Una meditación para empezar a preparar ya, desde
este Viernes Santo, el centenario de las Apariciones
Durante las tres apariciones
del Ángel a los pastorcitos en Fátima hay una línea o un hilo conector entre
una aparición y otra, y es la del pedir perdón, sacrificarse y reparar por los
pecados con los cuales Dios es ofendido.
En la primera
aparición el Ángel les enseña a Lucia, Jacinto y Francisco la siguiente
oración: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que
no creen, no adoran, no esperan y no os aman.
En la segunda, el
Ángel de Portugal los invita a ofrecer sacrificios como reparación por todo lo
que Dios es ofendido y, al mismo tiempo, suplicando la conversión de los
pecadores.
En la tercera y
última aparición el Ángel, habiendo dejado suspendido en el aire el Cáliz, se
arrodilla y repite por treces veces la siguiente oración: “Santísima
Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os ofrezco el preciosismo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los
sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los marinos infinitos de su
Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de
los pobres pecadores”.
Precisamente este
pedido de perdón a Dios por las ofensas constituye uno de los temas central del
mensaje en general de Fátima.
Por lo anterior, y
siguiendo este itinerario de preparación hacia el 13 de mayo y en esta Semana
Santa, te invito a reflexionar sobre este llamado a ofrecer sacrificios y
reparar el pecado y las ofensas cometidas contra Dios.
El llamado que nos hace el Ángel a reparar solo se entiende a la
luz de lo qué es el pecado y de sus consecuencias. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que Dios en un designio
de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida
bienaventurada (Cat. n. 1), y mediante una alianza con Su Creador poder
ofrecerle una respuesta de fe y de amor (Cat. n. 357).
Sin embargo, con el
pecado el hombre rompe esta alianza y pierde la comunión con Dios a la cual
está llamado. El pecado hiere a Dios y a quien lo comete, así como también
hiere la comunión que hay entre los hombres. Estas heridas deben ser curadas,
así como la comunión restablecida.
Este
restablecimiento de la comunión con Dios lo hace Jesús, el Hijo de Dios, quien
al encarnarse se solidariza con los hombres pecadores hasta tal punto de llegar
a sustituir a todo hombre delante de Su Padre. Esto es lo que enseña el
Catecismo al decir que “Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre
por nuestros pecados” (Cat. n. 615). Lo cual hace asumiéndonos “desde el
alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir
en nuestro nombre en la cruz: Dios
mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado? (Mc. 15, 34; Sal. 22, 2).
Al haberle hecho así
solidario con nosotros pecadores, Dios
no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros (Rm.
8, 32) para que fuéramos reconciliados
con Dios por la muerte de Su Hijo (Rm. 5, 10)” (Cat. n. 603).
Aún más, es
precisamente este deseo de reparar la alianza, la comunión del hombre con Dios
lo que “anima toda la vida de Jesús (cf. Lc. 12, 50; 22, 15; Mt. 16, 21-23)
porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación” (Cat. n. 607).
Solo Jesús puede
expiar, pues de acuerdo a lo que enseña el mismo Catecismo, “ningún hombre
aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados
de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en
Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a
todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad,
hace posible su sacrificio redentor por todos” (Cat. n. 616)
Sin embargo, de este
hecho, de este acto que es el ápice de todo amor y la manifestación suprema del
amor misericordioso, el hombre puede participar. Esto lo pone de presente el
Catecismo al mencionar que “en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo
hombre (GS 22, 2) Él ofrece a todos la posibilidad de que, en la
forma de Dios sólo conocida […] se asocien a este misterio pascual (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a
“tomar su cruz y a seguirle” (Mt 16, 24) porque Él “sufrió por nosotros
dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 P 2, 21).
Él quiere, en
efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros
beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma
excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su
sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35)” (Cat. n. 618)
En este sentido el
mensaje del Ángel toma un cariz maravilloso y radiante. El mensaje del Ángel no
es sólo el de pedir disculpas en nombre de, lo cual ya es meritorio, sino que
el Ángel con su mensaje reiterativo de ofrecer sacrificios, reparar y pedir
perdón nos llama a participar, ser partícipes del amor insondable y del amor
mayor que se manifiesta en el sacrificio de Cristo.
El Ángel con su constante llamada a la reparación y a ofrecer
sacrificios nos invita a asociarnos a este misterio pascual, a este misterio de amor, siguiendo las huellas de Nuestro
Redentor, asociándonos a su sacrificio, y así llegar a ser auténtica y
verdaderamente discípulos de Jesús; toda vez que es esta participación en su
sacrificio lo que constituye el ápice de la imitación de Cristo.
El Ángel invita a
los pastorcitos, y en ellos nos llama a todos, pues todos estamos llamados a
unirnos y a participar de esta expresión máxima del amor, y así y solo así
construir una civilización de amor y de paz. De hecho, en la segunda aparición
el Ángel les explica a los videntes que el sacrificio como acto de reparación
de los pecados atraerá la paz sobre Portugal.
Este aspecto de
Fátima, el de la reparar y ofrecer sacrificios los unos por los otros, pone de
presente “aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: ¿Dónde está Abel, tu hermano? […] La sangre
de tu hermano me está gritando desde la tierra (Gn 4, 9). El hombre ha sido capaz de desencadenar una
corriente de muerte y de terror, que no logra interrumpirla…
En la Sagrada
Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para
salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra
Señora pregunta: ¿Queréis
ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros,
como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como
súplica por la conversión de los pecadores? (Memorias da Irma Lucía,
I, 162)” (Benedicto XVI, Homilía en Fátima, 13 de Mayo de 2010).
Así, “lo
importante es que el mensaje, la respuesta de Fátima, no tiene que ver
sustancialmente con devociones particulares, sino con la respuesta fundamental,
es decir, la conversión permanente, la penitencia, la oración, y las tres
virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.
De este modo, vemos
aquí la respuesta verdadera y fundamental que la Iglesia debe dar, que nosotros
—cada persona — debemos dar en esta situación…la Iglesia, por tanto, tiene una
profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación,
de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la
justicia. El perdón no sustituye la justicia. En una palabra, debemos volver a
aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las
virtudes teologales” (Palabras del Papa Benedicto XVI en su vuelo hacia
Portugal el 11 de Mayo de 2010).
Para llegar a
participar de este acto de amor se requiere pasar por una escuela, así como los
pastorcitos fueron preparados por el Ángel, quien en sus tres apariciones les
fue enseñando cómo sacrificar y de qué ofrecer sacrificios.
En la primera
aparición el Ángel presenta el tema de la oración: “Orad conmigo, dice
dirigiéndose a los niños, Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido
perdón por los que no creen, no te adoran, no esperan y no te aman”.
Esta oración es una
oración sencilla de adoración y de intercesión, razón por la que “nos conforma
muy de cerca con la oración de Jesús” (Cat. 2634), y tiene por objeto “pedir en
favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la
misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana
participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la
intercesión, el que ora busca no su
propio interés sino […] el de los demás” (Cat. 2635).
Así en esta primera aparición el Ángel nos
enseña a abrir el corazón y buscar la salvación de la humanidad, pidiéndola con
perseverancia y confianza. Lucia
recuerda en sus memorias que pasaban largas horas postrados rezando esta
oración.
Ya en la segunda
aparición, el Ángel expresamente llama a los niños a ofrecer “continuamente
oraciones y sacrificios al Altísimo”. Después de este llamado sigue el
siguiente diálogo entre Lucia y el Ángel:
Lucía: “¿Cómo
debemos ofrecer sacrificios?”
Ángel: “De todo lo
que puedan ofrezcan sacrificios para reparar los pecados, por los cuales Dios
es ofendido, e imploren la conversión de los pecadores. Así alcanzarán la paz
para su patria, de la que yo soy el Ángel de la Guarda, el Ángel de Portugal.
Ante todo, acepten el sufrimiento y soporten con sumisión lo que el Señor les
enviará”.
De la respuesta que
da el Ángel se pueden inferir dos formas de sacrificio. El primero: ofrecer
todo lo que podamos (nuestras labores diarias, nuestras alegrías y tristezas). Todo es posible de ser ofrecido como
sacrificio y salvar y reparar ofensas a Dios. Recordemos que lo que no se ofrece a
Dios, se perderá para toda la eternidad.
Así las cosas, el sacrificio no necesariamente tiene que
ser algo “malo” o “feo”, “doloroso”. Se pueden ofrecer como sacrificio
nuestras alegrías, cuando compartimos y nos reunimos en familia, con los hijos.
Y el valor de estos pequeños sacrificios contienen una promesa muy valiosa:
estos sacrificios consiguen la paz.
La segunda forma de
sacrificar es soportar con paciencia todos los sufrimientos que Dios nos manda.
Es el sacrificio de nuestra voluntad y la entrega a la voluntad de Dios, lo
cual es el amor perfecto: amar al Amado por ser El, sin buscar consuelos o
gracias especiales, solo a Él.
Estas palabras del
Ángel, narra Lucia, “se impregnaron en nuestro espíritu como una luz que nos
permitió conocer, quién es Dios, cómo nos ama y quiere también ser amado por
nosotros. Reconocimos el valor del sacrificio y cómo es agradable a Él; y como
convierte a través de él, a los pecadores. A partir de este tiempo comenzamos a
ofrecer al Señor todo lo que nos costaba gran esfuerzo, pero en aquel tiempo no
buscábamos otras mortificaciones o ejercicios penitenciales, sino estar
postrados sobre la tierra por horas, y solo repetir la oración del Ángel.”
Ante este valor de
nuestras acciones y del sacrificio ofrecido a Dios cabe decir con Pio XII:
“Misterio
verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante, el que la salvación
de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los
miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto…” (Mystici
Corporis, 19).
Los pastorcitos,
llevados por el Ángel, entregaban sus almuerzos a los niños vecinos más pobres,
comían bellotas y cebollas en lugar de la comida ordinaria, no tomaban agua
durante el verano e inventaron una especie de cilicio que les causaba penas y
dolores, para así poder tener algo que ofrecer a Dios.
Sin embargo, Dios
continúa mostrando que no se deja ganar en generosidad y es así como en la
tercera aparición el Ángel aparece sosteniendo un cáliz en sus manos y sobre
éste una hostia, de la cual salieron gotas de sangre que caían dentro del
cáliz. El Ángel en esta oportunidad les enseña la siguiente oración: “Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el
preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo,
presente en todos los tabernáculos del mundo, en reparación de los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con que él mismo es ofendido. Por los méritos
infinitos de su Santísimo Corazón y por la intercesión del Inmaculado Corazón
de María, os pido la conversión de los pobres pecadores”.
La Eucaristía, como
ha señalado Benedicto XVI, es el sacramento de la caridad, “es el don que
Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada
hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor más grande, aquel que impulsa a dar la vida por los propios amigos (cf.
Jn 15, 13). En efecto, Jesús los amó
hasta el extremo (Jn
13, 1)” (Sacramento de la Caridad, 1). Es de este amor que el Ángel nos hace
participar, de este amor en extremo, de este sacramento de la caridad.
Es en la Eucaristía
donde la alianza rota por el pecado del hombre se restablece, llegando a una
comunión, una comunión en el amor, que es la esencia misma de Dios. Que nadie
quiere excluido de esta comunión de la verdad en el amor. “Lo que el mundo
necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la
Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también
de su misión…Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y
comunicarlo a todos” (Sacramento de la caridad, 84).
Que en esta semana
santa busquemos con nuestra oración y sacrificio sustituir, reparar por
aquellos que se encuentran alejados de Dios, alejados de este misterio de amor
grande y glorioso: la unión con Dios, para ello contamos con la fuerza y las
enseñanzas de nuestro buen amigo de camino: el ángel de la guarda.
Una feliz pascua a
todos
Padre Antonio María Cárdenas ORC
Fuente:
Aleteia
