Tantas veces creo que me enredo y complico yo
solo...
Quiero aprender a dar gracias por la vida que Dios me da. Alabar a Dios por sus regalos. Darle gracias por lo pequeño que me ha
ocurrido en este año. Por los detalles que ha tenido Dios conmigo. Dar gracias
por los grandes regalos de los que he sido testigo. Por la vida que Dios me
entrega cada día.
Repaso los misterios de mi vida
y doy gracias porque Dios en ellos me revela cuánto me ama. Doy gracias
por esa cercanía de Dios que me muestra su amor. A
veces me cuesta verlo. Tal vez no soy sencillo y no sé verlo en mi vida.
Tengo un profundo anhelo de sencillez. Pero a veces me complico.
Jesús se movía entre gente
sencilla. Entre personas que no eran sabias ni entendidas en los temas de Dios.
Tal vez no conocían las Escrituras y no sabían cómo era Dios. Pero en su
corazón estaban muy cerca de Él. Eran sencillos. No tenían grandes
pretensiones. No buscaban comprender totalmente a Dios. Sólo intuían en su
corazón un amor sencillo de Dios. Un amor cercano.
Eso es lo que yo quiero
agradecer a Dios al final del curso. Quiero mirar
mi vida con sencillez y darle gracias por tantos detalles cotidianos de su amor.
A veces pierdo la sencillez y
me vuelvo complicado y exigente. Me gustan las personas sencillas, sin muchos
recovecos, sin tantas obsesiones y manías.
Decía el padre José Kentenich: “Sólo quien sea un niño sencillo podrá edificar
un mundo nuevo”. Un corazón
sencillo y simple para construir un mundo nuevo. Para forjar una nueva manera
de mirar la vida. Una forma nueva de construir.
Eso me gusta. Ser más niño para pensar con sencillez la vida. Las
cosas son como son. No tengo que darle más vueltas.
Quiero dejar de lado los
prejuicios. Tengo demasiados juicios formados en mi corazón ante la
realidad. Antes de que suceda algo ya tengo mis pretensiones. Me obsesiono por
lo que temo que ocurra. Me enredo en mis sentimientos. Juzgo, interpreto,
condeno, rechazo.
Deseo tener un corazón
sencillo. Un corazón que no se enrede en falsedades y expectativas. Un corazón
abierto y simple. Como el de los niños. Lo blanco es blanco. Lo negro es negro.
Y no le doy más vueltas a la vida.
Me doy con sencillez. No desde
mis pretensiones. No desde mis títulos y logros. Sin muchas expectativas. Desde
mi verdad de niño. Desde mi inocencia pura y virgen que confía siempre.
Quiero tener esa sencillez para
mirar a las personas en su verdad sin juzgarlas. No
quiero complicarme la vida de forma innecesaria. Es como si Dios revelara
lo importante a la gente sencilla. Me lo quiere revelar hoy a mí.
Pienso en los pastorcillos de
Fátima. Solamente a ellos se les apareció la Virgen. Y eso que muchos buscaron
lo mismo. Casi se lo exigieron a Dios. Los niños que no lo buscaban pudieron
ver a María. Tenían una mirada pura e inocente. Eran pastores sencillos. Sin
gran formación teológica. Y fue a ellos a los que vino María.
Siempre me sorprende ese amor
de Dios por los sencillos. ¿Soy yo sencillo? Tantas veces creo que me enredo y
complico yo solo. Tengo pretensiones. Vivo
exigiéndole a Dios y pidiéndole a la vida lo que no me puede dar. Todo
lo interpreto y lo juzgo desde mis experiencias previas. Y condeno. Y repruebo.
No tengo un corazón sencillo,
libre, descomplicado. Un corazón libre que acepta la vida como es. Me gustaría tener un corazón así.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia