En la Sala Clementina del Vaticano, el Santo Padre saludó a los superiores,
colegiales y ex-alumnos
El
Santo Padre recibió este sábado en el Vaticano a los integrantes del Colegio
pontificio español ‘San Jose’ de Roma, con motivo de los 125 años de la
fundación instituida por el beato Manuel Domingo y Sol. En la Sala Clementina
el Santo Padre saludó a los superiores, colegiales y ex-alumnos y les
dirigió las siguientes palabras.
“Queridos
hermanos en el episcopado, queridos sacerdotes:
Quiero
hacer llegar mi saludo a toda la comunidad del Pontificio Colegio Español de
San José y agradecer al Señor Cardenal Ricardo Blázquez Pérez las amables
palabras que, como Patrono del Colegio, me ha dirigido en nombre de todos, en
esta conmemoración.
Doy
gracias a Dios por la hermosa obra que instituyó el beato Manuel Domingo y Sol,
fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Sagrado Corazón
de Jesús, y por la labor de los mismos durante todos estos años.
Esta
Institución nació con la vocación de ser un referente para la formación del
clero. Formarse supone ser capaces de acercarse con humildad al Señor y
preguntarle: ¿Cuál es tu voluntad? ¿Qué quieres de mí?
Sabemos
la respuesta, pero tal vez nos haga bien recordarla, para ello les propongo las
tres palabras del Shemá con las que Jesús respondió al Levita: «amarás al Señor
con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas» (Mc 12, 30).
Amar
de todo corazón, significa hacerlo sin reservas y sin dobleces, sin intereses
espurios y sin buscarse a sí mismo en el éxito personal. La caridad pastoral
supone salir al encuentro del otro, comprendiéndolo, aceptándolo y perdonándolo
de corazón.
Pero
solos no es posible crecer en esa caridad. Por eso el Señor nos llamó para ser
una comunidad, de modo que esa caridad congregue a todos los sacerdotes con un
especial vínculo en el ministerio y la fraternidad. Para ello se necesita la
ayuda del Espíritu Santo pero también el combate espiritual personal (cf. Ratio
Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 87).
Esto
no pasó de moda, sigue siendo tal actual como en los primeros tiempos de la
Iglesia. Se trata de un desafío permanente para superar el individualismo, y
vivir la diversidad como un don, buscando la unidad del presbiterio, que es
signo de la presencia de Dios en la vida de la comunidad.
Presbiterio
que no mantiene la unidad, de hecho, expulsa a Dios de su testimonio, no es
testimonio de la presencia de Dios. Lo manda afuera.
De
ese modo, reunidos en nombre del Señor, especialmente cuando celebran la
Eucaristía, manifiestan incluso sacramentalmente que él es el amor de su
corazón.
Segundo:
amar con toda el alma es estar dispuestos a ofrecer la vida. Esta actitud debe
persistir en el tiempo, y abarcar todo nuestro ser. Así lo proponía el Fundador
del Colegio: «[Señor] te ofrezco y pongo a tu disposición mi cuerpo, mi alma,
mi memoria, entendimiento y voluntad, mi salud y hasta mi vida» (Escritos III,
vol. 6, doc. 111, p. 1).
Por
lo tanto, la formación de un sacerdote no puede ser únicamente académica,
aunque esta sea muy importante y necesaria, sino que ha de ser un proceso
integral, que abarque todas las facetas de la vida. La formación ha de
servirles para crecer y, al mismo tiempo, para acercarse a Dios y a los
hermanos. Por favor no se conformen con conseguir un título, sino sean
discípulos a tiempo completo para «anunciar el mensaje evangélico de modo
creíble y comprensible al hombre de hoy» (Ratio, 116).
A
este punto, es importante crecer en el hábito del discernimiento, que les
permita valorar cada instante y moción, incluso lo que parece opuesto y
contradictorio, y cribar lo que viene del Espíritu; una gracia que debemos
pedir de rodillas.
Sólo
desde esta base, a través de las múltiples tareas en el ejercicio del
ministerio, podrán formar a los demás en ese discernimiento que lleva a la
Resurrección y a la Vida, y les permite dar una respuesta consciente y generosa
a Dios y a los hermanos (cf. Encuentro con los sacerdotes y consagrados –
Milán, 25 marzo 2017).
Yo
decía que la formación de un sacerdote no puede ser únicamente académica y
conformarse con esto solo. De ahí nacen todas las ideologías que apestan en la
Iglesia, de un signo o de otro, del academicismo clerical.
Son
cuatro columnas las que debe tener la formación: la formación académica,
formación espiritual, formación comunitaria y formación apostólica. Y las
cuatro tienen que interactuar. Si falta una de ellas ya empieza a renguear la
formación. Así que, por favor, las cuatro juntas e interactuándose. Finalmente,
la tercera respuesta de Jesús, amar con todas las fuerzas, nos recuerda que
allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón (cf. Mt 6, 21), y que es en
nuestras pequeñas cosas, seguridades y afectos, donde nos jugamos el ser
capaces de decir que sí al Señor o darle la espalda como el joven rico.
No
se pueden contentar con tener una vida ordenada y cómoda, que les permita vivir
sin preocupaciones, sin sentir la exigencia de cultivar un espíritu de pobreza
radicado en el Corazón de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por
nuestro amor (cf. 2 Co 8, 9) o, como dice el texto, para enriquecernos a
nosotros. Se nos pide adquirir la auténtica libertad de hijos de Dios, en una
adecuada relación con el mundo y con los bienes terrenos, según el ejemplo de
los Apóstoles, a los que Jesús invita a confiar en la Providencia y a seguirlo
sin lastres ni ataduras (cf. Lc 9, 57-62; Mc 10, 17-22). No se olviden de esto:
el diablo siempre entra por el bolsillo, siempre.
Además,
es bueno aprender a dar gracias por lo que tenemos, renunciando generosa y
voluntariamente a lo superfluo, para estar más cerca de los pobres y de los
débiles. El beato Domingo y Sol decía que para socorrer la necesidad se debía
estar dispuestos a «vender la camisa». Yo no les pediré tanto: curas
descamisados no, simplemente que sean testigos de Jesús, a través de la
sencillez y la austeridad de vida, para llegar a ser promotores creíbles de una
verdadera justicia social (cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 30).
Y,
por favor –y esto como hermano, como padre, como amigo– por favor, huyan del
carrerismo eclesiástico: es una peste. Huyan de eso. Queridos superiores,
colegiales y exalumnos de este Colegio Español de San José: confiemos al santo
Patriarca, Protector de la Iglesia, sus preocupaciones y proyectos, que él los
acompañe, junto a María Santísima, invocada por la tradición del Colegio como
Madre Clementísima, para que puedan crecer en sabiduría y gracia, y ser
discípulos amados del Buen Pastor.
Que Dios los bendiga”.
Fuente: Zenit
