invitación, decir
“si” y ya está, sino que se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de
vivir el amor cada día. Porque no se puede decir “Señor, Señor” y no vivir y
poner en práctica la voluntad de Dios (cf. Mt 7, 21).
Tenemos
necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección
de Dios. Los santos hoy canonizados, y sobre todo los mártires, nos señalan
este camino. Ellos no han dicho “si” al amor con palabras y por un poco de
tiempo, sino con la vida y hasta el final. Su vestido cotidiano ha sido el amor
de Jesús, ese amor de locura con que nos ha amado hasta el extremo, que ha dado
su perdón y sus vestiduras a quien lo estaba crucificando. También nosotros
hemos recibido en el Bautismo una vestidura blanca, el vestido nupcial para
Dios. Pidámosle, por intercesión de estos santos hermanos y hermanas nuestros,
la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio.
¿Cómo hacerlo? Ante todo, acudiendo a recibir el perdón del Señor sin miedo:
este es el paso decisivo para entrar en la sala del banquete de bodas y celebrar
la fiesta del amor con él.
Raquel Anillo
©
Librería del Vaticano
Fuente:
Zenit