El
Mensaje del Papa para la Primera Jornada Mundial de los Pobres del próximo 19
de noviembre. La presentación en el Vaticano con monseñor Fisichella:
«Francisco, después de la misa, almorzará con 500 indigentes en el Aula
Pablo VI»
El
«grito» de los pobres continúa resonando en el mundo pero sigue sin ser
escuchado, sofocado por una indiferencia colectiva que a menudo anestesia a los
mismos cristianos contagiados «por la mentalidad mundana», o por visiones
engañosas de la caridad como «buena práctica del voluntariado» para ayudar «una
vez a la semana».
El
Papa Francisco solicita que este grito no caiga en el vacío, sino a convertir
el servicio a los miserables de la tierra en «un estilo de vida». Lo hizo en su
mensaje, publicado hoy en ocho lenguas, para la Primera Jornada Mundial de los
Pobres que se celebrará el próximo 19 de noviembre. En el texto pidió sustituir
«las palabras vacías que a menudo están en nuestra boca» con «hechos
concretos».
Por
ello pidió a los sacerdotes, voluntarios, obispos, diáconos y parroquias, pero
también a los simples laicos o fieles de otras confesiones, llevar a cabo
iniciativas concretas para que sea más visible esa actitud de compartir con los
últimos que es «uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana
se presentó en el escenario del mundo». Es suficiente solo una limosna, una
oración, una invitación a la misa del domingo, tal vez acompañado con un
almuerzo después, o un gesto de acercamiento para los que no tienen casa en el
propio barrio.
«No
amemos de palabras sino con obras», es el tema, además del objetivo, de esta
Jornada instituida al final del Jubileo de la Misericordia por voluntad del
mismo Pontífice que quiere cancelar etiquetas, prejuicios y categorías
preconcebidas. El Papa recordó que detrás de estos pobres, a quienes ofrecemos
«gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia», hay
unos rostros. Rostros de «mujeres, hombres y niños explotados por viles
intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero»
Miles
de caras «marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la
tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la
dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y
la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la
miseria, y por la migración forzada», afirmó el Pontífice en su mensaje.
«¡Qué
lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto
de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la
indiferencia generalizada!», observó con énfasis. «Hoy en día,
desafortunadamente —prosigue el texto del mensaje—, mientras emerge cada vez
más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos
privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación
ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en
grandes sectores de la sociedad entera.
Un
escenario ante el que «no se puede permanecer inactivos» y mucho menos
«resignados». «A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos
jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el
sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de
favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y
reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de
quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de
la vida y de la sociedad», incitó el Papa.
Francisco
también recordó, siguiendo las huellas de Pablo VI, que todos los pobres
pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» y «obligan a la opción
fundamental por ellos». Para los cristianos, por lo tanto, se trata de un
llamado impostergable, a pesar de que en varios momentos no lo hayan escuchado
hasta el fondo.
Francisco
recordó lo que sucedió en los siglos pasados, cuando la Iglesia a veces
permanecía insensible al grito de los débiles y marginados; sin embargo, el
Espíritu Santo, anotó, «no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo
esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han
dado su vida en servicio de los pobres. ¡Cuántas páginas de la historia, en
estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y
humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos
más pobres!».
El
ejemplo más evidente es el de san Francisco de Asís, quien «no se conformó con
abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar
con ellos». Muchos hombres y muchas mujeres han seguido su ejemplo: «estas
experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las
necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan,
deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un
compartir que se convierta en un estilo de vida», escribió el Papa.
La
llamada es a «tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los
ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo
de soledad». «Benditas las manos —insistió Francisco— que se abren para acoger
a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que
vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el
aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se
abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni “condiciones”: son manos que
hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios».
«Si
realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en
el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental
recibida en la Eucaristía». Además, la pobreza, recordó el Papa Bergoglio,
ayuda a comprender «la propia condición de criatura limitada y pecadora para
superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos
inmortales». La pobreza es «una actitud del corazón que nos impide considerar
el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la
felicidad», afirmó el obispo de Roma. «La pobreza, así entendida, es la medida
que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir
los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido».
Al
final del mensaje, el Papa Francisco encomendó a la Iglesia y al pueblo de Dios
las tareas que deben llevar a cabo en esta Jornada Mundial que se suma y
«completa» las que habían instituido los Pontífices anteriores. Iniciativas que
pretenden estimular una reacción «a la cultura del descarte y del derroche,
haciendo suya la cultura del encuentro». La invitación se dirige a todos,
«independientemente de la pertenencia religiosa», para que cada uno pueda
abrirse «a compartir con los pobres a través de cualquier acción de
solidaridad, como signo concreto de fraternidad».
El
Pontífice también invitó a las comunidades cristianas, en la semana que precede
a la Jornada, a «crear momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de
ayuda concreta». «Después podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a
participar juntos en la Eucaristía de ese domingo (19 de noviembre de 2017)».
En este domingo, añadió, «si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan
protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para
encontrar al Dios que buscamos». Y la base de todas las iniciativas deberá ser
la oración, recomendó el Papa: «No hay que olvidar que el Padre nuestro es la
oración de los pobres.
La
petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de
nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge
el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la
falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a
orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único
Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una
oración que se dice en plural: el pan que se pide es “nuestro”, y esto implica
comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos
reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en
la alegría de la mutua aceptación».
Con
esta Jornada Mundial de los Pobres el Papa desea que se instaure «una tradición
que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo
contemporáneo». «Que esta nueva Jornada Mundial —concluyó Jorge Mario
Bergoglio— se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte
llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con
los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los
pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir
la esencia del Evangelio».
El
Mensaje y las iniciativas de la Santa Sede para la Jornada Mundial de los
Pobres fueron presentados en la Sala de Prensa vaticana, en la que monseñor
Rino Fisichella anunció que el domingo 19 de noviembre el Papa Francisco
alojará, después de la misa en San Pedro «a por lo menos 500 pobres» en el Aula
Pablo VI para almorzar con ellos.
SALVATORE
CERNUZIO
CIUDAD
DEL VATICANO
Fuente:
Vatican Insider